Bar Oxford

Ciudad de México /

Jamás he sido de nadie, reparo en ello mientras camino a la altura de Rosales que se funde con el Eje de Guerrero. Nos agrade o no estamos expuestos a la traición y dolor ¿qué nos recomiendan las personas ordinarias ante revelaciones terribles? Buscar cura, remedio. Una minoría elegimos la iniciación, autotransformarnos sin partir de sucesos dolosos. Volverse desconfiado ante la traición es zafio, solo los traidores temen la traición. Colonia Tabacalera, calle Ignacio Mariscal, viejos tiempos, el esquizofénico que daba vueltas en 1998 por el parque sigue vivo, no te mira, solo da vueltas a la fuente, continúa viviendo en su mente fragmentada. Sentí miedo al verlo vivo. Ni yo sé cómo salí viva de mi vida. Tal vez me sirvió no tomarme en serio la fábula del Suicidio y el Futuro. Decido entrar a mi bar, está cerrado, en recompensa ante la pérdida otro de mis antiguos bares está abierto, entro, ¿ya ven? no hay que buscar remedio a nada, aprendamos a morir con alegría. Caminemos por el sortilegio, viviendo el asombro. Nunca me encontré a ninguna escritora o escritor mexicano aquí, a ningún artista. Todo sigue igual, salvo la ausencia de Antonio tras la barra y algunas pequeñas modificaciones: no existe el privado que tantas veces me vio reír con hermosas compañías, “jamás te he visto con un hombre feo, ni un idiota”, me dijo ayer alguien que me conoce desde los 16 años, no revelaré su nombre, es casado, a la esposa no le agrado, una vez me advirtió por llamada telefónica que no me acercara, que no volvería a verlo. No me acuesto con hombres casados, ni amigos, vaya miseria hacerlo. Aquellos años perros de vodka y ron. Atención fabulosa, precios de ensueño, no vengan con aires gentrificadores. Respeten, beban con confianza, pórtense a la altura, coman paella rumbera, dejen propina, Fabiola, gran mesera, prueben el vino verde, no griten, la familia del Bar Oxford es hermosa. No diré el nombre de quien mantiene en orden este impresionante lugar, no tengo derecho, le agradezco la conversación que tuvimos. Llegó hace más de 40 años a este país, nunca regresó a Portugal, ni volvió a ver a su querido amigo el periodista Torruco, apostaron a la muerte una botella de vino tinto que sigue intacta. Que nunca nos falte este hombre sabio, tiene la fortuna de estar casado con una mujer hermosa “el alcohol no es solución a nada, hay que beber por alegría”, conoció a Cantinflas, tomaba vino blanco. Perder a algunas personas es ganar tiempo, algunos nunca lo entienden, permanecen en mesas en las que no se sirve amor, gin, intimidad, confesiones, cercanía.

No sé ustedes, estoy muriendo siempre, no tengo tiempo. Sé que lo he dicho en estados de ebriedad o en una cruda más grande que una ola de O’ahu, Hawaii, entiendo que las personas no me crean, vaya maldición ser novelista, creen que vivo en mis ficciones hasta que un día desaparezco, no hay forma de encontrarme, ni de volver a acercarse a mí, pregúntenle a todas las personas que dejé atrás. 

Susana Iglesias

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

  • Susana Iglesias
  • Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)
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