A pesar de todos los pesares, el sistema soviético había instaurado un sistema entero de exigencias y méritos para que no pudieres abrirte paso en la vida así nada más, a la torera, con todo y que premiara también a los sumisos y obedientes de turno.
Estamos hablando de que no cualquier infante podía aspirar a figurar en el cuerpo de ballet del Teatro Bolshoi, de que las personas sin cualificaciones no tenían abiertas las puertas, de que los científicos en las universidades y los centros de investigación eran gente de primerísimo nivel, de que los exámenes de admisión en el universo educativo eran muy estrictos y de que la excelencia seguía siendo un valor reconocido.
El populismo socialista, en la versión semitropical que instauraron aquí los descendientes directos de los pueblos originarios, ha aplicado, por el contrario, un indulgente modelo de blandenguerías, permisividad y complacencias para que los súbditos de doña 4T no sientan, dentro de lo que cabe, las durezas de la existencia.
Estamos hablando, a primera vista, de las ayudas a ciertos sectores de la sociedad, una mera trasferencia de recursos que pudiere tener cierto sentido en tanto que la política social no debe ser diseñada con la más descarnada insensibilidad y de que sigue siendo muy lacerante la realidad de la pobreza, más allá de la rentabilidad electoral que esté procurando Morena.
Pero el tema no es ése nada más sino la renuncia a aplicar criterios de severidad en muchos otros apartados. No hay razón alguna, señoras y señores, para no reprobar a los estudiantes incumplidos, para ofrecer sin mayores trámites el acceso universal a la educación superior (como si fuera un simple asunto de derechos adquiridos) y para bajar deliberadamente las cotas académicas pretendiendo así amparar a los más desfavorecidos.
¿Qué hay detrás? Simple paternalismo, desde luego, y el propósito de agenciarse los favores del tal pueblo bueno. Pero, sobre todo, el empeño de no ser vistos, por los suplicantes de favores, como duros empresarios —de esos implacables derechistas que exigen méritos concretos para abrir oportunidades y otorgar puestos de trabajo— sino como piadosos y clementes gobernantes.
¿Consecuencias? Pues, preguntémonos hasta dónde llegará un país donde el mérito se combate…