Elemental

Ciudad de México /

Busco señales de decadencia, y me refiero solo a la mía, no a la de mi época o sus habitantes. Si dejo de buscar las señales, de prestar atención, y comienzo a darme por mi lado, a razonar de tal modo que le atribuyo al mundo los desperfectos, las omisiones, las comisiones, y me acomodo en una especie de nostalgia prolongada, en la que concibo un “antes” impecable de coincidencias y equilibrios, supongo que la decadencia ya ocurrió. El problema es cómo comprobarlo si no me estoy fijando en los detalles porque he perdido la aptitud o la costumbre de hacerlo. Sigo algunas reglas básicas. Por ejemplo, procuro que la actualidad —en su versión negativa— no me obsesione tanto que decida no enterarme, no leer periódicos, porque las noticias —el ocaso de la democracia, el advenimiento de la autocracia, los populismos, las invasiones, las guerras, los desastres ecológicos, la izquierda que en el fondo es derecha, nunca viceversa, etcétera— me colocan en una situación de crisis personal. Como si mi alma sensible, mi empatía honda me otorgaran un papel protagónico, exhibicionista, casi vanidoso, cuyo lema es: la suerte de los pueblos me duele especialmente a mí. Mírenme sufrir con mi corazón a flor de piel. Y bajo el pretexto de que debo ocuparme de mis emociones, aboliera la curiosidad y me resignara a que los debates acalorados no valen la pena porque acaba siendo de pésima educación, incluso cruel, expresar lo que uno piensa si difiere de las normas correctas de esa reunión, esa comida, ese Zoom, esa red, y provoca reacciones de molestia y no me queda entonces otro recurso más que sacar el comodín del clima, las mascotas, las series que estoy viendo, para sentir que la comunidad existe y, además, me incluye, al menos por ahora.

Reconozco que el carácter de cada quien puede arruinar cualquier polémica. Ha de haber maneras de deponerlo o suavizarlo: modular la voz, los gestos, los ademanes, la indignación. Observo el mío. Sin duda, se exalta, se irrita. No me aconsejo guardar silencio; lo convertiría en trinchera y, tras la cortina de humo, estaría yo susurrando mis opiniones —no tengo otra cosa, no soy experta— y establecería alianzas convenientes para salir de la mala racha y salvarme de las amenazas: ¡los voy a bloquear, los voy a cancelar, los voy a denunciar si se atreven a no estar de acuerdo conmigo. Yo represento las buenas causas, las únicas justas. ¡Púdranse ustedes! ¿Cómo se llega a ese lugar de extrema certidumbre? El sitio es uno mismo, una misma, el celular, la computadora, los memes, los chats, las pancartas, las banderas, los muros, los vidrios, los empujones, las vallas, los peatones, los mirones. Oigo los gritos virtuales. Leo los comunicados, la lista de firmas. Los hechos ya ocurrieron e incluso irán sucediendo otros, quizás hasta peores. Me digo que es cuestión de principios. No hallo argumentos para justificar lo que está pasando: lo condeno y me opongo. Lo cual no significa que acepto lo que había. No son paquetes.


MCB

  • Tedi López Mills
  • Ha publicado numerosos libros de poesía, además de cuatro volúmenes de prosa.
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