Durante siglos enteros, los humanos no fueron ciudadanos: fueron vasallos, fueron súbditos o hasta esclavos. Sometidos a un señor feudal u oprimidos por un tirano absoluto, no ejercieron casi derecho alguno ni gozaron prácticamente de garantías salvo aquellas que aseguraban una mínima supervivencia en unas sociedades muy crueles.
Vivimos hoy una era de enojo universal, paradójicamente, siendo que hace apenas un centenar de años la inmensa mayoría de la población sobrellevaba unas condiciones de vida descomunalmente miserables y que la desigualdad, ahí sí, era la característica más distintiva del orden social.
Los nostálgicos del pasado no saben de lo que hablan cuando evocan unos tiempos marcados por la armónica quietud de la vida aldeana, una serena existencia regida por las buenas costumbres de siempre y el respeto a los valores ancestrales. Pues, no hubo casi nada de eso: lo que hubo fue violencia y abuso, suciedad y dolor, pobreza e ignorancia, injusticia y arbitrariedad, explotación y sometimiento…
Debemos reconocer las indiscutibles bondades de vivir en un país que celebra elecciones libres
Anticipo ya, sin la menor intención de escudriñar siquiera los espacios reservados a los comentarios en la edición digital de este periódico (hace años que me parece muy poco rentable la experiencia de cargar con toscos insultos en oposición a las muy escasas críticas sostenidas en argumentaciones), una pequeña avalancha de imputaciones para sustentar, a estas alturas todavía, el rabioso postulado de que vivimos en una especie de infierno terrenal, en el peor de los mundos, y de que las cosas no pueden estar más mal porque mandan las corporaciones multinacionales, porque el poder político está al servicio del gran capital o porque todo lo que acontece resulta de la morrocotuda conspiración de unos cuantos.
Ése es, justamente, uno de los más preocupantes fenómenos actuales: la gente, en su insatisfacción y su enfado, no sólo ha dejado de valorar las indiscutibles ventajas de vivir en estos tiempos –de contar con los portentosos avances de la ciencia médica, de tener vacunas (simplemente, es formidable el hecho de que a las farmacéuticas les haya tomado poco más de un año alistar una inoculación para el SARS-CoV-2 en lugar de un lustro, o toda una década, como acontecía anteriormente) y de poder elegir a los gobernantes en vez de tener que rendir pleitesía a un reyezuelo despótico, entre otras tantas cosas— sino que cuestiona airadamente los propios fundamentos del sistema democrático.
El tema sustantivo, en vísperas de acudir a las urnas, es que debemos rescatar nuestro aprecio por la democracia y reconocer las indiscutibles bondades de vivir en un país que celebra elecciones libres. Es decir, tenemos que vernos a nosotros mismos como ciudadanos plenos capaces de ejercer, precisamente, nuestra ciudadanía. Por lo pronto, votemos mañana. Todos. _
Román Revueltas Retes
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