Lo que pasa con el agua en Jalisco es algo parecido a un crimen colectivo. No seguir hablando de ello en los espacios públicos se puede convertir en otro. Es permitir que el agua nazca muerta.
Se fue Antonio Juárez Trueba del SIAPA. Aplausos. Porras. Confeti mojado, eso sí, porque en esta ciudad el agua no falta, solo llega de color café y huele a lo que no debería oler. La gente salió a marchar, el Congreso tronó, las organizaciones civiles llevaban meses advirtiendo. Al final, lo que movió al gobernador no fue la evidencia ni la presión institucional. Fue el escándalo. Siempre el escándalo.
Antes de que se nos seque la alegría, conviene preguntar quién llegó. La respuesta del investigador y experto en el tema, Juan Pablo Macías, aclara el panorama.
Ismael Jáuregui Castañeda. Constructor. Ex director de Obras Públicas en Zapopan. Alguien de “toda la confianza” de Pablo Lemus. Esa frase ya debería encendernos un foco rojo, porque exactamente lo mismo se dijo de Juárez Trueba cuando llegó: perfil técnico, hombre de confianza, va a resolver. Ya vimos cómo terminó eso.
Jalisco lleva años poniendo al frente del organismo operador de agua más importante del occidente del país a funcionarios que no conocen el SIAPA, que no tienen trayectoria en gestión hídrica ni hidráulica y que aprenden el oficio cuando lo aprenden, a costa del agua turbia que consumimos nosotros.
Jáuregui no es hidráulico. No es especialista en agua. Sus antecedentes en el tema son, digamos, inquietantes. Bajo su gestión en Zapopan se permitieron construcciones en el Bosque del Nixticuil, zona de recarga acuífera crítica para la ciudad. Es decir, el hombre que llega a resolver la crisis del agua tiene en su hoja de servicios haber contribuido a dañar uno de los pulmones hídricos de la metrópoli.
El SIAPA está en su peor momento histórico. No es retórica, es el diagnóstico de quienes llevan años estudiando el sistema. Resolver esto exige a alguien que conozca la casa por dentro, que se rodee de perfiles técnicos probados y que llegue con un plan real, no con un mamotreto de buenas intenciones disfrazado de reingeniería. Un documento que promete mucho y no aterriza nada no es un plan. Es una cortina de humo con membrete oficial.
Lemus asumió “responsabilidad histórica”. Qué bien. Que la asuma de verdad, con un proceso de selección transparente, con criterios técnicos, con participación ciudadana. No con otro cuate de confianza que aprenda en el camino, porque este camino lo pagamos todos con sed, con garrafones, con enfermedades que nadie contabiliza.
A estas alturas, ya no es torpeza administrativa. Es un crimen contra quienes no pueden comprarse el agua que debería salir limpia del grifo, contra los barrios que llevan meses con un chorro que mancha la ropa, revuelve el estómago y enferma a los niños. Un crimen que se comete en cuotas, colonia por colonia, día a día, mientras los responsables cambian de nombre pero no de lógica.
Ojalá Jáuregui nos sorprenda. Ojalá quien escribió estas líneas tenga que tragarse cada palabra. Lo haría con gusto, con agua limpia del grifo, si eso llegara a pasar.
Mientras tanto, me hierve el buche.