A finales del siglo XX o principios del XXI hubo una polémica —no sé si en el país entero o solo en la Ciudad de México— acerca de la mesa y el mantel verde en las lecturas de poesía. Según el alegato —lo recuerdo de manera esquemática y exagerada— esos dos objetos introdujeron institucionalidad y rigidez en un género literario que históricamente se define por su rebeldía; erigieron una barrera entre poetas y público; encerraron una ceremonia esencial —la de la palabra en su más alta expresión— en un ámbito de convenciones, y pusieron en riesgo la posibilidad de una auténtica vanguardia, aunque la más genuina y poderosa logró colarse por algunos resquicios, difundirse, y uno de sus efectos concretos fue que los hábitos y la escenografía se modificaron. En numerosos foros o recintos dejó de haber mesa —ya ni hablemos del mantel que era de fieltro, creo— y aparecieron las puras sillas, sillones, si acaso una mesita de centro cuando resultó obvio que era útil una superficie con cuatro patas para colocar papeles, lentes, botellas de agua. El aspecto debía ser casual: la sala de una casa donde tres, cinco personas, hasta más, leerían sus poemas, como si nada. En la antigua mesa solía haber un micrófono montado en un trípode que las y los poetas deslizaban por el mantel conforme la distribución de los turnos. Ahora tiende a ser inalámbrico. Hay que sostenerlo con una mano, sin alejarlo de la boca, mientras que con la otra se mantiene el libro abierto —el lomo encajado entre el pulgar y el índice— procurando que, al darle vuelta a la página, la interrupción no rompa el ritmo natural del verso. Es triste cuando el cambio de página coincide con un encabalgamiento del que la autora o el autor se siente orgulloso: la pausa lo arruina al convertirlo en un asunto de destreza manual. Sería peor, claro, que el libro se cayera, pues alteraría el transcurso mismo de la lectura. Alguien se reiría. Se ofrecerían disculpas. Por fortuna, estos riesgos se han hecho menos probables. Muchos participantes leen directamente de sus celulares, lo cual resalta aún más el aspecto de informalidad.
Yo extraño la mesa. No resuelve la conciencia súbita de la largura de mis poemas ni el miedo a que los oyentes se aburran, pero amuebla el espacio vacío, lo acomoda, y crea una sensación de refugio pasajero. Existen también los atriles. Las y los poetas se paran cuando se les convoca, leen a la luz de una pequeña lámpara y el micrófono casi siempre es fijo. David Markson —autor de La amante de Wittgenstein— leyó por primera vez en público a los 70 años, el 5 de noviembre de 2007, frente a un atril. Dijo que no estaba acostumbrado a leer de pie y era muy difícil que su libro, La última novela, funcionara en voz alta, lleno de citas y escrito en fragmentos, con matices irónicos que se perderían al separarse de su contexto. “Seguro me voy a equivocar... Richard Burton no soy… Hay una sombra en la hoja”. Carraspeó y tosió en varias ocasiones. Su pena no me es ajena.
AQ / MCB