Francia bajo el fuego: crisis, oportunismo y rebeldía de escaparate

Ciudad de México /
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Las tormentas siempre son anunciadas. Sin embargo, nunca se sabe el verdadero alcance hasta que se está atravesando por ellas. El epicentro de esta tormenta social se desató con máxima intensidad el sábado 17 de octubre en París, extendiéndose de forma simultánea por otros puntos neurálgicos de Francia como Marsella, Lyon y Limoges. Causas genuinas e intereses politizados son la combinación idónea para el desastre, y aquí se conjugaron.

Así, la capital amaneció blindada y convertida en un tablero de confrontación urbana. Las marchas —convocadas inicialmente bajo la consigna heterogénea de "Amarillos y Jóvenes"— congregaron en todo el país a cientos de miles de personas (cerca de 800 mil según los organizadores). En París, los puntos clave del conflicto se concentraron en la histórica Plaza de la República (Place de la République), la Bastilla y en las inmediaciones de arterias comerciales y turísticas como los Campos Elíseos.

Pero, detrás del humo de las barricadas y las notas de los desmanes en las calles, queda al descubierto la verdad incómoda. El estallido no es de generación espontánea: tiene su origen en la asfixia económica. Así, mientras por un lado camina la base genuina —ciudadanos de a pie y una juventud harta— que sale a la calle porque la inflación crónica ha destrozado su poder adquisitivo y el costo de la vida rompió el equilibrio más elemental de subsistencia, los números no son simples consignas: son desastrosos. Francia arrastra una deuda pública que ronda el 119% del PIB (más de 3.5 billones de euros) y un déficit fiscal superior al 5%.

Para intentar sanear este agujero, el gobierno ha impuesto un fuerte ajuste y recortes presupuestarios cuyo peso recae, como siempre, directamente sobre las clases trabajadoras y medias, mientras los salarios se estancan. Sin embargo, ese enojo real y medible terminó secuestrado como de costumbre por los profesionales del caos y por aquellos que instrumentalizan el descontento, convirtiendo el reclamo legítimo en un escenario del oportunismo político y en la pose de temporada de quienes buscan el aplauso fácil entre los escombros, ondeando banderas palestinas como un accesorio más de su rebeldía de escaparate.

Frente a la tormenta, el aparato estatal —encabezado por el presidente Emmanuel Macron— desplegó un operativo masivo de fuerzas de seguridad. La respuesta oficial no se hizo esperar: cargas policiales, gases lacrimógenos y una valla impenetrable para proteger los centros de poder y evitar que las marchas no autorizadas tocaran las puertas del Palacio del Elíseo.

El saldo de aquella jornada dejó cifras alarmantes que retratan el tamaño del desastre: más de un millar de detenidos a nivel nacional, calles enteras de la capital con las cortinas metálicas destrozadas, estaciones de metro clausuradas y daños materiales valuados en decenas de millones de euros. No obstante, los efectos colaterales tras la tormenta aún están por venir. Las peticiones de gobiernos de mano dura que terminan siendo el deseo por una tiranía justa —el peor engaño de la historia moderna— no tardaron en aparecer, pues apagan el fuego de la calle momentáneamente, pero dejan intactas las causas de la asfixia económica y el descontento social.

PD: Que alguien les avise a los posers que las banderas de Palestina no son un accesorio de protesta, sino una causa en sí. Pa' esas ayudas, mejor no.


  • Sarai Aguilar Arriozola
  • Doctora en Educación, máster en artes, especialidad en difusión cultural
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