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A veces consigo bosquejar el espacio de un poema, no propiamente la forma (esa podría construirla a partir de las instrucciones en mi manual), aunque sí algunos temas: cómo las llamadas de fraude posible en mi celular son frecuentes, son voces, son individuos, música; cómo las conversaciones que oigo —“dígame usted, madame, si desea otra taza de café, otra cuchara, otro cuchillo… no se haga daño, madame, se lo ruego”—, los mensajes que borro —“inmadura, narcisista…acéptalo ya: existe el adulterio, existe la muerte… haz una encuesta, todo el mundo lo sabe, todo el mundo se aburre”—, los consejos que recibo —“pon tu cuerpo en el centro de la historia: el brazo derecho a un costado, el izquierdo al aire (ojo: es tu ala), piernas rectas, pies alineados: habla y canta sin una sola pausa”— me colocan en un escenario vacío, tragicomedia: hay tiempo; cómo un domingo de junio a las doce, luego de expresar mi indignación por el maltrato constante entre prójimos, gritar en la estancia donde no hay nadie, recordar la parábola del amo y del esclavo, me doy cuenta de que soy yo la perseguidora y paso a inculparme; cómo el hombre en la imagen del periódico con sus pertenencias en una bolsa blanca de plástico parece contento, no inocente; cómo los grupos de amigos se definen, se refinan, expulsando a la amiga más recalcitrante, difícil, se felicitan después en sus reuniones o chats por pensar con armonía y palabras amables; cómo me voy conociendo, lo pequeño que es el lugar de mi persona, se recorre en un instante, no hay arriba ni abajo ni dimensiones ni capas, solo primer plano, las piezas de un rompecabezas son pura leyenda: soy yo, eres tú, son ellos, jugando a la libertad esta mañana de sol en mi barrio; cómo ya no puedo contar con los dedos de mis manos las fotos que he tomado de mi cara a diario a la misma hora en la misma posición con el objetivo de apoyar a mi memoria en sus investigaciones sobre el olvido; cómo no debe revelarse nunca un secreto y lo que sucede cuando se rompe esa regla tan simple; cómo en las juntas intensas en las oficinas se inventan proyectos y a los empleados ausentes de las juntas se les avisa que las decisiones son esenciales y será necesario integrar en carpetas capturas de pantalla que muestren las etapas de los procedimientos; cómo la tormenta empieza a las cinco en punto y el agua diagonal se mete debajo de mi paraguas, me moja, no logro reírme; cómo lo que lamento no es comunicable por lo pronto, tal vez lo sea en el futuro, etcétera.

Ninguno de los temas es poético, pero creo que cabría argumentar que todos comparten un pico de exaltación y eso los acerca a lo que Paz denomina, en El arco y la lira, lo “nuevo ‘sagrado’ ” de la poesía moderna. Los poetas fueron los descubridores del “origen común de amor, religión y poesía” y la experiencia de esta última es “un salto mortal: un cambiar de naturaleza que es también un regresar a nuestra naturaleza original”. Podría ser así y podría no ser así. Yo sigo esperando.

AQ / MCB

  • Tedi López Mills
  • Ha publicado numerosos libros de poesía, además de cuatro volúmenes de prosa.
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