Piel reseca y olor a cloro: enfermera relata cómo es atender a personas que fabrican drogas en Sinaloa

Centros médicos en Culiacán reciben a los cocineros del narco, encargados de la fabricación de drogas sintéticas, con síntomas por exposición a precursores químicos, pero nadie habla de ello por temor al cártel.

Enfermeras llaman a los cocineros de metanfetamina 'cara de viejitos' | Especial
Culiacán /

Esta enfermera pidió que no se le identificara. Estuvo trabajando en una clínica en la sierra de Sinaloa, donde atendió a cocineros de metanfetamina, casos que compartió a MILENIO. Su testimonio sirve para entender que no existen estudios médicos sobre lo que en realidad le pasa a las personas que están expuestas al proceso de fabricación de drogas sintéticas.

Sin duda, lo que más se le quedó grabado fue el olor que estos sujetos desprendían: “como abrir un bote de cloro, pero con otro químico, más molesto, más penetrante”.

“Llegaban pidiendo un suero, un suerito (sic) con vitaminas, para sentirse mejor. Creían que con eso podían fortalecer su cuerpo y seguir trabajando. Pero en realidad no les servía de nada”, contó la enfermera.
Aunque se presentaban como cualquier paciente, había algo que los delataba: “Se miran más acabados. Su piel, su color, se les ve reseca, como deshidratada. Les decimos cara de viejito, porque se ven más viejos de lo que son”. E insiste: “El olor… a cierta distancia ya se alcanza a percibir”.
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Ella no veía a quién atendía; podía ser un ganadero o un cocinero. Sabe que la salud es un derecho: “A todos se les atiende, se les apoya, se les ayuda. Pero siempre con la reserva de no decir nada, porque también está en peligro tu vida. Tú lo ves y parece una persona normal, pero lo que lo distingue es su físico y ese aroma que traen impregnado”.

Llegaban, pedían el suero, se lo aplicaban por vía intravenosa y se iban.

“Se desaparecían. No eran conocidos del lugar, y en los pueblos uno conoce a toda la gente. Venían de fuera, trabajaban y luego se iban. Como fantasmas”.

Además de ellos, también atendió intoxicaciones por otros químicos: organofosforados, compuestos usados para quemar la mariguana o para acelerar su crecimiento. 

“Esos sí llegaban intoxicados, con diarreas, con problemas respiratorios. Son químicos muy fuertes, y aun así la gente los manipula sin protección”.

La mujer habló con calma, pero sus recuerdos son claros: cuerpos desgastados, piel marchita, olores que se quedaban en la ropa.

“Ellos buscaban ayuda, pero lo que necesitaban no era un suero. Era otra cosa. Y eso, aquí, nadie se los podía dar”.

Más allá del consumo

La historia reveló lo que las estadísticas no muestran: la metanfetamina no solo contamina el bosque y el agua, también desgasta a quienes la producen.

Los cocineros son víctimas y vectores de una toxicidad que se impregna en la piel, en la ropa, en el aire. Y en la sierra, donde no hay médicos ni protocolos, la única respuesta posible es el silencio.E

Enfermera da su testimonio | Entrevista

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Los primeros respondientes

En Culiacán, capital de la metanfetamina, los paramédicos son los primeros en llegar cuando la química se desborda.

Su misión es clara: atender a la población, sin distinguir entre buenos o malos, sin preguntar de qué lado de la guerra viene el herido. En sus ambulancias se mezclan los olores de desinfectante y gasolina con el recuerdo de escenas que no se olvidan: cuerpos sudorosos, convulsiones, respiraciones agitadas por sustancias que nunca debieron entrar al organismo.

Julio César Vega Sainz, director de Gerum Rescate y Salvamento Culiacán, lo resumió con crudeza: “Nosotros llegamos primero, antes que cualquiera. No importa si es un campesino, un cocinero o una niña: la misión es salvar vidas. Pero lo que vemos no está en ningún manual”.

Han atendido a hombres y mujeres intoxicados de manera indirecta, no por consumo voluntario, sino por haber estado demasiado cerca de los vapores de un laboratorio o de los residuos que alguien dejó en una casa. El cuerpo —explicó— reacciona igual: mareos, vómito, pérdida de conciencia.

“La gente piensa que solo se intoxican los que consumen. No. También los que respiran los vapores, los que tocan los residuos, los que viven cerca de un laboratorio”, explicó César.
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En otro caso, la víctima fue una niña. Había usado una cuchara sin saber que antes había servido para consumir droga. Bastó ese contacto mínimo para que su organismo reaccionara: temblores, desorientación, un colapso que obligó a internarla de urgencia.

La escena quedó grabada en la memoria de los socorristas. César lo recordó con claridad: “Bastó ese contacto mínimo para que su cuerpo reaccionara. Esa imagen no se me va: una niña en camilla, rodeada de médicos. Ahí entendí que la guerra química ya había entrado a las casas.”

Para los paramédicos, no hay metáfora: la guerra química ya alcanzó los hogares de Culiacán.

“Lo más duro es que no hay protocolos, no hay guías. Solo la experiencia y la urgencia de mantenerlos vivos”.

Contaminación silenciada

En Sinaloa, el miedo y el silencio se han convertido en la primera línea de defensa ante todo lo que huela a crimen organizado.

Ejidatarios saben que sus terrenos son invadidos por cocinas clandestinas; inmobiliarias reconocen que hay predios imposibles de vender porque ahí funcionó un laboratorio; campesinos y ganaderos conviven con animales expuestos a químicos.

Todos lo saben, pero nadie lo dice abiertamente. Nadie denuncia. La prohibición tácita de hablar es tan fuerte como la contaminación que permanece en el medio ambiente.

La ausencia de denuncias es el reflejo de esa violencia silenciosa. Nadie quiere ser el que levante la voz y quede marcado.

Son testimonios que revelan que el problema no solo es ambiental, sino humano: cuerpos intoxicados, comunidades vulneradas, derechos básicos silenciados. El miedo a denunciar convierte a las víctimas en invisibles, y a la contaminación en un crimen que se perpetúa sin registro ni responsables.

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RM

  • Amílcar Salazar Méndez
  • Reportero de investigaciones especiales, contador de historias y apasionado de la información.

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