Como el antiguo régimen priista no aprendió nunca a cobrar impuestos —es más, lo de recaudar sigue siendo una asignatura pendiente en estos mismos momentos porque durante el reinado de los gobernantes blanquiazules no tuvo tampoco lugar la reforma fiscal que tanto necesita Estados Unidos Mexicanos— y como más de la mitad de la población económicamente activa de este país labora en la informalidad, la plata que necesitaba papá Gobierno para financiar sus ocurrencias, sus caprichos y sus corruptelas la obtuvo, en parte, de doña Pemex, la empresa de nosotros, los muy soberanos, patriotas y nacionalistas estadounimexicanos.
El presidente López Portillo —un hombre exquisito y, de hecho, uno de los más ilustrados que hayan gobernado en estos pagos aunque, paradójicamente, uno de los más dañinos de la poblada galería de los perniciosos— llegó a sentirse tan beneficiado por el maná petrolero que tuvo a bien exponer, a quien quisiera escucharlo, la madre de todas las disyuntivas nacionales, a saber, que la riqueza que nos llovía se había vuelto algo así como un problema porque tocaba administrarla sin perder la cabeza ni las formas. Pues, miren ustedes, no sabemos cómo demonios fueron cuadradas las cifras en los libros de contabilidad porque lo que aconteció, al final de su sexenio, fue un pavoroso derrumbamiento financiero. Vamos, ni siquiera les quedaron unas migajas para completar la construcción de la Torre Pemex.
La historia no solo es triste porque estamos pagando aún las consecuencias sino porque nos lleva a enfrentar la realidad de que México es una nación de oportunidades perdidas, de sueños no consumados y de esperanzas rotas. Hablando, justamente, de la gran empresa paraestatal, joya de la corona, resulta que es la corporación petrolera más endeudada del mundo y que pierde ingentes cantidades de dinero todos los días. O sea, que nos cuesta. Y los recursos públicos que se dirigen hacia su “rescate” —una rehabilitación tan improbable como imposible— podrían dedicarse, en un país que sobrelleva morrocotudos problemas y que tiene millares de necesidades insatisfechas, a equipar dignamente las desvencijadas escuelas públicas, a mejorar los hospitales, a pagar buenos salarios a los cuerpos policiacos, a pavimentar como Dios manda las calles y las carreteras, a tener buen alumbrado en los pueblos y a limpiar los pestilentes ríos que surcan el territorio patrio, entre otras tantísimas cosas.
Uno de los logros del régimen de la 4T es haber acrecentado la recaudación fiscal. Pues sí, pero los dineros que llegan a la caja registradora se están malgastando de manera verdaderamente irracional. ¿Una refinería? ¿A alguien le importa de verdad que compremos gasolina a quienes ya la producen? ¿Dos aeropuertos de medio pelo en vez de uno de categoría mundial? ¿Un tren con pocos viajeros? En fin…
Román Revueltas Retes
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