Carreteras bloqueadas, comercios cerrados, clases suspendidas, calles desiertas, vuelos cancelados… ¿Por qué? ¿Por la llegada de una tormenta de nieve como la que está azotando la costa este de los Estados Unidos en estos momentos? ¿Por el surgimiento de otra pandemia? ¿Por una lluvia de cenizas luego de la feroz erupción de un volcán?
No, nada de eso. Es porque grupos armados incendian grandes almacenes, estaciones de servicio, coches, camiones que circulan por las autopistas y tiendas pequeñas. Es porque esas mismas cuadrillas de delincuentes atacan a las fuerzas del orden y matan, en un solo día, a 25 miembros de la Guardia Nacional, una cifra atroz. Es porque el crimen organizado controla regiones enteras del territorio nacional.
La primerísima aspiración de cualquier ciudadano es poder vivir en paz y en un entorno de apacible normalidad. Y, paralelamente, el deber primordial del Estado —y, de hecho, su propia razón de ser— es garantizar la seguridad de los pobladores de la nación. Lo que vivió este país el pasado domingo, y ayer todavía, es una escalofriante ruptura del orden que apuntala el funcionamiento mismo de la sociedad: cuando la gente no puede desplazarse simplemente de un lugar a otro, cuando los comerciantes cierran sus negocios por temor a que sean quemados, cuando los vecinos se enclaustran en sus casas y no pueden ni lejanamente disfrutar de un fin de semana, cuando en las escuelas dejan de impartirse los cursos, en fin, cuando acontece todo esto, no puede uno menos que preguntarse si México no está afrontando una auténtica situación de guerra, por más que el discurso oficial quiera enmascarar las cosas y que nosotros mismos, los habitantes de una tierra que sentimos amable y acogedora, queramos mirar hacia otro lado para no confrontar la perturbadora evidencia del horror.
¿Alarmista, este escribidor? Totalmente, señoras y señores, tan deliberadamente sensacionalista como escandalizado, en lo personal, de que los mexicanos estemos sobrellevando las penurias que nos imponen los más infames y los más crueles, en abierto desafío al Estado omiso que los dejó crecer y que ahora entierra a sus valerosos soldados. Es la guerra, sí, pero, por favor, que no la ganen los canallas sanguinarios.