• "Aún estoy impregnada de él": El día que Olga Wornat entró en la mente del 'Mochaorejas'

  • La experimentada periodista relata los resabios que le dejó enfrentarse a la mirada y personalidad del infame criminal… quien también en su pasado fue víctima.
Ciudad de México /
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M+.- Sentada en el asiento trasero de una camioneta blindada que le han prestado, Olga Wornat siente que el miedo es un aleteo de moscas en el estómago que no la deja estar quieta. Ha reporteado en zonas de guerra alrededor del mundo y los 105 kilómetros que separan la capital de Oaxaca y Miahuatlán de Porfirio Díaz, el municipio que alberga la cárcel federal número 13, le parecen un tramo tan peligroso como cualquiera de esos campos de batalla.

Es el otoño de 2022 y ha llegado a la capital oaxaqueña en un avión que despegó de Ciudad de México. Sus amigos más cercanos reprueban ese último tramo del viaje que sólo se puede hacer por tierra, abriéndose paso por un corredor de secuestros y robos de vehículos. 

Aunque tiene miedo, no se plantea retornar a un lugar seguro porque Daniel Arizmendi, El Mochaorejas, aceptó una entrevista tras 25 años sin hablar con una periodista. Y ella es la elegida. Está a minutos de sentarse frente al secuestrador más infame de México. El terror previo a la era de los cárteles.

“Aún estoy impregnada de él. Cuando conoces una maldad así, siempre te acompaña aunque no lo quieras”, me cuenta Olga Wornat en el sexto piso de MILENIO. Han pasado tres años desde ese encuentro, pero a la periodista argentina le parece toda una vida: se carteó con Arizmendi, estableció un vínculo con él, tuvieron un duro desencuentro, conoció a sus víctimas y volcó esas experiencias en su libro El Mochaorejas. Conversaciones desde el infierno

El día de nuestra conversación, el cielo tiene una pinta grisácea. Típica mañana veraniega en la Ciudad de México, nublada. Días así merman el ánimo de Olga Wornat, quien aún siente que la mirada vacía de Daniel Arizmendi la sigue a donde vaya. “Sus ojos son pozos negros e infinitos”, describe. Y a pesar de estar alicaída, conserva a los 70 años la energía de las periodistas combativas. “Este clima me recuerda al día en que vi por primera vez a Arizmendi. Llegué a la cárcel y me sorprendió lo viejo, lo flaco que está. Chiquito, no mide ni 1.60, pelón, pero con una mirada que te atraviesa”.

Reporteando a un cantante de rancheras, Olga Wornat se encontró con un secuestrador. | Foto: Juan Carlos Bautista

Olga Wornat supo de la existencia del Mochaorejas por las historias de terror que se contaban de él a principios de siglo, aunque estaba detenido desde 1998. Y se reencontró con su legado criminal mientras escribía la biografía no autorizada del cantante Vicente Fernández. Justo en ese año, el hijo del Charro de Huentitán, Vicente Fernández Abarca, fue secuestrado y sus captores le cortaron el anular y el meñique de la mano izquierda para presionar por el pago del rescate. Esa banda sería conocida como Los Mochadedos, admiradores del Mochaorejas, quien aceleró con su fama el fenómeno del secuestro mutilante en México.  

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'El Mochaorejas' también fue víctima

Reporteando a un cantante de rancheras, Olga Wornat se encontró con un secuestrador. Y hurgando en el viejo criminal —hoy de 68 años— encontró a un niño atemorizado por un entorno familiar violento, un puberto avergonzado por el tamaño de sus orejas y un adolescente que probablemente fue víctima de abuso sexual durante una breve estancia en lo que antes llamábamos en México “los tutelares de menores”. Antes de ser victimario, Daniel Arizmendi fue una víctima que creció entre las pandillas de Nezahualcóyotl, Estado de México.

La historia que encontró también explica mucho quién es ese hombre que purga una sentencia de más de 300 años en una celda solitaria y con derecho a solo una hora de luz al día: su padre, Catarino Arizmendi, fue un niño en situación de calle, secuestrado en un mercado en Morelos para ser obligado a trabajar en una finca que la Dirección Federal de Seguridad usaba como casa de seguridad. Ahí, Catarino aprendió a trapear la sangre de las víctimas que morían en cautiverio.

La madre, María López, también fue víctima de un secuestro que se alargó hasta su muerte: Catarino, como peón de la finca, la “robó” a caballo para casarse con ella a la fuerza. 

De ese matrimonio nacieron cuatro hijos: Juan Osvaldo, Aurelio, Daniel y Enrique. Las vidas adultas de ese cuarteto refutan la idea popular de que la infancia es destino, pues los dos niños de en medio se trenzaron para crear la banda de secuestradores más violenta del siglo pasado, mientras que el mayor y el menor se separaron para construir empresas legales y la dirección de cine, respectivamente.

“Daniel, el hijo de secuestrados que se volvió secuestrador”, resume Olga Wornat. “Un joven muy inteligente, ¿eh? Pudo elegir ser otra cosa, pero eligió vivir sin reglas, como los criminales. Nadie le ganaba a jugar ajedrez. Desde la cárcel me hizo llegar una novela que escribió [inédita] que te sorprende por lo bien que está escrita: ni una falta de ortografía. Bueno, incluso sabe pintar muy bien, como un artista”.

Olga Wornat cuenta que en el mismo otoño de 2022 recibió en la Ciudad de México una obra de Daniel Arizmendi: la pintura de un árbol seco, “con ramas desnudas como garras”. Meses más tarde llegó la explicación del autor en una carta: “Licenciada Olga, si siembro una mata de tomates y da frutos, la sigo regando; pero si sale estéril y en vez de frutos engendra gusanos que poco a poco se acercan a las matas buenas, pues corto de raíz la mata mala y se acabó el problema”. La periodista, según el criminal, era una malahierba que debía extirpar de su vida porque la había dejado entrar a un lugar tan recóndito como peligroso: su cabeza, sus pensamientos. 

Semejanzas con Manson o Dahmer

Para entonces, Olga Wornat había coleccionado misivas que explicaban esa personalidad oscura que ha hecho que miles comparen a Daniel Arizmendi con el líder sectario Charles Manson o el asesino serial Jeffrey Dahmer. 

Y también había recopilado otros documentos necesarios para el libro: los testimonios de sobrevivientes. Horas y horas de grabación con las víctimas que un cuarto de siglo después se miran al espejo y en lugar de orejas encuentran las cicatrices queloides producidas por un corte tosco hecho con tijeras para cortar pollos y cauterizado con cenizas de cigarro, una técnica que Daniel Arizmendi aprendió siendo un niño, cuando encontraba a su padre alcoholizado y sangrando tras una pelea en alguna cantina de mala muerte.

Treinta y un años antes del último secuestro de Daniel Arizmendi —el rapto y asesinato del empresario Raúl Nieto en Querétaro en agosto de 1998—, el psiquiatra estadunidense Robert Jay Lifton acuñó en 1967 el término “la culpa de la muerte” tras entrevistar a los sobrevivientes de la bomba atómica que destruyó Hiroshima, Japón. El concepto explicaba la sensación de quien se ha salvado de un hecho traumático, mientras otros perecieron. El sobreviviente se siente como un injusto privilegiado, un desertor o incluso un traidor a los muertos, pese a no tener responsabilidad alguna.

“La víctima de secuestro siempre siente vergüenza y esa sensación es de por vida. Es la culpa de pensar que hicieron algo mal en ponerse en peligro, que el crimen fue su responsabilidad por haber sido exitosos o que, por salvarse, la familia lo perdió todo: dinero, salud, estatus social”, dice Olga, quien conoce bien esa culpa: ella misma es la sobreviviente de dos secuestros de los que habla poco, pero recuerda mucho.
“Yo he sentido esa vergüenza y a mí no me ocurrió el horror de las víctimas de Daniel Arizmendi, algo mucho más terrible. Ese horror es continuo, infinito. Quienes escaparon al Mochaorejas sienten ese dolor todos los días cuando despiertan, cuando se peinan, cuando salen con paranoia a la calle, en cada aniversario del crimen que los marcó para siempre”, explica Wornat. “Este libro no podía ser sólo de Daniel Arizmendi: necesitaba las voces de quienes sufrieron su maldad”.
Libro El Mochaorejas. Conversaciones desde el infierno. | Foto: Especial


Maldad, le repito. Ella asiente y recuerda que el secuestrador solía presentarse con el pseudónimo “Cuauhtémoc” en las negociaciones con las familias y repetía una frase, como un mantra, cada vez que un padre o una madre le suplicaba piedad porque el rescate millonario que exigía era impagable: “Dios los va a castigar por avaros y a mí por ambicioso”. La maldad, repite Olga.

Ahora, sentada frente a mí y ella detrás de una ventana que grisea la Ciudad de México, Wornat responde mi pregunta final. En su libro recupera la última voluntad de Daniel Arizmendi, quien sabe que la cárcel en la que ambos se conocieron será su tumba: ser cremado y que sus cenizas sean esparcidas por su vieja casa familiar en El Rodeo, en Miacatlán, Morelos.

“¿Irías a ese lugar cuando llegue ese momento?”, le pregunto. “No lo sé, ha sido mucha maldad”, responde la periodista de las mil batallas. Ahora, dice, prefiere sacudirse lo que queda del Mochaorejas en ella.

(fact checking: JRH) 

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PNMO

  • Óscar Balderas
  • Óscar Balderas es reportero en seguridad pública y crimen organizado. Escribe de cárteles, drogas, prisiones y justicia. Coapeño de nacimiento, pero benitojuarense por adopción.

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