Hoy en día no se necesita que algo sea real: basta con que tenga millones de vistas para que se convierta en un hecho.
El reciente Mundial dejó algo más que la nostalgia de una copa levantada para algunos, el adiós de las canchas para otros y la promesa del surgimiento de una que otra nueva figura: dejó al descubierto, como si no se supiera desde antes, el alcance de las redes capaces de crear una narrativa global. El problema es que esta narrativa puede generar villanos o enemigos en el imaginario colectivo que pueden traspasar las fronteras del metaverso. Y en esta ocasión le tocó a Argentina, encabezada por Lionel Messi.
Lo que era el adiós de las canchas de una figura del futbol mundial se tornó en una batalla campal fuera de proporción. Todo inició, como es habitual, en las creaciones de historias conspiracionistas. En las sospechas de los niveles institucionales, ahí donde es imposible para los mortales acceder o tener fuentes, pero por lo mismo se vuelven los espacios favoritos para generar estas historias.
Con la figura de Lionel Messi acaparando el foco, la narrativa de los supuestos favoritismos arbitrales y los privilegios de la FIFA se convirtió en el guion ideal. Las críticas de directivos, exjugadores y figuras públicas alimentaron un resentimiento colectivo que politizó el análisis deportivo, transformando el éxito de la Albiceleste en un blanco sistemático de suspicacia, algo que no importa si es real o no, pues, aun siéndolo, lo trascendente aquí fue la amplificación.
Y así sucedió. Ese descontento latente no tardó en gamificarse y ser gasolina en el metaverso. Las plataformas de streaming y las redes sociales descubrieron que el antagonismo hacia Argentina era un producto altamente rentable. Creadores de contenido y cuentas en general comenzaron a viralizar fragmentos sacados de contexto —desde roces menores en el campo hasta celebraciones cotidianas— para presentarlos sistemáticamente como una soberbia insoportable. El odio digital se convirtió así en un juego de métricas y visualizaciones. Los números de la propia FIFA no dejan lugar a dudas sobre la magnitud de este acoso automatizado: durante el torneo, su sistema de protección detectó más de 7 millones de publicaciones abusivas o dañinas dirigidas a los participantes, con decenas de miles de comentarios enfocados en desestabilizar al entorno argentino.
Y el conflicto que nos atañe como sociedad va más allá de si se sospecha o no de una selección. El conflicto radica en que estas batallas generadas de forma artificial, avivadas por la manipulación algorítmica y la traducción de bulos, traspasaron la pantalla para pegar en la vida real. La cacería de brujas dejó de ser un simple debate de foros para materializarse en agresiones tangibles, como la agresión que sufrió Paulo Javier Juárez, de 35 años, quien fue golpeado por otros aficionados afuera del Fan Fest del Zócalo de la Ciudad de México, al término de la final.
Y si bien se puede decir que son casos aislados o suponer que en una o dos semanas cederá la fiebre mundialista, ese es el peligro real en debate. Que no se trata de la defensa de una selección o pensar solo en ello como eventos coyunturales, sino de dimensionar el peligro de las hogueras digitales que se construyen cotidianamente.
Cuando el algoritmo premia el linchamiento y se fabrican culpables a conveniencia, el fenómeno de las brujas de Salem se actualiza en pantallas táctiles: terminamos quemando leña verde y arrojando a inocentes a la hoguera colectiva tan solo porque las redes y quienes las manejan encontraron en el odio un negocio redondo.