En honor al undécimo aniversario de Spectre y a los diez años del desfile de Día de Muertos que “inventó” James Bond, se han elevado las voces que se quejan de que, entre eso y Coco, nuestras maravillosas festividades están siendo utilizadas sin nada de mexicaneidad alrededor del mundo. Que eso es un robo a nuestra cultura. También se ha reavivado el debate sobre si la maravillosa escena inicial de Sam Mendes para el 007 retomó elementos que ya existían o reinventó la estética de esta celebración.
Hay mucho qué decir. Lo primero es que los mexicanos que nos ofendemos por esta “apropiación cultural” podríamos ser responsables de apropiarnos de la indignación por la “apropiación cultural” en sí. ¿Desde cuándo nos ha molestado que nuestras tradiciones vuelen por el mundo? ¿Que sean amadas? ¿Comprendidas? ¿Apreciadas? No es nuestro estilo, sobre todo porque sabemos perfectamente lo que implica honrar a nuestros seres amados que han partido. Nada va a cambiar eso, por más gringas que veamos hipermaquilladas de catrinas en la colonia Condesa.
Una vez dicho esto, hay que reconocer el éxito que estas dos películas han tenido al compartir el sentir —si no del todo la estética precisa— de lo que siempre hemos celebrado aquí. Es delicado si sentimos que está cambiando el mensaje. El respeto. El cariño. Pero honestamente no lo veo así. Mi cercanía con ambos proyectos cuando se estrenaron me permite reiterar el respeto que vi desde su concepción. Y sí, la colaboración con auténticos y maravillosos artesanos y artistas mexicanos en su creación.
El desfile como tal tiene diez años y sí, muchos turistas juran que es una tradición milenaria en la Ciudad de México. Pero, una vez puestas las miradas en estas fechas, resulta difícil pensar que alguien no entienda lo bello, profundo y mexicano que inspiró todo esto. Mientras tanto, los altares, las flores y las catrinas siguen rindiendo el auténtico tributo y amor que implica El día de muertos. Mientras perdure la memoria, nadie pierde aquí.