Hacer públicas las malas costumbres quizás ayude a aminorarlas o mejor aún a abolirlas. Estoy leyendo —bien, a medias— diez libros a la vez; no al mismo tiempo, claro, sino en distintos tramos del día —la tarde, la noche— y según mis necesidades, mis indagaciones, mis estados de ánimo o las reestructuraciones de lo que llamo, con cierta pedantería, mi nueva vida espiritual, en la que el cuerpo no acaba de sentirse a sus anchas, pues percibe los efectos de un contenido a punto de salir o de entrar en el espacio que ocupa mientras acepta lo que le sucede. Con cada libro establezco el compromiso de llegar hasta el final de sus páginas y, poco a poco, lo voy logrando, aunque de repente ocurre que alguno se pierde debajo de dos o tres revistas —que también estoy leyendo— y lo olvido hasta que muevo las revistas en busca de papeles o documentos y, cuando se resbalan y caen al piso, descubro, por ejemplo, Cosmos, de Witold Gombrowicz, y recuerdo que no avancé más allá del párrafo en que aparece un gorrión “con la cabeza inclinada y el pico abierto. Colgaba de un alambre fino enredado a una rama”, porque me detuve para releer el fragmento del diario de Gombrowicz —prólogo de esta edición de la novela— donde el autor se refiere a “las astucias de la lógica”, define el género policiaco como “un intento de organizar el caos” y concluye con una frase que decidí incluir en mi cuaderno de notas: “Hay algo en la conciencia que se convierte en trampa de ella misma”. Cualquier propuesta de que la conciencia es ajena a sus propios mecanismos resulta útil para mi hipótesis de que realmente no hay centro de mando, sólo azar o impulsos. Pero al apuntar la frase me distraje y no proseguí con la lectura. Ahora rescato el libro y lo coloco en una esquina de la mesa de la sala para que no vuelva a pasar inadvertido. Sé que soy culpable y que toda persona sensata me reclamaría: “eso no es leer: ¿a quién crees que engañas?”, y yo tendría que responderle que mi procedimiento es legítimo porque obedece a un proyecto de continuidad en que un libro se junta con otro y otro más hasta ir armando una serie de tramas contiguas, conexas, como en el cuento de John Cheever, ”El nadador”, en que el personaje recorre los jardines de sus vecinos y se sumerge en cada una de las albercas y crea un camino que no habría existido si se hubiera quedado sólo en la primera. Barthes señala que, por una especie de rivalidad, la lectura ahuyenta a la escritura. Recomienda que a la hora “de emprender la Obra” uno se aleje de los libros a fin de que resurja el vacío y sea posible escribir sin ninguna mirada desafiante por encima del hombro. ¿Pero qué Obra estoy escribiendo yo? Aún no encuentro el comienzo de La novela inconclusa. Puedo inventarlo: “El jueves Mariano Antúnez le dijo a Manuel que él compraría el vino para la fiesta. El sábado amaneció muerto”. Sin embargo, intuyo que en el desenlace de esa historia no conseguiré salvar a Marina, y todavía no quiero vivir sin ella.
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Tedi López Mills
Ciudad de México /
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