Golpes leves contra el vidrio de la ventana en la noche, como gotas de una lluvia escasa o pequeñas piedras que una racha de viento podría arrojar hacia los costados del edificio. Pero no llueve ni hay viento. Es lunes, martes o miércoles. Estoy leyendo Middlemarch de George Eliot. Las palabras sobran cuando se desprenden de la trama y arman sus propias teorías acerca de los personajes que han quedado suspendidos en las páginas del libro mientras la prosa los va convirtiendo en arquetipos. Casi cada frase de Eliot funciona como un aforismo. I know no speck as troublesome as self. El temor a olvidar lo que leo me distrae de mi lectura. Oigo un zumbido intenso, homogéneo, individual que, de repente, se detiene como si estuviera muy cerca. Miro la pantalla de la lámpara: una abeja. No me muevo, mucho menos intento matarla, no por el miedo atávico a que me persiga hasta picarme, sino por las noticias trágicas de que ese “insecto himenóptero” está en vías de extinción. La abeja choca varias veces con la pantalla y el foco encendido, luego vuela hacia la cortina y se esconde en uno de los pliegues. Opto por ignorarla, quedarme con la conciencia tranquila de que hoy no exterminé a ese bicho. Quizás haya alguna retribución o reconocimiento; se corra la voz de que en el lugar donde vivo abundan las buenas intenciones. Al día siguiente descubro el cadáver de la abeja. No lo quito de lo que ya considero su tumba. Según mi reciente esoterismo ecológico, el cuerpo minúsculo va a disolverse por voluntad y sabiduría; acaso deje una diminuta estela de polvo que, por desgracia, terminará en las entrañas de la aspiradora, episodio que no me concierne pues la culpa le corresponderá a una máquina. Me asomo por la ventana y veo manchas inusuales en el piso del patio. Salgo a investigar: abejas muertas como si hubieran librado una guerra. Y lo hicieron al estrellarse contra el vidrio de la ventana. Mi hipótesis dramática, a tono con los tiempos, es que se están suicidando. O los insecticidas las embotan, ellas pierden la orientación y se dirigen hacia cualquier luz porque la confunden con el sol. Recuerdo los cuatro poemas sobre abejas que escribió Sylvia Plath en el otoño de 1962 en su casa en Devon. Su marido, Ted Hughes, y ella decidieron convertirse en apicultores; alguien les regaló una caja y una colmena de abejas híbridas italianas, normalmente dóciles, aunque furiosas por el encierro. Plath piensa en liberarlas: “¿Qué hago para que se vayan? /El ruido es lo que más me inquieta, /las sílabas ininteligibles. /Como de una horda romana.”. Compara los frascos de miel con ojos de gato. La negrura en el sótano se “hacina ahí adentro como un murciélago…/La sonrisa de la nieve es blanca”. Sé que las abejas agitan las alas once mil cuatrocientas veces por minuto, que bailan para comunicarse y que sólo las hembras pican. Sé también que de ningún modo debo suponer que la experiencia de una abeja es mi experiencia simplemente porque yo la percibo.
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