M+.- Entiendo la razón por la cual la producción de la serie de Timbiriche no se acercó a sus protagonistas. Escucharlos podría haber complicado contar esta historia de la manera en que decidieron hacerlo. Obviamente y con razón, jamás hubieran aceptado. Y ahí comienza el problema: una cosa es tener derecho de contar algo y otra muy distinta es cómo se elige hacerlo.
La serie revive hechos que incluso llegaron y ya quedaron juzgados por la Suprema Corte, pero ahora los devuelve a la inhumana corte de la opinión pública. No confundamos legalidad con ética. Que algo pueda hacerse no significa que esté bien hacerlo.
Se habla mucho de nostalgia, de que Timbiriche nos pertenece a todos porque crecimos con sus canciones. Pero los primeros capítulos tienen mucho menos que ver con nuestros recuerdos que con el morbo. Ni la música está presente como podría. Y con esto llega una paradoja brutal: Televisa tenía el poder sobre las carreras de aquellos niños, sus condiciones de trabajo y hasta el nombre del grupo. ¿Quién convierte ahora las consecuencias de ese poder en un motivo para suscribirse a una plataforma, cuatro décadas después? La misma Televisa. ¿De verdad no se reconocen como el sistema que permitió la villanía en esta historia?
No estoy diciendo que las historias difíciles deban esconderse ni que los personajes públicos puedan controlar lo que se cuenta sobre ellos. Pero la fama no es una cesión perpetua de la dignidad ni de la vida privada.
Los integrantes de Timbiriche han seguido trabajando durante décadas. No pidieron que otros hablaran por ellos. Y aunque Televisa tenga derechos sobre la marca, eso no le otorga autoridad moral sobre sus vidas.
La libertad de expresión incluye contar historias incómodas. También incluye cuestionar quién las cuenta, para qué y a costa de quién.