Respuesta de Estado a un simple periodista (argentino)

Ciudad de México /
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El máximo dirigente de una nación debe poner las cosas en una balanza y determinar entonces cuáles son realmente los temas de Estado y los asuntos que merecen la pena. Porque, miren ustedes, no todas las batallas necesitan ser acometidas. 

La cuestión es que nuestra primera mandataria se ha vuelto rehén de sus propias servidumbres, así sea que las haya cargado sobre los hombros para no tomar distancia con su antecesor. Y sí, tuvo que perseverar en la celebración cotidiana de un sermón matutino aunque, hay que decirlo, son también muy jugosos los réditos que aporta tan valiosa herramienta propagandística.

Pero, qué caray, no hay que hablar de todo, comentar sobre todo y responder a todo porque, más allá de que algunos puntos sí deban ser argumentados —la postura del Gobierno mexicano ante los desplantes de Donald Trump, el muy extraño amparo a Rocha Moya o, ya en un plan todavía más malicioso y calculador, proceder a los necesarísimos maquillajes de la realidad, cuando no a unas mentiras del tamaño de una casa y al obligado ataque contra quienes no se adhieren fervorosamente a los dogmas del oficialismo— la conferencia de prensa de un jefe de Estado no es un programa radiofónico ni un foro de opiniones.

O sea, que no tiene mayor sentido que la presidenta de un país le responda a un tipo que expresó sus muy personalísimas opiniones, justamente, en una emisión televisiva a miles de kilómetros de distancia, con todo y que el sujeto haya mascullado que odia a los compatriotas de la primera mandataria.

Los mexicanos de cepa pura tampoco debemos envolvernos en el lábaro patrio como si las necias palabras que el señor soltó allá en la Argentina fueren merecedoras de la más colosal reacción colectiva.

¿Quién es ese individuo? ¿Tiene, ahí sí, el poder de un Trump? ¿Expresa acaso una postura gubernamental? ¿Representa un peligro para nosotros, sus señalados? ¿Nos van a perjudicar directamente sus dichos?

Es un simple conductor de un programa, señoras y señores. Alguien de cuya existencia no estábamos enterados ni nos importaba en lo más mínimo hasta que se arrogó la facultad de ofendernos declarando que nos “odiaba” y, de paso, ningunearnos en el plano futbolístico.

No habló en nombre del pueblo argentino ni pretendió representar la orientación de un partido político ni se trató tampoco de una declaración de guerra que necesitara, pues sí, de una réplica en las más altas esferas del aparato oficial de Estados Unidos Mexicanos.

Pero, bueno, tales son los usos que dicta el credo populista, al parecer, y la presidenta Sheinbaum se propuso meramente estar a tono con el fiero patrioterismo del pueblo bueno y hermanarse en su condición de raza consustancialmente agraviada. La popularidad hay que alimentarla todos los días, vaya que sí, y para eso están que ni mandados a hacer algunos periodistas argentinos.


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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