¡Quítate, para ponerme yo!

Ciudad de México /

Este, el de aspirar a ocupar el lugar de otro individuo, es un designio no solo perfectamente natural sino aceptable en todas las sociedades democráticas.

Por eso compiten los contrincantes de los diferentes partidos políticos, en contiendas escrupulosamente regidas por unas normas del juego aceptadas universalmente.

El tema, sabiendo que la subespecie de los políticos está compuesta de sujetos particularmente interesados por el poder terrenal, es desentrañar los otros posibles propósitos que los animan a incursionar en unos territorios tan declaradamente hostiles, plagados de feroces adversarios y en los cuales la traición y la deslealtad están a la orden del día.

La primera recompensa, luego de los desvelos de rigor, es el disfrute directo del poder mismo, sobre todo en una cultura, como la nuestra, tan marcadamente encaminada a la obsequiosidad hacia el de arriba y tan proclive al culto a la personalidad.

La tal “vocación de servicio” anima muy seguramente a algunos de los solicitantes, pero el arribo al cargo está tan colmado de provechos –negocios, enchufes, acomodos, peculios, etcétera, etcétera— que las más de las veces la preponderante motivación para afrontar las tempranas durezas de la carrera hacia la cima es, pues sí, la más profana de las ambiciones humanas, la del enriquecimiento, con el agregado, encima, de ser elogiado, lisonjeado, aplaudido y endiosado por los demás.

Ahí está la cuestión, en lo que toca a quienes llevan ahora las riendas de la cosa pública en este país. Llegaron a sus cargos vociferando que eran diferentes, denunciando a los deshonestos de siempre y prometiéndoles, a los seguidores que trasmutaron apresuradamente en pueblo bueno, que transformarían la realidad real.

Supieron sacar muy buenos dividendos del descontento de la gente pero no pararon ahí sino que, ya dueños de la suprema tribuna de la nación, atizaron todavía más el rencor y la insatisfacción del respetable público al punto de que, hoy día, México es un país fatalmente enfrentado y dividido.

Muy bien, pero, en lo referente a haber quitado de la silla a los de antes, ¿resultaron mejores o peores? Eso, en principio, lo deberían de decidir los mexicanos en las siguientes elecciones. El problema, qué caray, es que los dados están muy cargados. Hablando de las reglas del juego, miren ustedes… 


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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