• Alejandro dejó el "peligroso" trabajo de ser policía para seguir con vida... y lo asesinaron viendo un partido de futbol

Alejandro Prieto Páramo renunció a Tránsito para proteger a su familia, pero la violencia lo alcanzó como civil mientras veía un partido de futbol en Salamanca.

Victoria Ponce
Salamanca /

Durante 20 años, Alejandro Prieto Páramo fue agente de Tránsito en Salamanca. Su familia le pidió que dejara ese trabajo por la violencia que se venía registrando: “lo querían con vida”. Él así lo hizo.

Lo que jamás imaginaron es que el domingo 25 de enero, cuando acudió a un partido de futbol, sería alcanzado por las balas que le arrebataron la vida.

Alejandro era aficionado al futbol. Cada domingo acudía al Campo de Las Cabañas, pero este fin de semana era su primera visita del año. Un día antes, el sábado 24, había celebrado el cumpleaños número tres de uno de sus cuatro nietos.

“Estaba contento, cantó, abrazó al niño, convivió con todos. Nunca pensamos que sería la última vez que lo veríamos así”, relata a MILENIO su hija Brenda Mariana Prieto, quien primero quedó pasmada y luego rompió en llanto.

“Tu papá está herido en las canchas”

Pasaban de las 17:00 horas del domingo cuando César, hermano de Brenda, estaba entregando el salón donde se realizó la fiesta de su hijo. En ese momento sonó su celular. Un amigo de la familia le dijo: 

“Tu papá está herido en las canchas de futbol”.
“A lo lejos vi a mi papá; tenía sangre en su playera. Su amigo lo tenía recargado", señalan los familiares | Dany Béjar

César recuerda que colgó de inmediato, se subió a su camioneta y se dirigió a los campos de juego, a unos cinco minutos de distancia. Al llegar, dice, había caos por todos lados, gente desesperada corriendo.

“A lo lejos vi a mi papá; tenía sangre en su playera. Su amigo lo tenía recargado. Lo único que hice fue agarrarlo, subirlo a la camioneta y llevármelo al Seguro”, dice, mientras su mirada se pierde entre las palabras y el recuerdo.

Sin poder precisar el tiempo, solo recuerda que entregó a su padre al personal del IMSS, quienes minutos después le notificaron que “no tenía signos vitales”.

IMSS confirma el fallecimiento

El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) confirmó que, tras los hechos ocurridos en la comunidad de Loma de Flores, pasadas las 18:40 horas del domingo, en la clínica número 3 de Salamanca se recibió a dos personas: un paciente pediátrico de 11 años y “una persona adulta que ingresó sin signos vitales”.

Se trataba de Alejandro Prieto Páramo.

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La inseguridad los obligó a vivir con miedo

El clima de violencia en Salamanca ya había sembrado temor en la familia de Alejandro Prieto Páramo, de 53 años, mucho antes de que ocurriera la masacre. Vivían en la colonia San Roque, una zona donde, según relatan, los hechos delictivos se habían vuelto parte de la vida cotidiana.

“La señora —su esposa— le decía que no fuera al futbol, que mejor se quedara en la casa, porque había habido balazos un día antes. Pero él siempre decía: ‘No pasa nada, no pasa nada’”, contó su nuera, Claudia Ortega, con la voz contenida.
Familiares y amigos recuerdan a Alejandro como un hombre de trabajo que solo había salido a ver futbol | Dany Béjar

Esa confianza contrasta hoy con la realidad que enfrentan.

“Nosotros le decíamos: ‘Papá, ya no es lo mismo, ya está peor’, pero él contestaba: ‘No pasa nada, yo no le debo nada a nadie, no tengo problemas con nadie’”, recuerda su hija Brenda Mariana. Para la familia, esa frase hoy duele profundamente.

Claudia Ortega recuerda que intentó detener a don Alejandro ese domingo para que no fuera a las canchas.

“Se fue como a las doce del día, me dijo: ‘Ahorita regreso’, y ya no volvió”, narró con la voz quebrada.
“Él estaba en el lugar y en el momento equivocado. No andaba en nada malo, no se metía con nadie, era una persona de trabajo (…) No es justo que por la inseguridad que se vive en Salamanca la gente ya no pueda ni ir a ver un partido ni convivir, porque en cualquier momento pueden llegar y quitarte la vida”.

Más de 20 años como tránsito; renunció por la inseguridad

Alejandro Prieto Páramo fue una de las 11 víctimas que dejó el ataque en campos de futbol del municipio de Salamanca, ocurrido la tarde del domingo.

Durante más de dos décadas portó el uniforme de Tránsito Municipal. Ingresó en 1995 y permaneció en el servicio público hasta 2016.

Fue su familia quien le pidió que se retirara, ante el clima de violencia que comenzaba a rodear a los cuerpos de seguridad y porque los propios agentes de Tránsito empezaron a ser atacados por la delincuencia organizada.

“Le dijimos que ya no queríamos verlo en riesgo, que lo queríamos con vida”, dice su hija, sin poder controlar el llanto.

Alejandro escuchó a los suyos y tomó una de las decisiones más difíciles: dejar el trabajo que había marcado gran parte de su vida.

“Él se dio de baja porque empezaron los problemas fuertes con los tránsitos, porque ya no era seguro, porque empezaron las amenazas. Mi papá siempre decía que lo hacía por nosotros, por sus hijos y por sus nietos”.

Como una ironía del destino, hoy esa decisión pesa como una losa sobre la familia. Alejandro se alejó del uniforme, de las patrullas y de las calles para protegerse, pero la violencia lo alcanzó como civil, cuando solo había salido a ver un partido de futbol.

“Mi papá no andaba en nada malo, ya no estaba en el gobierno, no le debía nada a nadie. Solo fue a pasar un rato tranquilo”, dice César mientras velan su cuerpo, rodeado de flores.
Y agrega, con enojo: “Dejó un trabajo peligroso para seguir con vida… y lo perdimos cuando fue a hacer lo que más le gustaba: ver futbol”.

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Alejandro, el aficionado que encontraba en el futbol su refugio

Para Alejandro Prieto Páramo, el futbol no era solo un pasatiempo: era una pasión que lo acompañó toda la vida y que se convirtió en su espacio de escape, convivencia y alegría.

Cada domingo que tenía oportunidad buscaba un campo para sentarse a ver un partido, saludar amigos y sentirse parte de algo que siempre le dio paz.

Era aficionado a los Pumas, equipo al que seguía con emoción y orgullo. Como todo hincha, celebraba cuando ganaban y se molestaba cuando perdían.

Alejandro acudía cada domingo a ver futbol; este fue su primer partido del año y el último de su vida. | Dany Béjar

Por eso, cuando el domingo salió de casa para ver el partido entre Marañón y Biodent Dental Care, que se disputaba en el lugar conocido como Campos Las Cabañas, a nadie le pareció extraño.

“Me dijo: ‘Ahorita vengo’, como tantas otras veces que se iba al campo. Nunca pensamos que esa sería la última vez que lo veríamos salir”, dice su hija Brenda Mariana.

Para la familia resulta especialmente doloroso que la tragedia lo haya alcanzado justo en el lugar donde él buscaba tranquilidad.

“Él iba a distraerse, a pasarla bien, a ver el futbol que tanto le gustaba. No iba a hacer nada malo, no iba a problemas, iba a disfrutar. Siempre decía que el futbol lo relajaba, que ahí se olvidaba de todo; el futbol era su amor y todos los que iban a jugar eran sus amigos”, comenta su hijo César.

Leticia Páramo, de 56 años, hermana mayor de don Alejandro, recuerda que él acudió al campo para ver el primer partido del año.

“Era su primer domingo que salía y lo hizo con la misma confianza de siempre”.

El hombre de familia que hoy solo vive en los recuerdos

Para su familia, el dolor no solo es por la forma en que murió, sino por todo lo que representaba en vida. Más allá de haber sido tránsito, migrante y aficionado al futbol, era, sobre todo, un hombre profundamente entregado a los suyos.

“Mi papá fue un gran ser humano, un gran padre. Para nosotros fue más que un papá, fue un amigo. Con él sabíamos que siempre podíamos contar”, expresó su hija Brenda Mariana Prieto entre lágrimas.

Alejandro tenía dos hijos y cuatro nietos, a quienes adoraba. En las últimas semanas, desde el 11 de diciembre, había retomado la convivencia diaria con ellos.

La última celebración familiar quedó marcada para siempre en la memoria. El sábado 24 de enero, un día antes de la masacre, Alejandro estuvo presente en el cumpleaños número tres de su nieto.

“Estuvo muy alegre, como nunca. Cantó, bailó, convivió con todos. Hay un video donde sale cantando ‘Carta Abierta’, su canción favorita. Era la fiesta, era el que animaba a todos”, recuerda su hermana Leticia.

Hoy dice que esa reunión fue, sin saberlo, una despedida.

“Todavía nos dio consejos, todavía estuvo jugando con sus nietos. Para nosotros eso es lo más doloroso: que un día antes estaba lleno de vida”.

Alejandro solía despedirse con una frase sencilla. Ese domingo no fue la excepción.

“Me dijo: ‘Ahorita vengo’. Siempre decía eso cuando salía. Y yo todavía lo estoy esperando. Para mí, él no se fue, él va a regresar”, dice su hija Brenda.
Y concluye: “No merecía irse así. Solo queremos que se haga justicia y que su historia no se quede en el olvido”.

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