Muy pronto pasado mañana será ayer y no habré establecido a tiempo mi lista de propósitos o al menos los temas, viejos, nuevos, aún “sin el veneno de las paradojas”, sin el auxilio de las alegorías, cielo, piedra, reja, un espacio abierto, otro cerrado, la jaula, el cuarto, la ventana diminuta, algún mamífero simbólico (camello, jirafa), algún representante fidedigno (vidente, profeta) que me aclare, a la luz de sus ideas, las reglas ya pronunciadas acerca de qué debe escribirse, cuáles son los textos o poemas correctos, cuáles los incorrectos, y en qué persona gramatical se sugiere que existan: la primera con su “sinceridad postiza”, según Barthes en Preparar una novela; la segunda con la dulzura que yo le atribuyo, el miedo que yo le impongo, el nudo de hilos en mis manos, el títere cuya cabeza ya rueda hacia la planta baja donde viven los inquilinos con sus perros y la señora de la peluca, que echa cubetazos de agua con jabón cada vez que alguno se atreve a merodear por el pasillo, husmeando rincones o grietas. Y sale a relucir entonces la verdadera historia: aquí no hubo nadie, no hay nadie. La conclusión es definitiva porque la anuncia una tercera persona, él o ella o ellos o ellas, y alguien más, desde su propia falacia, le atribuye objetividad o imaginación, sentido de la historia, de la política, del canon. Es legible, comprensible, transmisible su mensaje y redime o consuela o enseña. Sé que las alusiones crían esqueletos y luego hay que enterrarlos o desaparecerlos. Me encamino por un borde aledaño. Observo con lupa a la gente bondadosa y recuerdo el aforismo de que hay muchas formas de ser malo y muy pocas de ser bueno y me pregunto si todo significado genera desenlaces y qué hacer si persisten más allá de la memoria. En la carpeta de hojas sueltas descubro tres borradores de una carta de Manuel a Mariano Antúnez, en los que se refiere a “su prosa esmerada, Maestro”, cuánto la admira, incluso emula, y percibo cierta condescendencia (de ahí quizá los tachones) y me fijo en mis frases cortas o largas —parataxis e hipotaxis, respectivamente, de acuerdo con las categorías de Christopher Pendergast en Living and Dying with Marcel Proust— y admito que lo idóneo sería que una frase se intercalara con otra o la interrumpiera y condujera la trama hacia un sistema de digresiones que irían trazando un mapa en el que siempre se regresaría a un mismo sitio, una misma hora durante años: seis cuarenta de la tarde o seis cuarenta de la mañana. Mis personajes se desenvuelven a solas. Yo los estudio y me anticipo a su futuro con notas breves: Marina pierde su cara en un gesto, Magdalena se hunde en un pozo. Siguiendo las pautas de Barthes, no me defino como escritora, sino como “alguien que quiere escribir”. En la mesa de trabajo los lápices afilados son estacas. Subrayo las cinco secciones de la “casuística del egoísmo”: alimentos; farmacopea (“dossier de drogas”); vestimenta; casa; habitación. La novela inconclusa es un salvavidas.
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