La extracción de Maduro y su mujer parece cada vez más extraña en tanto que Trump no se mueve siguiendo los dictados de un pensamiento estratégico sino que responde, según advierten muchos observadores, a las coyunturas que va afrontando cada día o, inclusive, a sus impulsos más inmediatos.
Sabemos, por lo pronto, que la salvaguarda de la democracia en el mundo no es una de sus preocupaciones. Más bien todo lo contrario: los autócratas parecen despertarle una natural simpatía y por ello mismo es que no ha enfrentado directamente a Vladimir Putin ni actuado de manera más contundente y decisiva para defender a Ucrania.
La intervención en Venezuela, entonces, no va dirigida necesariamente a restaurar el orden democrático en la nación suramericana —el siniestro aparato represor de la dictadura sigue intacto— aunque es probable, así lo esperamos, que el acuerdo con Delcy Rodríguez resulte de un calculado pragmatismo, tal y como pudiere inferirse de la reciente observación, del propio Trump, de que el sistémico desmantelamiento del andamiaje gubernamental en Iraq, luego de la guerra que destronó a Sadam Hussein, no provocó otra cosa que el advenimiento de un caos total.
La denuncia de que la apropiación del petróleo pudiere haber sido el primer motivo para que las fuerzas especiales de los Estados Unidos ejecutaran tan asombrosa operación, figura en el menú acusatorio de los izquierdistas regionales. La hipótesis, sin embargo, no se sostiene demasiado cuando comienzas a hacer números y por ello mismo es que las grandes corporaciones petroleras estadounidenses —salvo Chevron, que ya estaba trabajando ahí— no están particularmente interesadas en participar: el crudo de Venezuela es excesivamente pesado y requiere de capacidades de refinación muy específicas; la infraestructura petrolífera del país se encuentra en tan desastrosas condiciones que necesitaría de miles de millones de dólares de inversión para producir lo suficiente y generar ganancias; los precios del carburante, ahora mismo, están tan bajos que las compañías apenas ajustan sus balances contables; y, finalmente, corporaciones como Exxon Mobil, ConocoPhillips o Valero, entre otras, necesitarán de años enteros para comenzar a cosechar réditos y, por si fuera poco, no cuentan, en estos momentos, con las certezas jurídicas y las promesas de estabilidad política que pudieren moverlas a realizar enormes gastos.
Queda, en la lista de móviles que hayan podido llevar a perpetrar el secuestro de un presidente espurio (no ganó las elecciones y desconoció el avasallador triunfo de la oposición en las urnas) la cuestión geopolítica, a saber, el imperativo, para los Estados Unidos, de contrarrestar el ascendiente de naciones enemigas en Latinoamérica. Irán, Rusia y China, secundadas por la dictadura cubana, son las perdedoras en esta batalla.
Veremos, al final, si el obsequio de María Corina Machado habrá inclinado la balanza hacia la ansiada democratización de Venezuela.