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Para responder a la pregunta que hace en el párrafo inicial de “La inspiración” en El arco y la lira —“¿cómo se escriben los poemas?”— Paz imagina a dos poetas que representan concepciones opuestas. El primero es el “poeta-que-no-cree-en-la-inspiración” y considera que la poesía viene del exterior. El que se sienta ante su escritorio “con los ojos fijos y vacíos”. El que ha planeado de antemano su poema —incluso ya tiene una estrofa entera—, y no deja nada al azar; ninguna imagen, ningún verso que parezca innecesario, gratuito. El que, pese a la claridad de sus objetivos, de repente se atora: “falta una palabra para rematar el endecasílabo final”. La busca en sus diccionarios, pero no está ahí. “Fuma, se levanta, se sienta, vuelve a levantarse”. La ironía de Paz invita a improvisar descripciones. Tal vez el poeta se acerca a una ventana, observa el horizonte, lo infranqueable que es desde cierto punto de vista: el suyo, por ejemplo; piensa en que podría referirse a las nubes, el cúmulo oscuro en la línea rota por los tinacos y los árboles. El tema sería la ausencia: ¿dónde está el mundo en medio del mundo? Aunque se asemejaría demasiado a una idea y el poeta está harto de fabricar poemas con ideas. Quizá decida entonces ir al baño, luego a la cocina, abrir el refri, agarrar la botella de jugo, un vaso, examinar el cristal opaco a contraluz, el reloj en la pared. Es aún temprano. La forma existe sin el contenido. Toca madera. “Y de pronto aparece la rima”. No es la que estaba esperando —esa se esfumó para siempre— sino otra que lo saca de sí mismo un instante. “Nada viene de nada… ¿cómo se nos ocurren las ‘ocurrencias’ poéticas?”

El segundo poeta escribe sin parar: “ha perdido conciencia del acto que realiza” y todo fluye. No se levanta de su silla, no fuma, o lo hace con discreción, el humo quieto entre su cara y la mesa, el cigarro abandonado en el cenicero mientras un verso tras otro se va anotando con pluma azul en las hojas de papel. “Hasta que sobreviene la interrupción: hay una palabra —o el reverso de una palabra: un silencio— que cierra el paso”. El poeta no logra vencer el obstáculo. Relee lo escrito y lo anima la certidumbre de que posee unidad, “coherencia secreta…ritmo y temperatura”: se trata de una obra.

Paz no ironiza con este segundo poeta. Yo, por solidaridad con el primero o simplemente para establecer un equilibrio, podría intervenir y burlarme de la fuente que “ha dejado de manar”. ¿Dónde está? Seca, la coladera del desagüe oxidada, expuesta, con residuos de esa materia prima antes luminosa, ahora convertida en una maraña de pelos, pelusa, polvo. O llena de agua negra que no circula y al cabo de unos días acaba apestando y nadie quiere aproximarse, descubrir su reflejo en la superficie, removerlo con los dedos. Pero sé que este poeta —Paz lo llama romántico, al otro, reflexivo— es el visionario. Si se me diera a escoger, sin duda preferiría ponerme en su lugar, oír lo que oye, ver lo que ve. ¿Cómo será?


AQ / MCB

  • Tedi López Mills
  • Ha publicado numerosos libros de poesía, además de cuatro volúmenes de prosa.
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