Una teocracia de usos medievales, pero con drones y misiles…

Ciudad de México /

Por lo que parece, no hay nada que hacer. Los clérigos islamistas que sojuzgan al pueblo de Irán no van a renunciar al poder, así sea que los bombarderos estadounidenses e israelíes no dejen piedra sobre piedra en la antigua nación persa, un territorio, no lo olvidemos, habitado por 93 millones de personas.

Hay un tema, en lo que toca a asesinar a control remoto a los adalides de la cúpula dirigente, y es que morir por la causa del profeta Mahoma te asegura en automático un espléndido lugar en el paraíso de Musulmania, con una corte entera de doncellas vírgenes (desde luego) a tu servicio y el eterno goce de otras delicias terrenales, que diga, celestiales.

Por eso mismo, por serles prometidos tan apetitosos premios, muchos discípulos del Corán son tan perfectamente capaces de ceñirse un cinturón de explosivos y reventarse en medio de una multitud de infieles europeos o americanos.

Y sí, el terrorista musulmán es un sujeto que se sacrifica alegremente –o, por lo menos, poniendo las cosas en una balanza, analizando pros y contras— animado por la certeza de ser recompensando en un maravilloso más allá.

De tal manera, los atacantes de Occidente podrían descabezar una y otra vez a los cabecillas (sí, los cabecillas pueden ser descabezados) del régimen teocrático y no habría consecuencia alguna: surgirían voluntario todo el tiempo para seguir con la faena de lanzar misiles y drones baratos. Peor aún: más radicalizados, más fanáticos, más intransigentes y más crueles.

Hace un par de días, el mandatario TACO (acrónimo inventado, creo, por un periodista de un medio financiero británico, en referencia a que Trump always chickens out, traducida la frase al castellano como “Trump siempre se raja” y entendido el verbo en su décima acepción en el diccionario de doña Real Academia Española) advertía de que iba a destruir totalmente la infraestructura civil de Irán, incluidas plantas desalinizadoras y centrales eléctricas.

Pues, ya no. Ahora el asunto va de retirarse y sanseacabó, avisando, a los países que necesiten el petróleo que transita por el estrecho de Ormuz, que serán ellos los encargados de reabrir la vía marítima con sus propias manitas.

Y, colorín colorado, este (sangriento) cuento se ha acabado.


  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
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