El poder del Estado es infinitamente superior al poder de la prensa. Hablando, justamente, de los derechos de las audiencias —o sea, de los lectores de periódicos, de quienes escuchan los noticieros en la radio o de quienes miran los informativos en la televisión— la primerísima facultad que tienen esos consumidores de contenidos es la de apagar de inmediato la trasmisión o cambiar de canal.
Ningún diario obliga a nadie a leer sus editoriales y, en lo que toca a las falsas noticias —las mentadas fake news—, son propaladas en su mayoría en las redes sociales, no en los medios manejados por periodistas profesionales cuya principal particularidad, justamente, es la de trasmitir la información de manera precisa y escrupulosa, so pena de no merecer ya la aprobación de los jefes de redacción o los propios dueños de los medios.
¿Son tendenciosos los diarios y las televisoras? Pues, digamos que siguen ciertas predisposiciones privativas y que sus inclinaciones políticas sí se manifiestan en sus posturas editoriales. Es más que evidente que hay diarios de “izquierda”, otros de talante conservador y algunos más de intencionada neutralidad. Y, miren ustedes, no pasa nada.
En este mismo periódico, MILENIO Diario, escriben plumas provenientes de todos los horizontes ideológicos y todas las querencias. Es una plataforma plural y abierta. En lo que concierne a este escribidor, hay editorialistas que le resultan muy exasperantes por sus posturas políticas y por ello mismo nunca aborda sus textos. Pero en momento alguno le viene a la cabeza que no debieran ser publicados. Y tampoco les ocurre nada a ellos por tener a un lector menos.
A esto se le llama libertad de expresión, así de fantasiosos como puedan parecernos, a algunos de nosotros, los pensamientos expuestos por terceros y así de repudiables como les resulten, a quienes no comulgan con los principios que enarbolamos, las columnas que escribimos.
El tema es que los gestores del régimen de la 4T no sólo tienen la piel muy delgada —se sienten profundamente agraviados por el mero hecho de ser objeto de críticas y cuestionamientos— sino que la vocación autoritaria que corre por sus venas los lleva a pretender dominar el discurso en el espacio público.
No persiguen todavía a sus detractores —o sea, no los encarcelan ni proscriben sus publicaciones— pero es obvio que les molesta tanto lo que se dice y lo que se escribe que necesitan, por lo pronto, descalificar al mensajero. Es más, a eso se han dedicado desde que se auparon al trono gubernamental, a señalar abierta y desfachatadamente, con nombre y apellido, a quienes, por no comulgar con el credo morenista, se permiten denunciar los excesos del oficialismo y ofrecer datos concretos sobre la realidad que se vive en este país.
En fin, volviendo a lo de las audiencias, no hay que protegerlas a punta de castigos y multas a los medios. Basta con dejarlas que cambien de canal o que no lean lo que no les gusta. Así de simple...