Siempre me ha gustado querer a quienes no conozco. Amar a lo lejos, a gente que no sabe que existo. Admirar a alguien que jamás sabrá mi nombre. Es un amor sin exigencias, que no espera nada y por eso no se cansa. Así quise a Pepe Mujica y a Philip Seymour Hoffman; así quiero a Fito Páez, a Candela Peña o a Roberto Bolaño.
Hay un amor que me gusta todavía más. El amor que hacemos entre muchos. El que no cabe en un solo pecho y se reparte. El que parece inventado a solas y, sin embargo, todos sostenemos. Los amores colectivos, esos que no le pertenecen a nadie y por eso mismo son de todos. Crecen cuando se comparten. Se hacen más grandes cuanta más gente los carga. Son raros porque van al revés de todo lo demás. Casi todo se acaba cuando se reparte. Ellos, en cambio, se multiplican.
Con Javis me pasó eso. Yo no lo conocía, no de verdad. Sabía que existía, sabía su nombre. Tarareaba, sin saberlo, alguna canción suya, de esas que uno lleva en el cuerpo sin recordar de dónde llegaron. Qué quieren que les diga, hay canciones de las que no sabemos casi nada y las cantamos igual, cada tantas y muchas veces durante toda la vida.
Francisco Javier Martín del Campo Muriel murió el martes, a los 75 años. Vino de San Luis Potosí y aquí, en Guadalajara, en 1969, fundó La Revolución de Emiliano Zapata. Fue su voz y su guitarra. De él son “Nasty Sex”, que dio la vuelta al mundo, y las baladas que cantamos sin preguntar de quién eran, “Cómo te extraño”, “Mi forma de sentir”. Yo no sabía que eran suyas.
Ayer vi a mi amigo Frankie y me contó de este pionero del rock nacional. Que lo conocía, que era un tipo muy chido. No fue el único. En las redes, de a poco, mucha gente me fue enseñando quién era y cuánto lo querían, no solo por lo que hizo sino por cómo pasó por el mundo. Así me enteré, de segunda mano, de un amor que ya estaba hecho antes de que yo llegara. Me sumé. Me colé en ese cariño que otros habían construido durante años.
Eso es lo que me conmueve. Que uno pueda entrar tarde a un amor y aun así caber. Que el afecto de tantos deje siempre una silla libre para el que llega al final. En los amores colectivos nunca se llena el cupo.
También el duelo es colectivo, y menos mal. La tristeza pesa menos cuando muchos la levantan al mismo tiempo. El dolor repartido se vuelve soportable, casi compañía. Nadie llora del todo solo cuando llora una comunidad entera. Hay algo que consuela en saber que a la misma hora, en otras casas, otros extraños sienten lo que uno siente.
Yo no lo conocí antes. Insisto, lo estoy conociendo ahora, con todo lo que escriben de él. Me da una pena tierna llegar así, tarde y de prestado, a un cariño que otros cuidaron por décadas.
Me consuela pensar que mientras alguien cante sus canciones sin saber que son suyas, Javis sigue aquí, repartido entre nosotros, como muchos otros que se han ido y hemos seguido queriendo desde lejos. Me hierve el buche.