Por lo pronto no me voy a acercar al cadáver de Mariano Antúnez, sino que seguiré anotando en mi cuaderno lo que ahora llamo indicios o pistas. Frente a la cama hay un escritorio de madera y al lado una silla de mimbre con cojines en la que me acomodo con cierta lentitud, a fin de no alterar nada en este espacio donde el “occiso” y yo convivimos desde hace más de media hora. Aprovecho para releer mis apuntes y el “Arranque” de la segunda etapa de La novela inconclusa, y me doy cuenta de una incongruencia mayúscula: si yo acabo de llegar a la casa de Antúnez y de enterarme de su muerte, ¿cómo es posible que ya haya entrevistado a los discípulos del escritor y a Yoli, su empleada doméstica? ¿Cómo es posible que sepa cosas que aún no han ocurrido? Debe establecerse con claridad que no me queda la menor duda de que la mujer en la silla soy yo y de que este asunto —todavía indefinido— no es una fabulación o una mentira, ni mucho menos un sueño, pues ya me pellizqué varias veces el brazo derecho y luego el izquierdo y sentí el dolor punzante e, incluso, me lloraron los ojos cuando me apreté la piel con más fuerza para cerciorarme de que yo —o la mujer— no estuviera fingiendo con el propósito de enturbiar aún más las circunstancias. El problema es uno de memoria: no recuerdo cómo llegué a casa de Antúnez; cuáles fueron mis motivos para visitar al famoso autor, y por qué vine tan preparada, con mi cuaderno, mi bolígrafo, mis lentes y —en una bolsa de plástico— unos guantes negros, viejos, que saqué de la cajonera de mi papá. Y hay otro tema que me inquieta: no encuentro mi punto de vista; es decir, no sé en qué lugar de la recámara estoy yo que me permite ver a la mujer sentada y también el cadáver yacente de Antúnez, sin que yo misma me perciba dentro de la escena: ¿estoy entrando o estoy saliendo? Distingo una sombra en una esquina de la pared opuesta a donde está la silla, pero su contorno es anguloso, una figura geométrica, no el cuerpo de una persona. A estas alturas de la trama, sé que soy parte de la historia. Conozco a Marina, a Manuel, a Magdalena (con quien comí hace unas semanas), y he leído el libro de prosas breves que lanzó a Antúnez a la fama y lo convirtió en un escritor de culto casi de inmediato, cuando ningún periodista pudo entrevistarlo después de que se hizo pública aquella célebre frase de que “ha nacido el clásico más desafiante de nuestra actual modernidad”. En cuanto al abogado que se menciona en el “Arranque”, fue mi compañero en la prepa. Surgió su nombre —Carlos Ochoa— en una plática con un notario al que tuve que consultar por unos documentos perdidos que aparecieron posteriormente junto al basurero del vecino de Marina. Según Poe en “Los crímenes de la calle Morgue”, los poderes analíticos no “son susceptibles de análisis”. Conviene observar de lejos el objeto bajo investigación y cuidarse de las profundidades. “La verdad no siempre está en un pozo”, pero tampoco en cualquier superficie, como una mosca.
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Tedi López Mills
Ciudad de México /
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