‘Maníaco’ sólo tenía que ‘terrorear’. Un fin de semana con un cobrador de piso de la CdMx

La extorsión es una economía criminal que suena a motocicleta y huele a gasolina. ‘Maníaco’ recorre el oriente en moto repartiendo amenazas y cobrando extorsiones, cuenta cómo aprendió a “terrorear”.

La extorsión se ha convertido en una de las economías criminales más rentables para organizaciones delictivas | Samantha Martínez
Ciudad de México /
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DOMINGA.– La palabra “oficina” tiene muchos significados en el crimen organizado. En Colombia, por ejemplo, dicha a secas se refiere a La Oficina de Envigado, una escisión del cártel de Pablo Escobar. En el norte de México es una referencia a un grupo de los Beltrán Leyva y en el sur se usaba para hablar de una casa de Los Zetas. Pero en el oriente de la Ciudad de México, “la oficina” suele ser una motocicleta barata, genérica, que los extorsionadores usan para cobrar piso. Y esta tarde de viernes, tengo una cita en una de esas con el que apodan Maníaco.

Me cita en su “oficina” a las cinco de la tarde afuera de una estación de la Línea 12 del Metro. El encuentro lo arregló una fuente que me ha ayudado por años a contactar a entrevistados para documentales sobre crimen organizado; le dije que estaba interesado en conocer el fenómeno de la extorsión a microempresarios en la capital del país para Esquina Balderas, pero desde la perspectiva de quien intimida y cobra. “El terroreo”, me corrigió, y llamó de inmediato a Maníaco. Un par de semanas más tarde estoy esperando en la frontera con el Estado de México a alguien que, me dijo, amenazaba tan recio que hasta los perros callejeros dejaban de ladrar.

Me imagino a un bato loco. Típico villano de película de pandilleros pero en versión chilanga. Lo intuyo porque algunos extorsionadores construyen con consciencia una imagen estereotípica del integrante de un cártel para un mayor “terroreo”. En cambio, cuando Maníaco llega, pienso que no es posible que un chico así sea un duro cobrador de piso: delgado, bajito, aniñado para sus veinticinco años, hablándome de usted. Su “oficina” tiene sólo un elemento distintivo: una calcomanía de Bugs Bunny fumando un churro de mota en el tanque de la gasolina.

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“Hoy sólo tengo que hacer unas entregas, ¿me acompaña?”, dice Maníaco extendiéndome un casco polarizado. Horas antes he leído el Código Penal de la Ciudad de México: el delito de extorsión se castiga hasta con 30 años de cárcel y yo podría ser merecedor de esa pena por acompañarle, aunque sea un trabajo periodístico.

Subo a la “oficina” con la confianza puesta en los acuerdos previos a la cita que minimizan mi riesgo de ir a la cárcel: no drogas, no armas, no violencia. Sólo observaré a un integrante de una célula delictiva más, entre cientos o miles, que ordeñan un mercado negro de unos 350 mil millones de pesos anuales –de acuerdo con la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo– y que afecta a nueve de cada diez empresas. Una operación microscópica que todos los días construye un enorme hormiguero.

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Durante el recorrido hacemos cuatro paradas de no más de tres minutos. Maníaco baja con calma de la “oficina” y entra a una carnicería, una papelería, una fonda y una tlapalería. Sale sin inmutarse. Su rostro relajado me hace pensar que ha saludado a sus amigos y la misión apenas empezará, pero pronto volvemos al punto donde arrancamos. “Listo, ¿vamos por una cerveza?”. ¿Eso había sido todo?

“Sí, oiga. Es que hoy soy ‘papelero’. Ya mañana soy cobrador”, me dice Maníaco con su voz serena, pero sed endemoniada. Frente a una cerveza me explicará en que consiste ese oficio del crimen organizado.

Una célula de extorsionadores ligada a La Unión Tepito

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La extorsión tiene su propio lenguaje. Una “vacuna” es la entrega del dinero de la extorsión, una “chispa” es una prórroga y un “bombón” es el castigo por no pagar. Y antes de todo está la acción del “papelero”.

“Yo llevo los recortes de papel del ‘chido’ [el jefe del grupo] y les digo ‘te mandan este mensaje’. Es todo. Si eres de aquí, ya sabes que tienes que comunicarte al número del papelito y te ponen la cuota semanal o quincenal. La gente de esta zona [el oriente] ya sabe que esto va incluido en el plan de sus negocios, se los dicen los dueños de los locales”, me dice Maníaco sin soltar el tarro de cerveza.

La noche de ayer fue dura para él. Otro ataque de ansiedad. Le ocurre cada vez más frecuente desde que dejó los asaltos en las combis y comenzó a trabajar en una célula de extorsionadores cuyo nombre no quiere decirme, pero que salió de un grupo ligado a La Unión Tepito. A veces sueña que se sube a la “oficina” y lo intercepta una patrulla que le encuentra los papeles que guarda en la bolsa agujereada de los jeans. Entonces, los policías lo avientan a una celda oscura donde una mano enorme le pide pagar para no ser violado. El extorsionador se vuelve extorsionado.

Y cuando esas pesadillas ocurren, Maníaco se tiene que anestesiar para volver a dormir. Da tragos enormes de vodka o cerveza hasta que se le cierran los ojos y no puede recordar sus sueños. Amanece con un dolor de cabeza brutal que sólo alivia hasta que engulle el siguiente trago de alcohol y una fumada que baja la ansiedad. La idea de que la vida criminal es fácil y relajada es una fantasía hecha pedazos.

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“No conozco ‘mañoso’ que no se emborrache”, dice. “En mi grupo hay un morro de trece años y le mete duro al cristal porque sólo así agarra valor”. ¿Y para qué trabaja con ustedes, si tanto miedo tiene?, pregunto. “Bueno, es que hay necesidades… él quiere su iPhone”.

Maníaco calcula que en el oriente hay decenas de jóvenes como él. Operando diario, a todas horas. Una economía criminal que suena a motocicleta y huele a gasolina. Y que tiene a sus víctimas idóneas: adultos mayores que son dueños de negocios pequeños, mujeres jóvenes que atienden los comercios, tiendas que advierten a los clientes desde la fachada que no aceptan tarjeta de crédito –sólo efectivo– y los que no tienen cámaras de vigilancia apuntando hacia la entrada.

“¿Qué tendría que hacer yo para que no me papelearas?”, le pregunto, porque eso es lo que realmente quiero obtener de él: la vacuna contra la “vacuna”. Entonces, Maníaco –que hasta entonces había tenido una actitud relajada– infla el pecho en pose de valiente de lotería. Los ojos apagados se le prenden como un cerillo y da un trago como de náufrago al tarro de cerveza.

“Nada, no hay nada que hacer… acá todos pagan o se topan conmigo”. Su nueva actitud me preocupa. Pedimos la cuenta. Más tarde me enteraré que me ha dicho una mentira: sí me dirá qué puedo hacer para evitar ser un microempresario extorsionado.

La extorsión es la evolución del secuestro en México

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Hace un par de años, mientras preparaba una serie documental, María Elena Morera Mitre, presidenta de Causa en Común y activista por la paz en México, me dijo una frase demoledora: “la extorsión es la evolución del secuestro”.

En octubre de 2001, su esposo, el empresario Pedro Galindo, fue secuestrado por una banda conocida como Los Colmenos, imitadores de la banda de Daniel Arizmendi El Mochaorejas. Eran los tiempos en que aún se creía que el rapto era un delito que ocurría sólo a los ricos y que jamás tocaría a los desposeídos.

“Los secuestradores de entonces vieron un problema: ‘los ricos’ tenían amigos poderosos que podían activar a sus contactos para detenerlos. Entonces, los criminales fueron tras ‘los pobres’ sabiendo que la justicia es un lugar para gente con privilegios. Y entonces vino una transformación: ¿y si en vez de pedir millones a una persona poderosa, le pedimos poco dinero a millones que no son poderosos? ¿Y si en vez de pedir una vez pedimos cada semana? Y de la impunidad surgió la extorsión”, diagnosticó María Elena Morera.

No hay una fecha exacta de cuándo comenzó este cambio de modelo criminal, pero sí hay una clara línea de tiempo: entre la década de 2000 y 2010 surgió la extorsión telefónica y los secuestros virtuales facilitados por el abandono del sistema penitenciario y el acceso masivo a dispositivos móviles; luego, mutó a una extorsión presencial ligada al crimen organizado y la corrupción en las corporaciones policiacas. La combinación de ambos factores ha provocado que en los últimos diez años la extorsión haya crecido un impresionante 61.2%. El Programa de Seguridad Ciudadana de la Universidad Iberoamericana lo llama “el único delito de alto impacto con tendencia sostenida al alza en México”.

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Al día siguiente, sábado, Maníaco y yo nos citamos de vuelta afuera del Metro para una cita en “la oficina”. Es día de cobro y se nota porque mi conductor lleva una mochila. Para mi sorpresa, el recorrido es tan rápido como el del día anterior. Esta vez voy preparado con un cronómetro en la mano: cuatro paradas, veintidós minutos. Taller mecánico, relojería, pollería y una vinatería. Luego, pasamos a una unidad habitacional en la colonia Ejército de Oriente, Iztapalapa, para entregar la mochila. Y de vuelta a la cervecería de ayer.

“¿Cuánto había en la mochila?”, le pregunto. “Miles”, responde lacónico. ¿Más de diez?. “Sí, oiga, si no vendo pollo rostizado”, me dice ofendido. Le habré picado el orgullo, porque sin que volviera a cuestionarlo inicia una clase en “terroreo”.

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“El terroreo es un arte”
, dice. Es oratoria y actuación. Hay que despojarte de quien eres y convertirse en quien quieres ser. En su caso, imagina que un sicario de esos que aparecen en las series de Netflix y actúa pensando “¿qué haría ese personaje en mi situación?”. Entonces, en días como hoy, cobra con pose de asesino: es corto, duro, letal. Atraviesa con la mirada y, si no le funciona, corta con las palabras.

“Si entregan su ‘vacuna’, todo bien. Pero si no, les digo ‘piensa en tus hijos, no los dejes huérfanos’, ‘¿y si mañana te quemo tu lugar?’, ‘mañana viene alguien más y está más loco que yo’. Eso es ‘terrorear’. No necesitas pistola, sólo saber hablar con autoridad, que no piensen que eres un chamaco con sueño”, me dice. “La neta, la mitad de la gente que hace esto dice pura mamada. No traen nada. Nosotros sí, pero la mayoría es puro morro todopendejo”.

Su barrio es cuna de gente con hambre

Si ‘terrorear’ no funciona, entonces la extorsión escala a una siguiente persona que se encarga de hacer una investigación. Eso incluye imágenes de los hijos, vehículos, casas y hasta contactos familiares. Entonces Maníaco debe volver a papelear, pero ya con las evidencias de que el grupo criminal habrá de hacer lo que sea con tal de obtener dinero. Si tampoco funciona, entonces entra el jefe y sus pistoleros, gente con la que ni siquiera él quiere tratar por su nivel de violencia extrema.

“Esa sí es gente mala”, repite un par de veces, de nuevo, con una resaca que le taladra la cabeza. “Yo no quisiera estar en lugar de la gente que cae en sus manos. Me han dicho que hacen cosas muy malas”.

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La cervecería que ha elegido es, al mismo tiempo, un punto de venta de drogas
. Un tugurio cualquiera, excepto porque es el lugar de encuentro de otros “papeleros”. Huele a limpiapisos barato, regalan frituras rancias y los baños están tapizados con calcomanías de han pegado los dealers de la zona. No tiene un atractivo en particular, pero para mi entrevistado es el paraíso: la cerveza es barata, helada y abundante.

La cara que ha puesto Maníaco me da pie a una pregunta que he querido hacerle desde que lo conocí y cuya oportunidad no encontraba: ¿cómo se sentiría él, si pusiera un negocio con mucho esfuerzo y cualquiera le exigieria dinero sólo por abrir? ¿Y si se negara, y alguien lo torturara hasta obligarlo a pagar o cerrar?

Maníaco se pone serio de pronto. Me da la impresión de que nunca ha contemplado esa posibilidad: estar del otro lado, el de la víctima. Su entorno le ha enseñado que sólo hay dos tipos de organismos en el mundo: los que comen y los que son comidos. Su barrio, cerca de las minas de tezontle de Iztapalapa, es cuna de gente con hambre. Noto que hace un esfuerzo por ponerse en esa situación, como yo me esforzaría en pensar cómo podría tener veinticinco años y “terrorear” ancianos que con sus ahorros han puesto una tiendita.

“No sé, supongo que sí está culero, pero así es este mundo”, ataja y pide otra cerveza. La cuarta en una hora. Tiene prisa por aplastar la ansiedad. Le pregunto si le gusta sentirse así todo el tiempo. “¿A quién le gustaría?”, ironiza. Y le digo que aún está a tiempo para volver a empezar: retomar la preparatoria y salirse del grupo, mientras las arenas movedizas del crimen organizado aún no le llegan a las rodillas. Él no mueve drogas, no usa armas, no ha matado a nadie. Aunque tiene pose de matón, confiesa, le daría miedo torturar a alguien.

“Le voy a decir la verdad porque me cayó bien: me gustaría volver a estudiar la prepa. Acabar y ser alguien en la vida. No le quiero hacer daño a nadie, no quiero ser culero, pero uno en este mundo tiene que ‘terrorear’”, reflexiona. Noto que hace un esfuerzo por no llorar en la cervecería que, aunque está medio vacía, para él es como un auditorio repleto que puede ver sus sentimientos. Entonces, él pide la cuenta.

Caminamos hasta “la oficina” para despedirnos. Pienso que, tal vez sí, Maníaco puede ser la imagen estereotípica de un joven integrante del crimen organizado: alguien que en un mundo que yo no comprendo —porque no nací ahí— intenta ser quien no es para sobrevivir, carcomido por la ansiedad y la culpa, buscando generar dinero para aparentar frente a los demás, mientras sueña con una vida que se le negó por falta de oportunidades.

Nos despedimos con un abrazo. Maníaco va a casa por más cerveza para ahogar los demonios que le dicen que pronto estará muerto, herido de un balazo o preso.

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El domingo por la tarde suena mi celular. Es un mensaje de Maníaco. “Me quedé pensando en cómo sería mi vida si yo estuviera del otro lado del pedo. Me imaginé con mi negocio y pensé qué haría yo para que no me extorsionaran”. Así que estas son las recomendaciones de un joven que vive del cobro de derecho de piso.

Maníaco pondría cámaras de vigilancia dentro y fuera del negocio. Instalaría una reja que separara el área de los clientes y el de los empleados. Aceptaría sólo pagos con terminal bancaria y transferencias. Conocería a todos sus vecinos de la calle y tendría un WhatsApp para comunicarse diario con ellos. Pediría un botón de pánico a las autoridades. Y se uniría a un grupo de vecinos contra la extorsión con línea directa a los altos mandos de la policía.

“Ahí dígale eso a su gente”, pide Maníaco. “Oiga, ¿vamos por una chela?”.


GSC

  • Óscar Balderas
  • Oscar Balderas es reportero en seguridad pública y crimen organizado. Escribe de cárteles, drogas, prisiones y justicia. Coapeño de nacimiento, pero benitojuarense por adopción.

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