Hay algo profundamente extraño y también digno de maravilla en ver a miles de personas entregarse sin la menor ironía a una vieja canción de amor. Eso fue exactamente lo que pasó el domingo por la noche en el Frost Bank Center de San Antonio, Texas, donde pudimos ver a Chayanne convertir por un par de horas un estadio lleno —sí, en gran parte de felices señoras, como una comprenderá— en una enorme fiesta colectiva. Y, aún mejor, darme cuenta de que nadie ahí estaba pidiendo disculpas por ello.
San Antonio se ha convertido además en una plaza importantísima para las grandes giras. Bruno Mars acaba de llenar el Alamodome, mientras que por el Frost Bank Center han pasado en estas semanas J. Cole y Rush, y vienen nombres como Journey, Lil Wayne y Don Omar.
Pero yo sigo en el mood Chayanne y la libertad de cuando de pronto te encuentras bailando en un show masivo y te das cuenta de que no estás haciendo cara de “sí, ya sé que esto es cursi”. Sin tener que convertirlo en meme para soportar la melcocha. Sin ponerle distancia para protegerte de sentir demasiado.
Claro que podemos hablar de lo impresionante que resulta verlo bailar, cantar y moverse por el escenario después de más de cuatro décadas de carrera. Él mismo hace bromas al respecto. Pero aún más hermosa es la forma en que se nota que lo disfruta como nunca. Que sabe lo que implica seguir donde está. Sin extremos, sin escándalos. Sus agradecimientos al público que cruzó la frontera y al que vive del otro lado de ella, todos ahí presentes, se sienten auténticos. Quieres que le vaya bien.
Chayanne no ha dejado de hacer música y, si bien sus éxitos como “Provócame”, “Fiesta en América”, “Dejaría todo”, “Tiempo de vals” o “Torero” son el centro del show, no es alguien que viva solo de la nostalgia. Esas canciones funcionan exactamente igual ahora —si es que las dejamos— que cuando éramos muy jóvenes. Y eso es enorme.
Chayanne sigue siendo un gran romántico sin ironía y, en tiempos en los que analizamos absolutamente todo, donde el cinismo parece ser una herramienta de canje social y la ironía se hace pasar por inteligencia, es un respiro dejar esa carga atrás durante casi dos horas cuando empieza el show.
Chayanne no nos pide permiso para hablar de enamorarse, sufrir, entregarse, bailar pegados o prometer que dejaríamos todo por alguien. Pensamientos que la mayoría de sus fans probablemente no frecuentamos de la misma manera que hace décadas.
Quizás por eso el fenómeno trasciende la nostalgia. Porque nostalgia sería ir a recordar lo que fuimos. Esto se siente distinto. En San Antonio había mujeres que lo escuchaban hace treinta años, hijas que crecieron con esas canciones porque sonaban en casa y generaciones enteras que lo conocieron después como ese improbable “papá de Latinoamérica” que internet decidió adoptar.
Miren, la verdad es que ahora vivimos en una época donde sentir demasiado casi siempre parece requerir alguna clase de protección y mostrarnos vulnerables es casi casi pedir a gritos que alguien irrumpa en nuestra paz. Chayanne no parece vivir del todo en ese plano.
Y aquí está el detalle que más me divirtió: cuando bajaron las luces, justo antes de que Chayanne apareciera en el escenario, lo que retumbaba en la arena era “Baba O’Riley”, de The Who.
Y reconocer que existe rock de esa magnitud en el mundo, para de ahí brincar a cantar “Provócame”, hay que saberte muy bien a ti mismo y a tu público para aventarte esa.