Ciudad de acero y concreto

Monterrey /
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El pasado 20 de septiembre, Monterrey cumplió 430 años de su fundación definitiva. Si bien han sido años de adaptación, crecimiento y transformación del territorio que la han llevado a convertirse en una de las ciudades más importantes de México, esta es una buena oportunidad para preguntarnos: ¿Qué ciudad hemos construido?, ¿cuáles han sido los costos sociales y ambientales de este proceso?

Monterrey está ubicada en un valle rodeado de montañas, nutrido por un río que se alimenta de manantiales. Geografía que trazó por siglos el mapa de crecimiento de la ciudad, donde las montañas eran el entorno vivo de la comunidad y los cuerpos de agua, la base de subsistencia humana. Sin embargo, esta relación comenzó a modificarse con la expansión industrial.

Desde finales del siglo XIX y durante el siglo XX, Monterrey se convirtió en uno de los principales centros industriales de México. El desarrollo industrial transformó su economía, atrajo población y consolidó una identidad vinculada al trabajo, al progreso y al esfuerzo. Así, el acero y el cemento se convirtieron en símbolos de modernismo: el acero representó la fuerza industrial, la fábrica y el orgullo obrero. El cemento representó la conversión a una ciudad moderna, capaz de extender avenidas, levantar edificios, canalizar ríos y conquistar las montañas.

Ambos materiales contribuyeron al crecimiento de Monterrey, pero también sustentaron una idea de progreso basada en transformación intensiva de la naturaleza. Las montañas que sorprendieron a Carvajal y de la Cueva al llegar a lo que hoy conocemos como Cuesta de los Muertos y que aún siguen sorprendiendo a quienes visitan la ciudad, fueron explotadas para producir el cemento con el que se construyó la metrópoli, explotación que no sólo dejó cicatrices visibles en ellas, sino también polvo, contaminación y una deforestación que en la actualidad es la causante de los llamados desastres naturales.

Por otra parte, bajo la idea de progreso y de forma depredadora, el cemento desplazó al adobe y al sillar como materiales de construcción, lo que ha llevado a una demolición masiva de barrios históricos y casonas para abrir avenidas, construir edificios y plazas públicas que no son más que planchas de concreto que han contribuido a que la temperatura ambiental sea más elevada.

Hoy en día Monterrey es una ciudad saturada, casi a punto del colapso, no sólo porque tenga más habitantes, sino porque su desarrollo ha ocurrido sin una planeación metropolitana carente de perspectiva ambiental y social: ya no puede comprenderse dentro de sus antiguos límites municipales, pues la expansión metropolitana ha alcanzado territorios cada vez más lejanos, que han producido fraccionamientos desconectados, trayectos prolongados, congestión vehicular y una infraestructura, recursos naturales y servicios permanentemente rebasados. Y no sólo es saturación física, la contaminación ambiental, acústica y emocional nos está agobiando.

Conmemorar los 430 años de Monterrey debería ser un ejercicio de memoria y responsabilidad, no sólo para las autoridades, sino como ciudadanos es una buena oportunidad de preguntarnos qué deseamos dejar a las próximas generaciones: una metrópoli extendida hasta más allá de sus límites o una ciudad capaz de reconciliarse con su geografía e historia.

Por Isabel C. Sánchez

El Colegio de la Frontera Norte-Unidad


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