Me temo que solo llegaré a donde quiero llegar dando rodeos. Empiezo con mi axioma: para tomarme en serio debo aprender a tomarme a la ligera. Es posible que al expresarlo como una paradoja lo entorpezca, pero eso no modifica el objetivo. Si acaso, el problema estaría en el consejo casi perentorio del aprendizaje, pues supone que un comportamiento puede detenerse sobre la marcha, observarse, analizarse; las zonas de conflicto se despejan —me encargaría yo, claro— y la acción se retoma con otra actitud. Obviamente, nunca resulta así: basta con revisar mi cúmulo de propósitos para comprobarlo. En cambio, si planteo mi axioma como un solo acto fluido parece alcanzable: me tomo en serio tomándome a la ligera. La contradicción no deja de ser llamativa. El consejo suele ser simple: tomarse las cosas a la ligera. Lo cual significa alejarlas de la seriedad. Yo estoy sugiriendo lo contrario. Lo cual significa que conviene comenzar desde el principio.
En contra de mis costumbres he aceptado dos invitaciones a leer mis poemas en voz alta, en vivo y en directo. El asunto no tiene nada de excepcional. Sucede todo el tiempo a lo largo de toda la república (incluso el mundo) año tras año: poetas leyendo sus poemas en voz alta; diez minutos para cada uno, cada una, quince a veces, dependiendo del formato. Es de lo más común. Sin embargo, a mí me coloca en una situación crítica en la que, primero, repaso las ocasiones anteriores en que he participado en lecturas y, segundo, a fuerza de burlarme de mí misma al compararme con mis colegas, me interno en un túnel largo, oscuro en cuyo final veo una luz que parpadea cálidamente: ¡es el pretexto! Lo conozco muy bien a mi viejo amigo. Me conduce con dulzura a la silla en mi estudio o al sillón negro en la sala, me sienta, me justifica: “no vale la pena que andes haciendo ridículos, exponiéndote… para qué”. Estiro mis piernas, busco a mi gatita R., no la encuentro, me paro, me asomo a mi recámara: ahí está R. dormida, me acuesto junto a ella, oigo sus ronroneos, cierro los ojos, respiro con alivio. Mañana enviaré el mensaje. “Hola, tal y tal… Fíjate que tal y tal, etcétera. Fuerte abrazo”. Me arrepentiré, me sentiré culpable varios días y luego volveré a mis argumentos de siempre, cansinos quizá, reconfortantes para mí, acerca de la poesía en voz baja, la poesía complicada difícilmente sostenible en público, el ruido alrededor, los celulares. Tres personas abandonan el foro. “Yo las vi partir”, me diré más tarde, “las vi partir”.
Pero no envío el mensaje y decido cumplir con mi palabra. Cuando me someta a la incómoda tarea de elegir los textos, pondré en práctica la paradoja. Me releeré sin incredulidad, sin sorna, pensando fatalmente que lo escrito ya está escrito y que, si en el examen retrospectivo el peso del pasado es justo, se establecerá un vínculo orgánico entre los poemas, me sentiré menos responsable, más ligera y, de modo automático, gracias a la paradoja, me tomaré en serio. Aunque no sé.
AQ / MCB