Lo ocurrido en los Bafta Film Awards el domingo no fue un malentendido ni un accidente aislado, fue el choque frontal entre neurodiversidad y violencia histórica del lenguaje. Y, francamente, no es nada fácil entender cómo evitar estas cosas sin terminar, de una forma u otra, practicando la exclusión.
Les cuento: un invitado a la ceremonia, con síndrome de Tourette —John Davidson, cuya vida inspira la película I Swear— verbalizó un insulto racial mientras Michael B. Jordan y Delroy Lindo presentaban un premio. Ambos son leyendas, caballeros, y lo manejaron con una dignidad absolutamente admirable. Pero la pregunta sigue ahí: ¿tenía que haber pasado lo que pasó?
La cinta —y la explicación sobre lo que implica este síndrome neurológico— deja claro, aunque resulte difícil de procesar, que estos exabruptos no son voluntarios. Estudios médicos explican que la coprolalia puede llevar a decir palabras ofensivas sin intención, sin creencia y sin control voluntario.
Pero que no haya intención no elimina el daño; el insulto fue real. El impacto para los actores afroamericanos presentes y para quienes escucharon esa palabra cargada de historia también lo fue. Y ahí es donde la BBC falló.
Hubo advertencia previa, se volvió a explicar lo ocurrido y Davidson se retiró por voluntad propia, entendiendo que la situación era imposible de conciliar. Pero la ceremonia era grabada, no se editó antes de salir al aire y, según los propios actores, no hubo una reacción para mitigar el daño.
La lección no es médica, es editorial: incluir también es prever. Entender que ni las mejores intenciones están libres de consecuencias. La BBC pudo —y debió— manejarlo mejor. A veces hay que tomar decisiones difíciles, bien intencionadas pero realistas, en esa eterna batalla entre lo ideológico y lo práctico. Aquí, les fallaron a todos.