La “guerra contra el narco” empezó en un téibol de Uruapan

Hace 20 años, cinco cabezas rodaron sobre la pista de un téibol en Uruapan. Así nació La Familia Michoacana y Felipe Calderón encontró la imagen de un país que terminaría llevando a la “guerra contra el narco”.

La madrugada en que cinco cabezas aparecieron en un téibol de Uruapan y el crimen organizado cambió para siempre | Especial
Ciudad de México /
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DOMINGA.– Nadie sabía, excepto los asesinos, que en las bolsas de plástico negro había cinco cabezas. Todas recién cortadas y petrificadas en una mueca de dolor. Cabezas de hombres jóvenes que el 6 de septiembre de 2006 habían caído en las manos de sicarios de un cártel –desconocido hasta ese momento– y cuyas muertes cumplen dos décadas de haber cambiado para siempre a México.

Los asesinos escondían esas cabezas en las cajuelas de dos camionetas cuyas balatas hicieron rechinar cuando se detuvieron a la entrada de un tugurio llamado Sol y Sombra, un téibol de mala muerte cerca de la central de autobuses de Uruapan, Michoacán, que a esa hora, poco después de la una de la madrugada, solía llenarse de enfiestados trasnochados en busca de mujeres y cocaína barata. Mientras sonaba “Dame otro tequila” de Paulina Rubio, el grupo de unos veinte hombres armados con armas de alto poder AK-47 y AR-15 entraron como un vendaval.

Una madrugada de septiembre de 2006, cinco cabezas rodaron sobre una pista de baile en Uruapan | AP

Los primeros clientes en sobresaltarse con el comando creyeron que era un operativo contra los dealers de ese tugurio. Todos en la colonia Bella Vista sabían que ahí se vendía merca a todas horas, ya fuera en bolsita, grapa o cucurucho de periódico. Cayeron los antinarcóticos, pensaron, porque esos hombres armados usaban uniformes de la hoy extinta Agencia Federal de Investigación, el antecedente de la Policía Federal, y exigieron a todos tirarse al piso. Hasta que los balazos que echaron al techo los delataron: no eran agentes de seguridad, sino sicarios disfrazados.

Algunos clientes corrieron al fondo del local para tratar de protegerse con una improvisada barricada de mesas y sillas. Las bailarinas se apresuraron a los viejos camerinos. Los meseros aventaron la cochinilla fuera de sus pantalones y tropezaron hacia la salida de emergencia sólo para darse cuenta que era un esfuerzo inútil: el dueño cerraba con cadena y candado para impedir que los clientes briagos y empericados se fueran sin pagar la cuenta. Estaban atrapados. Serían los siguientes en aparecer en las portadas de los pasquines que coleccionan masacres.

Sin embargo, los hombres armados no volvieron a abrir fuego. Y en vez de disparar acercaron las bolsas negras a la tarima con el tubo de table dance, las abrieron e hicieron rodar las cinco cabezas. Sus nombres eran Martín, David, Cristian y dos jóvenes cuyos nombres nunca se hicieron públicos.

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Luego, los asesinos colocaron con cuidado una cabeza junto a la otra para que todos vieran ese último rictus de sufrimiento en las víctimas y los cortes toscos en el cuello. Junto a la galería del horror pusieron una cartulina blanca con letras negras y en mayúsculas: “La familia no mata por paga. No mata mujeres, no mata inocentes, sólo muere quien debe morir. Sépanlo toda la gente. Esto es justicia divina”.

El comando huyó hacia la antigua carretera a Pátzcuaro sin que alguien les cerrara el camino. Eran las primeras horas del 7 de septiembre y quizás nunca lo supieron pero, para miles de personas en Michoacán, ellos inauguraron con ese acto atroz la “guerra contra el narco”. Nuestra pesadilla empezó en una pista de baile.

Felipe Calderón se aprovechó de la estampa de un país criminal

Este fin de semana, cuando se publica este texto, se cumplen veinte años del infierno en Sol y Sombra. Felipe Calderón estaba a 86 días de protestar el cargo de presidente constitucional en una Cámara de Diputados que sería tomada por legisladores de izquierda que lo acusaban de fraude electoral. Mientras preparaba cómo sortear las protestas, siendo presidente electo recibió informes confidenciales sobre la situación del país. Contará después en su libro Decisiones difíciles (2020), el diagnóstico lo sobresaltó: gobernaría una nación corroída por la infiltración del crimen organizado, tolerado por su antecesor y compañero de partido Vicente Fox.

Las cabezas rodantes de Sol y Sombra eran la estampa nítida de nuestra nación criminal. Las crónicas publicadas en medios internacionales, como The New York Times o The Guardian, retrataban a un Michoacán salvaje, que era precisamente la cuna del panista Felipe Calderón: ingobernable e inhóspito. Lo peor era la historia anterior al crimen de Uruapan, una trama de venganzas y traiciones entre cárteles que conectaban al oriente con el norte del país.

Calderón ordenó militarizar Michoacán once días después de asumir la Presidencia | Octavio Hoyos

Urgido de legitimidad por la sombra del fraude electoral que lo acompañaba, Felipe Calderón tomó una decisión ligada a aquella narcomanta en la pista de baile: once días después de ocupar la residencia presidencial de Los Pinos ordenó el envío de siete mil soldados para reforzar las labores civiles de seguridad pública en el estado. A la militarización de la estrategia contra el crimen organizado Calderón le llamó “Operativo Conjunto Michoacán”, mientras que millones le llamamos, simple y llanamente, “el inicio de la guerra contra el narco”.

Cuando los militares llegaron a Uruapan se encontraron con un paisaje que sería el presagio de los años venideros: la resistencia del crimen organizado. El anuncio luminoso de Sol y Sombra, en la fachada del téibol, estaba aún encendido. Aunque semanas antes habían extraído de ahí cabezas recién cercenadas, el tugurio estaba abierto. En bolsita, grapa o cucurucho de periódico, el narco seguía vendiendo esa cochinilla que arremolinaba de madrugada a los menesterosos de droga. La música, a todo volumen, daba la bienvenida a quien gustosamente quisiera adentrarse al infierno.

Así nació la rivalidad entre el Cártel del Golfo y el Cártel del Milenio

Para entender qué sucedió en Sol y Sombra hay que ir días atrás y luego años hacia el pasado. El 3 de septiembre de 2006 apareció en el puente de Jicalán, también en Uruapan, el cadáver de una mujer embarazada. Había sido decapitada y abierta con un cuchillo desde el pecho hasta el vientre para extraer el feto. Los policías municipales la ubicaron de inmediato por un tatuaje en el brazo: era La Jefa, la pareja de Carlos Rosales Mendoza, El Tísico, un poderoso capo local.

Poco se conoce sobre aquella mujer. Su nombre real nunca llegó a los diarios locales ni a las incipientes redes sociales. La historia más contada en Michoacán es que La Jefa y El Tísico se enamoraron entrelazando sus intereses personales: ella buscaba la protección y fortuna de un criminal y él buscaba curar su corazón herido por una infidelidad.

El Tísico, Carlos Rosales Mendoza, buscó consolidar la alianza entre las mafias michoacana y tamaulipeca | Héctor Tellez

Años atrás, El Tísico operaba como el representante en Michoacán de Osiel Cárdenas Guillén, líder del Cártel del Golfo. Trabajaba como su jefe de sicarios, operador financiero, mensajero y, especialmente, como su forjador de alianzas en el occidente de México. Así fue como El Tísico, oriundo de La Unión, Guerrero, estableció contacto con las familias Valencia y Oseguera que integraban el Cártel del Milenio y los puso en contacto con los traficantes tamaulipecos.

A principios del siglo XXI, ambas facciones tenían buena relación. Además de los negocios sucios, los unía la desconfianza que sentían por los narcos sinaloenses, como El Chapo Guzmán y El Mayo Zambada, quienes querían controlar el tráfico de drogas a nivel nacional. “Golfos” y “Milenios” preferían un sistema de plazas con liderazgos regionales para no someterse ante nadie.

Entre ellos fluían los negocios, pero también las relaciones personales: entre ellos hubo amistades, parejas y hasta bodas.

Entre 2001 y 2022, un codicioso joven michoacano llamado Nemesio Oseguera –quien llegaría a ser el capo más poderoso como líder de su propia organización, el Cártel Jalisco Nueva Generación– presentó a su prima Inés Oseguera con El Tísico. No es que El Mencho fuera un cupido desinteresado; quería que ambos se casaran y tuvieran un hijo para que él fuera el responsable de consolidar la relación entre la mafia tamaulipeca y la michoacana, y obtener créditos para su crecimiento criminal. Funcionó. El flechazo fue instantáneo.

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Pero el interés de Inés Oseguera por El Tísico se esfumó rápido. Pronto, la joven se enamoró de otro capo, Armando Valencia, El Maradona, el jefe del Mencho y líder del Cártel del Milenio. El dolor del Tísico se convirtió en un alúd de ira cuando supo que no sólo perdería a su amada, sino que ambos pretendían quitarle a su hijo recién nacido. Entonces, comenzó a planear una venganza que llevaría al país por un tobogán que desembocaría en el tugurio Sol y Sombra.

El Tísico pidió ayuda a su amigo Osiel Cárdenas Guillén. En específico, dos favores: que lo apoyara con sicarios en Michoacán y que autorizara la muerte de Armando Valencia por romper el código mafioso de meterse con la pareja de otro capo. El líder del Cártel del Golfo le concedió ambos deseos y mandó a sus militares asesinos integrantes de su propia guardia paramilitar: Los Zetas.

El 18 de febrero de 2002, El Tísico ordenó un atentado contra el jefe del Mencho –y nueva pareja de Inés Oseguera– en el centro de Morelia. Los pistoleros fallaron: mataron a un sobrino, Jorge Luis Valencia, y tres de sus escoltas. En ese momento, la guerra quedó declarada entre quienes se decían amigos y compadres.

El atentado contra Armando Valencia convirtió las diferencias entre ambos grupos en una guerra abierta | Reuters

La violencia estalló rápidamente: el Cártel del Milenio se quiso reforzar con miembros desertores del Cártel de Sinaloa, mientras que el Cártel del Golfo perdió control de Los Zetas, quienes comenzaron a actuar de manera independiente para asentarse en el estado. Una combinación explosiva.

‘El Tísico’ había formado en silencio su propio cártel: La Familia Michoacana

Michoacán se volvió un coliseo de 58 mil 600 kilómetros cuadrados de extensión en el que los bandos eran difusos y las afiliaciones criminales cambiaban de un día para otro. Aparecían cuerpos a la orilla de la carretera, cadáveres en los ejidos, restos humanos abandonados en vehículos escondidos en ranchos, pero sobre todo crecieron las decapitaciones. Cabezas guardadas en bolsas de plástico negro y cuerpos decapitados junto a cartulinas que prometían más muertes en una guerra entre todos y entre nadie. Un conflicto callado que no mereció la atención del gobierno federal como un asunto prioritario para la nación.

Hasta que la racha homicida alcanzó a La Jefa, joven y embarazada. El vientre abierto era un mensaje de odio para El Tísico: ya había perdido a un hijo pequeño y ahora le quitaban otro que no había nacido. La respuesta fue inmediata. Su grupo secuestró a cinco rivales, los torturó y sus cabezas rodaron en la pista de baile de un conocido table dance donde operaban sus rivales.

El crimen del Sol y Sombra marcó la aparición de un nuevo poder criminal en Michoacán | Araceli López

Pero el mensaje iba más allá. El Tísico no sólo demostraba su afán de revancha, sino que aventaba al aire su nueva tarjeta de presentación: tras pasar años bajo el cobijo de grupos criminales foráneos, en los últimos meses había formado en silencio a su propio cártel con fuerza local. “La familia” a la que se refería en la cartulina no era un sustantivo, sino un nombre propio: había nacido La Familia Michoacana, el primer cártel religioso en México.

Una modalidad del narco que sostiene una pistola con la mano derecha y unas retorcidas sagradas escrituras con la mano izquierda. Esa criatura nos descendió a un nuevo sótano de la locura del cual aún no podemos salir: hoy Michoacán, Guerrero y Estado de México viven asediados por La Nueva Familia Michoacana.

Los sicarios salieron aquella madrugada del Sol y Sombra creyendo que sólo habían abandonado cinco cabezas sobre una pista de baile. En realidad, dejaron algo más difícil de enterrar: el método que el crimen organizado usaría por los siguiente años para gobernar mediante el terror.

GSC / MMM


  • Óscar Balderas
  • Óscar Balderas es reportero en seguridad pública y crimen organizado. Escribe de cárteles, drogas, prisiones y justicia. Coapeño de nacimiento, pero benitojuarense por adopción.

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