En un trozo de papel dentro de la carpeta de hojas sueltas encuentro una frase escrita a lápiz: “No debo extraviarme en un bosque de conceptos donde el concepto es precisamente el bosque”. La letra es torpe, casi infantil, semejante a la de las anotaciones de Marina en la sección de su cuaderno “¿No le da miedo perder lectores?” Me extraña que la frase —el papelito— aparezca entre las hojas de La novela inconclusa, como si Marina hubiera descubierto algún peligro y dejado entonces un veloz testimonio. Extraviarse en el bosque de los conceptos —si lo interpreto bien— alude menos a los árboles que a los huecos entre las ramas. Sin duda el asunto es simbólico; no así la sensación de inquietud e incluso –aunque quizá yo exagere– de pánico. Sospecho que a Marina la persigue su conciencia o no convive con ella, sino que llega a ratos, de visita, unas cuantas horas en la cabeza de Marina hablando, discutiendo, hasta desembocar de nuevo en el pleito: “es tu culpa, no la mía. Tú metiste la pata cuando le insinuaste a Manuel que ya no aceptarías sus ‘transacciones sexuales’”. No es que Marina sea un personaje vacío, un mero vehículo; ni que exista sólo en el contexto de los otros tres personajes: Magdalena, Manuel y Mariano. Claramente tiene rasgos que le corresponden a ella, y su cuerpo cobra peso cuando camina por la duela y cruje la madera bajo cada paso, levemente, el ruido de alguien pequeño y delgado. Lo he percibido y he aprendido a distinguirlo de los otros cuerpos que se desplazan con más pericia por el lugar donde me acomodo cuando suspendo mi incredulidad y me interno en la ficción que reconstruyo por fragmentos. Quiero que la historia continúe. Es posible —en términos metafóricos— que la conciencia de Marina esté aún afuera buscando entrar y no halle un resquicio oportuno o llaves o un código para abrir la puerta. Pero la metáfora se desmorona cuando la traslado a la intemperie. Los edificios son sombras y detrás imagino un prado ennegrecido por el sol sin nubes, un pozo seco y una cubeta polvosa tirada en la hierba. Las identidades se confunden con los nombres. “Soy yo,” le digo a Marina, y toco varias veces el timbre. En una versión, responde Magdalena en tono agudo: “aquí no hay nadie” y se carcajea; en otra, se oyen sólo los chasquidos de la electricidad, los cables mal conectados del interfón y, unos segundos después, la voz de la portera gritando: “¿quién?” No contesto porque me avergüenza mi circunstancia. “Pobre mujer,” escribe Henry James acerca de Isabel Archer, la protagonista del Retrato de una dama, “atorada en la máquina de las convenciones”. Admite que una de las debilidades de su obra “es que sea tan exclusivamente sicológica, que dependa tan poco de incidentes”. Yo me podría señalar: la locura literaria es la muletilla de los talentos menores. Use usted el estilo de la razón. Si la trama fuera visible la narraría desde el principio, trazando líneas de un punto a otro. A fin de cuentas, conozco el desenlace.
Capítulo 5
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Tedi López Mills
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