Un último caballito

Jalisco /

Una muchacha cumple quince años en Guanajuato. Se llama Jazmín. Hay música, hay vestido, hay botellas baratas que alguien compró en Jalisco. Porque la vida alcanza para lo que alcanza. Las abren delante de todos. Están selladas. Se ven bien. Nadie sabe que adentro no hay tequila sino metanol, que es otra palabra para decir ceguera y, después, otro término más largo con el que sigue la muerte. Esta vez cinco perdieron la vida. Veintiocho se enfermaron. Esa fiesta siguió en los hospitales.

Pienso en la botella. Era de verdad alguna vez. Tiene su número de serie en la base y la rellenaron con veneno. Cien pesos. Doce por mil trescientos al mayoreo, dicen los vendedores de Facebook. Todo va sellado y en caja. La gente compra, claro que compra, porque entre la marca cara y el hambre de fiesta hay un abismo para el que alguien tendió un puente de mentiras.

El metanol entra igual que el alcohol bueno. No arde distinto. El cuerpo tarda horas en entender que lo engañaron. Primero parece borrachera. Después la vista que se nubla, el mundo que se apaga despacio de los ojos hacia adentro. Para cuando alguien sospecha que esto no es una cruda, el hígado ya peleó solo una guerra perdida. Hablan de diálisis, de antídotos que sirven si se llega a tiempo. Nadie corre al hospital por sentirse borracho en una fiesta de quince.

Este líquido letal se hizo en Jalisco. La tierra del tequila, dicen, con el pecho inflado. La sangre de México. Me detengo en la frase porque las frases engañan. Sangre. La que se derrama, la que se rebaja, la que se vende por menos que un refresco grande. En el mismo estado hay una botella que cuesta ochenta y siete millones de pesos, de platino, con la huella del artista grabada para que nadie la copie. A esa botella la cuidan con la más alta tecnología. A los invitados al cumpleaños de Jazmín no los cuidó nadie.

El líquido sale de algún lado. De la región Valles, de Tequila, de El Arenal, de Los Altos, los mismos pueblos de los folletos de turismo. Ahí, en bodegas sin nombre, alguien mezcla alcohol de caña con metanol para abaratar el trago. Las autoridades saben hasta las carreteras donde se vende, no es ningún misterio. Lo han dicho durante años, en decomisos que suman millones de litros. Este pseudotequila mata por goteo, de a cinco, para que nunca sea tanto escándalo.

Ahora vienen tres millones de visitantes de todo el mundo, según una cifra que nadie verificó y todos repiten. A fotografiarse con el caballito en la mano, a brindar en la pantalla del estadio por la autenticidad de un país que exporta lo legítimo y se queda con lo adulterado. Las fiscalías prometen investigar. Lo prometen igual que prometieron pintar la ciudad de fiesta, con la diferencia de que la pintura sí llegó.

Vuelvo a la botella. Está sellada, se ve bien, no se distingue de la otra. Esa es toda la historia. Que el veneno y la verdad se parecen tanto que nadie nota la diferencia hasta que es tarde. Cuánto cabe en una botella de cien pesos. Cabe una fiesta. Cabe una hija. Cabe una sociedad que aprendió a esperar sentada que un día llegue la justicia. Me hierve el buche.


  • Teresa Vilis
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