Pocos creyeron que López Obrador se fuera a retirar de la vida pública, del reflector. Mucha tinta se derramó prediciendo que el expresidente continuaría teniendo presencia en medios y supuestamente opacando la voz de Sheinbaum.
No sucedió. Obrador ha sorprendido a propios y ajenos por su silencio público. Su inesperada y estoica capacidad para, efectivamente, desaparecer.
Es por ello que resulta revelador el observar qué acontecimientos han hecho que el expresidente rompa su retiro. Y cómo cada uno de ellos traza, con singular transparencia, la concepción que el expresidente tiene de sí mismo y de lo que debe ser su partido.
Hasta ahora, tres acontecimientos han valido la ruptura de su silencio: la presentación de su libro, la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y, este fin de semana, la más fuerte de todas: apoyar una colecta monetaria en apoyo a Cuba.
Comienzo por lo más evidente: las salidas de Obrador han sido incrementalmente intrusivas. La primera vez el expresidente tuvo que encontrar una excusa: presentar su libro. La segunda ya no tuvo excusa. Obrador se posicionó, sin recato, sobre un tema de interés público. La tercera ya no tuvo excusa, ni fue solo un posicionamiento. El expresidente cruzó una delgada línea y entabló una acción política directa: compartir una cuenta de banco para apoyar con donativos a Cuba.
Es decir, Obrador dejó su retiro nada menos que para romper el bloqueo cubano.
No dudo que Sheinbaum quisiera hacer lo mismo, pero sus compromisos como jefa de Estado se lo impiden. La presidenta lleva semanas trazando cuidadosamente un plan de ayuda humanitaria para Cuba, sin levantar la ira de Trump. Obrador no tiene esos cuidados.
El objetivo de Obrador es más idealista, pero también, hasta cierto punto, más egoísta. Sin importar la forma en la que sus declaraciones afecten a la Presidenta o a México, el expresidente busca posicionarse como un claro defensor ideológico de las izquierdas. Convertirse en una brújula doctrinaria, aun si ello supone pasar por encima de las delicadas negociaciones de cabeza fría de Sheinbaum.
Claramente, la ambición doctrinaria de Obrador no es solo doméstica. Nótese que el expresidente solo ha roto su retiro para intervenir en discusiones internacionales que atañen a Latinoamérica. La primera vez, para presentar una reinterpretación histórica de la conquista. La segunda, para calificar a Estados Unidos de actuar como una “tiranía global”. Y la tercera, para evidenciar el genocidio cubano.
El objetivo es evidente: Obrador desea convertirse en una figura política regional, que trascienda las discusiones mexicanas. Una especie de José Mujica, expresidente de Uruguay, cuya influencia pública superó con creces los acontecimientos de su país. En el camino, no importa, romper algunos platos aun si son de la vajilla de Sheinbaum.
Obrador construyó su figura pública a base del carisma de decir lo que pocos se atrevían a decir. Y lo sigue haciendo. Ahora dice lo que la propia Presidenta no puede decir. Y ello es, sin lugar a dudas, una posición política.
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