En la segunda semana de noviembre se estrena I Play Rocky en cines mexicanos y puedo decirles que es una biografía con tanto corazón que casi me regresó la esperanza en el género. Cuenta la terquedad legendaria de Sylvester Stallone, entonces un joven escritor sin fama, que se negó a ceder su personaje si no podía interpretarlo él mismo. Sean o no fans de Rocky, véanla. Deja una sensación que permanece mucho después de salir del cine.
Pero no todas las biografías fueron creadas iguales. Ni siquiera quiero seguir hablando de la serie de Timbiriche porque la controversia inevitablemente genera rating. Pero el daño es real, no percepción. Y cuando el público toma por cierto todo lo que aparece en una bioserie, importa identificar qué es qué. Eso que sigue en Vix es lo contrario a Rocky: un vil aprovechamiento de la nostalgia y el reconocimiento de una marca, llevándose entre los pies a quien menos lo merece.
La cinta de Michael Jackson, por ejemplo, acaba de recibir un revés: los Globos de Oro rechazaron su inscripción como musical o comedia. Por ahora irá como drama contra películas como La odisea y La bola negra. ¿Pero qué es eso si no un drama incompleto? Se recortaron secuencias sobre las acusaciones contra Jackson. Es decir, no se trata solo de cómo contar una vida, sino de qué partes se decide borrar.
Ficcionar historias reales es uno de los grandes negocios del cine y la televisión. Y es válido exigir ética y compromiso. Cuando el artista o su legado están involucrados, suele imperar el color de rosa. Cuando no, hemos visto que la prioridad puede ser el morbo y el desdén por la verdad. Las biopics no son documentales. ¿Podemos pedirles el mismo rigor? No. Pero sí podemos cuestionar a quienes venden una ficción como verdad, y a quienes la aceptamos sin preguntar. No toda nostalgia fue creada igual.