Durante los últimos años, la conversación sobre inteligencia artificial estuvo concentrada en quién llegaba primero, qué modelo era más poderoso, cuál respondía mejor, costaba menos o incorporaba nuevas capacidades. Pero los lanzamientos recientes muestran otro terreno de competencia: la forma de entregar esa inteligencia.
Meta presentó Muse y después Muse Charm, un dispositivo para interactuar con ese agente fuera de la computadora o el celular. xAI tomó otra dirección con Grok Bot, agentes con su propia computadora capaces de entrar a herramientas y aplicaciones para completar trabajos. OpenAI también avanzó con dots, agentes que trabajan desde una computadora en la nube y se conectan con distintas aplicaciones.
En los tres casos sigue existiendo una competencia por inteligencia, capacidades y resultados, pero aparece otro diferenciador: cómo llega esa capacidad hasta nosotros.
Empaquetada en un dispositivo, convertida en un agente con su propia computadora o integrada dentro de nuestro ecosistema de trabajo.
Esta misma lógica puede servir para pensar el posicionamiento de cualquier empresa.
Cuando buscamos diferenciarnos normalmente revisamos el producto, el precio, la calidad o el servicio. Sin embargo, también podemos construir una diferencia modificando la manera en que el cliente recibe, utiliza o experimenta aquello que ya ofrecemos.
Los envases invertidos de ketchup, mayonesa o detergente son un ejemplo sencillo. El producto puede seguir siendo prácticamente el mismo, pero colocarlo de cabeza facilita servirlo y crea una presentación distinta en el anaquel.
Una bolsa también puede convertirse en parte de la experiencia. Si el cliente empieza a identificarla, conservarla o buscarla, deja de servir únicamente para transportar una compra y comienza a funcionar como un elemento visible de la marca.
Incluso el formato puede ser una forma de entrega.
Dos empresas pueden explicar el mismo servicio en internet. Una utiliza una página con textos y fotografías; otra lo explica mediante un video, una demostración o una herramienta interactiva que permite comprenderlo más rápido.
No necesariamente cambió el servicio. Cambió la manera de entregarlo. Ahí puede existir una oportunidad de posicionamiento que muchas empresas pasan por alto.
Revisar el empaque, el formato, la interfaz, el canal o la experiencia puede crear elementos que el cliente termine relacionando con nuestra marca. Cuando esa forma además facilita comprar, entender, utilizar o recordar lo que hacemos, deja de ser solamente diseño y empieza a convertirse en una ventaja.
La competencia de la inteligencia artificial lo está mostrando desde otro nivel: cuando varios productos empiezan a resolver problemas similares, la siguiente diferencia puede aparecer en cómo llegan hasta nosotros.
Para una empresa, eso puede empezar así: observar cómo entrega hoy su producto o servicio y preguntarse si esa entrega también podría convertirse en algo reconocible.
Porque posicionarse no siempre requiere inventar algo nuevo. A veces la diferencia está en encontrar una mejor manera de entregar lo que ya sabemos hacer.