Les dicen Miembros del Pueblo en el país de la revolución o Emepés en los discursos de los líderes frente a las multitudes que se reúnen en la plaza cuando urge detallar los éxitos recientes del gobierno en pie de guerra. Con los líderes suele haber dos poetas: el vate anciano y la nueva joven promesa. Lanzan arengas —¡desabasto es abasto!, ¡la merma nunca enferma!—, versos de libertad y de heroísmo que oigo con el aire caliente encima como un toldo aplastante. Detrás del casco de la catedral las montañas se ven secas y polvosas. Sus nombres legendarios figuran en las epopeyas de los líderes que cruzaron el país de la revolución luchando contra los enemigos hasta llegar a la capital ahora convertida en un santuario de paz y alegría. Riman con las palabras de los sentimientos de modo milagroso, pienso desde mi rincón mientras los líderes y los poetas sacuden sus sombreros color caqui como trapos cuando los gritos necesitan un énfasis físico. Al cabo de una hora dispersan a los Emepés. Cada quien se va a su sector. Yo pertenezco al de las esposas. En mi casa hay un patio largo y estrecho. La cocina es oscura, con paredes verdes y, al fondo, un refrigerador enorme, anaranjado, viejo. Yo misma lo pinté —me explica la casera—; se debe dejar abierto a veces para que descanse el motor, pero nunca lo hago. Le tengo miedo a la cocina; entro casi a tientas cuando la Emepé que nos asignaron vuelve a su barrio los domingos con su marido y sin hijos porque es estéril, me confiesa con lágrimas. Tenga familia, señora, si no su esposo la va a lastimar cuando se aburra. Quiere enseñarme a guisar, sobre todo los platillos típicos del país de la revolución. Mañana, le respondo rumbo a la mecedora donde leo a San Juan de la Cruz para una tesis sobre las paradojas de la inefabilidad. Mi loro Pancho baja de su percha y se sube al brazo de la mecedora. Picotea la madera. Cierro los ojos en la patria de los poetas, según mi amigo sarcástico que se burla de las odas del vate anciano y trae en su mochila recortes de la época reaccionaria: fotos del vate en cenas oficiales con los antiguos jefes hoy desterrados por la revolución; poemas abstrusos acerca de las palmeras en la noche y el centelleo de una estrella en los “estanques invisibles de la luna”. Junto al vate está la joven promesa del momento. Sonríe. El vate aclara en una vieja entrevista que lo suyo es una poesía de símbolos, con tintes políticos y cotidianos: ¡Poesía para algunos y quizá luego poesía para todos! Mi amigo sarcástico vive en una casa abandonada. Su hermana doctora le receta litio para equilibrar sus estados de ánimo. Le pide que duerma y a veces le da dinero. Ella trabaja con los líderes. Elabora los planes de salud y distribuye medicamentos en las zonas de los Emepés. Mi amigo sarcástico se queja conmigo: los vi a todos antes con los poderosos de antes. Los conozco. Un colega, íntimo de los líderes, le advierte que hay listas. ¡Aprende a callarte o ya lárgate, estúpido!
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Tedi López Mills
Ciudad de México /
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