Respecto a mis divagaciones sobre las lecturas de poesía en voz alta uno de mis amigos más antiguos y más cercanos me escribió el siguiente mensaje: “A mí me hicieron gracia… son las nanotragedias de un subsistema bastante cursi (sin ánimo de ofender)”. Por fortuna, no añadió ningún emoji, como suele hacerlo. Habrá supuesto que colocar una carita o una florecita luego de usar la palabra “cursi” sería ridículo. Cuando le pedí que se explayara me dijo, con exagerada paciencia, que era un asunto de realidades y definiciones. Para la mayor parte de la gente —incluso la más lectora— la poesía no tiene mucha importancia, o es un problema, pues salvo algunos versos, por ejemplo, de Sor Juana, Nervo, García Lorca, Neruda, Benedetti, Sabines —mi amigo me los recita con tono solemne, acompasado— lo que se lee está escrito en clave: es un código únicamente para entendidos y, además, inhibitorio, acusatorio. Entre las múltiples pretensiones de la poesía está la de que es lenguaje en su más pura expresión. No captarlo equivale entonces a ser medio tonto, insensible, ignorante. Y mi amigo no admite ese criterio; ha leído poesía de diversas épocas y de varios países, aunque rara vez la de autores nacidos después de 1950, al menos que sean sus amistades, en cuyo caso estudia los libros con detenimiento, los subraya y se fija con saña en las incongruencias: “¿cómo describes la caída de una catarata, su espuma con tal minucia, y luego ocurre que estás en el desierto?”
Mi amigo se niega a aceptar que los poetas y las poetas poseen superpoderes y son visionarios, demiurgos, oráculos de carne y hueso. Me dice burlonamente que solo versifican, no descubren, no construyen, no salvan a nadie. El desacuerdo me parece fructífero. Por motivos que explicaré en otro momento, estoy releyendo El arco y la lira de Octavio Paz y confieso que, en este contexto de atribuciones grandiosas a un género literario, algunas frases me han inquietado. Cito dos: “la unidad de la poesía no puede ser asida sino a través del trato desnudo con el poema”; “el poeta… jamás atenta contra la ambigüedad del vocablo. En el poema el lenguaje recobra su originalidad primera, mutilada por la reducción que le imponen prosa y habla cotidiana”. Paz matiza su entusiasmo y aclara que no todo poema contiene poesía.
Aquí debo introducir una digresión en forma de pregunta: ¿por qué me siento incómoda citando a Paz? Como si yo fuera culpable por doble partida: frente a sus detractores que ya lo cancelaron y abominan cualquier asomo de su influencia, y frente a sus defensores que lo protegen a toda costa y respingan ante cualquier crítica. Según las credenciales ideológicas que se busquen, resulta casi obligatorio repudiarlo o reivindicarlo (para ambas cosas, por cierto, es fundamental que su archivo no se disperse o desaparezca). Yo quisiera situarme lejos de esa trinchera, leerlo como leo a Mallarmé, a Eliot, a López Velarde, a Carson. Pero estoy segura de que aún no existen las condiciones.
AQ / MCB