La fragilidad del equipo de ayudantía que cuida al presidente Andrés Manuel López Obrador quedó una vez más al descubierto.
En una de las zonas más conflictivas. En uno de los focos rojos en el robo de combustible. A un joven le tomó solo unos segundos burlar la seguridad y dejar a todos perplejos… incluido al Presidente.
De pantalón de mezclilla, playera negra y cabello largo, Eduardo Astudillo González, de 19 años, esperaba impaciente el momento para su hazaña. Detrás de una valla metálica que colocaron al lado derecho del templete en el que estaba López Obrador, las autoridades locales y los primeros beneficiarios de los programas sociales en Puebla, armaba su plan.
Frente a él, vigilaban al menos cinco de los llamados siervos de la nación, jóvenes, hombres y mujeres encargados de levantar el censo para la entrega de estos apoyos y que ahora también colaboran en el resguardo de los actos al que asiste el titular del Ejecutivo.
De un momento a otro, la atención del público hacia el Presidente se vio interrumpida por un joven que brincó al templete, se detuvo al subir las escaleras, volteó al público y saludó sonriente.
Le tomó solo unos segundos brincar la valla de más de un metro de altura, empujar a los siervos de la nación, burlar a los integrantes de la ayudantía y lograr su objetivo.
Eduardo se tropezó y el coordinador de la seguridad del Presidente, Daniel Asaf, intentó desesperadamente detenerlo, pero fue en vano. El joven se zafó con facilidad y llegó al escenario. Volteó a ver al público y a las cámaras de los medios de comunicación como muestra de su triunfo.
López Obrador se quedó mudo.
“A ver ven”, le dijo al no tener más opción.
El joven se acercó, le habló al oído al Presidente y le entregó un par de hojas dobladas, arrugadas y sucias por la reciente travesía.
“Pero espérame, ¿no? A ver, espérame, sí, aquí ¿a ver, hay una silla para que se siente aquí”, pidió López Obrador mientras el joven se incorporaba al resto de los invitados en el presídium.
A ratos, Eduardo se sobaba la pierna que al parecer se lastimó al caer tras cruzar la valla, al término del acto se quedó sentado mientras el resto de los asistentes cantaba el Himno Nacional de pie.
Asaf solo lanzó miradas a quienes integraban la seguridad. Al final de cuentas no es la primera vez que les pasa. En la gira del pasado martes, dos taxistas burlaron las vallas y colocaron una enorme pancarta en el pasillo por el que López Obrador había entrado al acto minutos antes. La ayudantía no hizo nada, fue el personal del gobernador Alfredo del Mazo el que intervino y terminó en un enfrentamiento con los manifestantes.
López Obrador accedió a mejorar su seguridad esta semana y dejó el tradicional Jetta blanco por una camioneta Suburban de muy reciente modelo, de las que usaba el extinto Estado Mayor Presidencial.
“Es más resistente”, dijo el pasado miércoles al confirmar que será ésta su vehículo oficial en sus giras.
Al finalizar el evento, sus simpatizantes pudieron acercarse a él como de costumbre, como desde hace años.
Lo saludaron desde su camioneta, le jalaron la mano, le aventaron papeles con peticiones y le mandaron besos… él sonreía feliz, sin preocuparse por su seguridad, por algún tipo de peligro, bajo la convicción de que el pueblo es bueno, de que la gente lo quiere, de que los ciudadanos lo cuidan.