Una amiga de la infancia, bienintencionada, me da el pésame con meses de retraso: “¡vaya lección de vida!” La frase me sorprende, pero no me atrevo a preguntarle a qué se refiere. Semanas después me reúno con ella y otras dos amigas también de la infancia y, poco a poco, entiendo que la “lección de vida” —perversa en el contexto de la muerte— alude a que yo no tuve hijos; como si hubiera sido un acto de hubris, cuya arrogancia se ahonda aún más en esta época en que la maternidad o el maternar se percibe como una conquista reciente del feminismo, y la falta de hijos parece retrógrada, conservadora o, ya sin tintes ideológicos, sólo patética. Estas amigas son abuelas o están a punto de serlo y noto que me miran con lástima. Cometo el error de afirmar retadora que no me arrepiento de no haber tenido hijos, y ellas condescienden a sonreír y luego guardan silencio. A la hora de despedirnos la amiga bienintencionada me promete que me va a comprar zapatos en su próximo viaje al extranjero y las otras amigas me aseguran que en el futuro nos juntaremos más seguido: “¡para que conozcas a nuestros nietos!” Yo finjo una gran alegría y les doy las gracias muchas veces, incluso creo que las abrazo. Me subo a mi Uber y pienso en cuán útil sería establecer un equilibrio entre la compasión y la gratitud, a fin de que la primera no merme o asfixie a la segunda. Pienso en el hijo o la hija ausente y en mis escasas convicciones a estas alturas del partido, aunque no me cabe la menor duda de que tomé la decisión —en pareja— de no ser mamá; es decir, no fue un accidente, algo que se me pasó y, cuando me vino a la cabeza, era ya irreversible. Pienso en la piedad incómoda y en cómo para protegerme de ella quizá me convenga reivindicar no sólo la decisión, sino ese espacio excéntrico en el que me coloqué al refrendarla una y otra vez a lo largo de los años. No niego que tal enjundia se asemejaría a una forma de militancia, tan desconcertante como la contraria, la que se ejerce a favor de la maternidad. Reconozco, además, que no imaginé cada una de las secuelas y que el desenlace actual se ha convertido en una cuerda floja, un filo, un pozo, un río turbulento, un pasillo estrecho y oscuro, etcétera. Sin embargo, lo que perdí no incluye lo que no tuve. Observo a las familias. Casi todas mis amigas son mamás y algunas de ellas se han propuesto compartir a sus hijos conmigo: “vienen a la sobremesa… se les antoja verte”. Llegan los hijos y permanecen callados hasta que la mamá nerviosa me explica que andan con “mil pendientes”, y muy correctos se retiran. Yo los contemplo alejarse: son una pequeña tribu cuyos miembros hablan entre sí como si no hubiera nunca testigos. En La novela inconclusa Magdalena llama “niñas” a sus discípulas y Marina se enfurece. Por las noches se quita la ropa despacio frente a un espejo de cuerpo entero; desnuda se pone de puntas y trata de levantar la pierna derecha y sostener la posición al menos un minuto. Siempre se tambalea.
Capítulo 7
- En el banquillo
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Tedi López Mills
Ciudad de México /
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