Gobernar con muy oscuros propósitos —el poder en sí mismo, el enriquecimiento personal, la opresión del pueblo, la instauración de una dictadura, la cancelación de las libertades, etcétera, etcétera— necesita de la paralela participación de gente muy tenebrosa.
¿Dónde están esos individuos? Pues, es muy inquietante la respuesta porque, al igual que los delincuentes que se sientan a tu lado en un restaurante o en la fila de delante del cine al que acudes los fines de semana con tus hijos, los más miserables habitan el mismo espacio que nosotros, son vecinos nuestros, parte de la comunidad y personas perfectamente reales.
El asunto es que, en circunstancias de una apacible normalidad democrática —y existiendo reglas que sancionan los comportamientos antisociales, las arbitrariedades, los abusos y los atropellos— esos sujetos viven agazapados, sabientes de que no hay impunidad cuando se perpetran quebrantamientos y, en los hechos, resignados a no poder ejercer su maldad.
Pero, ¿qué pasa cuando se instituye un régimen autoritario encabezado por un infame tirano o que unos aspirantes a dictadorzuelos acometen la empresa de dinamitar el orden republicano? Pues, ocurre que en el escenario se aparece toda una corte de cómplices —esbirros, soplones, torturadores, verdugos y demás— para contribuir, asegurada su correspondiente retribución, a la tarea de consumar el proyecto totalitario.
El gobierno se sirve entonces de los peores, de los más envilecidos —torpes e incapaces, además, porque el sistema no exige méritos sino una acrítica lealtad— y la gente de a pie, sin haberse siquiera dado cuenta, se puede encontrar, entre otras cosas, frente a una pandilla de matones uniformados solapados, encima, por unos muy oficiales y oficialistas encubridores.
Lo estamos viendo, ahora mismo, en Estados Unidos, donde Alex Pretti, un pacífico enfermero asesinado por los paramilitares del ICE (las siglas en lengua inglesa del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) es acusado por Kristi Noem, la mismísima secretaria del Departamento de Seguridad Interior, de ser un “terrorista” siendo que el hombre lo único que hizo fue participar en una protesta por las violentas incursiones de los grupos de choque.
Y sí, en el régimen protofascista de Trump medran los sujetos más ruines.