Una mujer lloró tres horas en un vuelo de Estambul a Washington porque otra pasajera se negó a cambiar su lugar de pasillo por uno de en medio para que pudiera sentarse junto a su marido, publicó The New York Post. Una joven contó que le pidieron ceder su asiento de clase ejecutiva de 7 mil dólares a una niña que viajaba en turista; su historia superó los 30 millones de vistas. Y en México, la influencer Tammy Parra provocó una discusión sobre la empatía cuando relató entre lágrimas que una pasajera se negó a cambiarle de lugar durante una crisis de ansiedad. Son algunas de las historias virales de los últimos meses sobre un tema casi omnipresente en redes: la batalla por los asientos de avión.
Pensé que era mi algoritmo, mi morbo personal, el que se la pasa sirviéndome estas anécdotas. No lo es del todo. Es un tema que despierta ira, engagement y likes. Y es un problema que no causaron realmente los pasajeros, sino las aerolíneas, que descubrieron que cobrar por elegir asiento es un enorme negocio. Según una investigación del Senado estadounidense, cinco aerolíneas recaudaron más de 3 mil millones de dólares solo por estos cargos en 2023, 50 por ciento más que en 2018.
Todo esto para notar cómo el negocio de alguien más se convierte en el pleito de los clientes y en material viral y monetizable para terceros. Sí, la mayoría de las respuestas a estos post suelen ser: “Si querías viajar al lado de tu esposo, hijo o amigo, debiste pagar por el asiento”. Y quizás es verdad. Pero el problema no existía antes de esta manera, y los pasajeros pagan en efectivo y con corajes las ganancias de esta implementación, cada vez más agresiva, de la compleja venta de asientos. Por qué resulta tan entretenido el tema en redes sociales es asunto para analizar con calma, una vez repartidas las responsabilidades.