M+.- La lluvia llevaba varios días cayendo sobre Hidalgo, pero la noche del jueves 9 de octubre de 2025 todo cambió. En las comunidades de la Huasteca y la Sierra, los ríos comenzaron a crecer, la tierra se desprendió de los cerros y los caminos empezaron a desaparecer bajo toneladas de lodo, piedras y escombros.
Para entonces, el suelo ya estaba saturado. Las precipitaciones acumuladas habían dejado poco margen para que el agua se filtrara y, cuando el aguacero se intensificó, las pendientes de las montañas se convirtieron en canales naturales.
En cuestión de horas comenzaron los derrumbes. Los caminos quedaron bloqueados, varias comunidades perdieron la comunicación terrestre y el agua avanzó sobre viviendas y terrenos, obligando a los habitantes de las zonas afectadas a buscar refugio.
Para la madrugada del viernes 10 de octubre, Hidalgo era un territorio fragmentado: comunidades aisladas, carreteras interrumpidas y familias que necesitaban ayuda mientras la lluvia continuaba.
La emergencia alcanzó 28 municipios y 236 comunidades. El recuento posterior registró 675 derrumbes y 158 deslaves, además de afectaciones en carreteras, puentes, sistemas de agua, viviendas y otras instalaciones.
La noche del 9 de octubre terminó, pero para Hidalgo la emergencia apenas comenzaba.
Casi un año después, MILENIO regresó a la zona cero.
Sin rendirse
El tiempo no ha borrado las huellas de la tragedia, pero tampoco consiguió detener la vida en Chapula y Tlacolula.
A casi un año de las lluvias de octubre de 2025, que provocaron pérdidas humanas, destruyeron viviendas y llevaron a las autoridades a declarar inhabitables ambas comunidades de Tianguistengo, sus pobladores continúan ahí: recuperan lo que pueden y esperan que las obras emprendidas les permitan vivir con mayor seguridad.
La recuperación ha sido lenta y desigual
En marzo de este año, MILENIO documentó las condiciones en que permanecían las comunidades. Seis meses después, el panorama muestra algunos cambios, aunque persisten grandes pendientes.
Algunas familias emigraron a otros puntos del estado. Otras decidieron quedarse porque encuentran en el campo alternativas de subsistencia que, aseguran, difícilmente tendrían en una ciudad.
“En la ciudad te dedicas a la construcción o algún otro oficio; aquí podemos sembrar, criar ganado, tener opciones para comer, allá no”, explica Juan Sánchez, uno de los cerca de 70 habitantes que mantienen a Chapula en pie.
Su testimonio resume una decisión que se repite entre quienes, pese al desastre, no quieren renunciar al lugar donde construyeron su vida.
De regreso en la zona cero, las viviendas destruidas siguen formando parte del paisaje, pero ahora también hay maquinaria que trabaja para retirar cientos de metros cúbicos de tierra, arena, grava, cascajo y árboles arrastrados por el río Tlacolula, afluente del río Garcés.
Todo ese material modificó la geografía de la comunidad y mantiene riesgos que los habitantes piden atender. Su retiro, sin embargo, representa también un paso necesario para avanzar en las obras de protección.
Un puente improvisado vuelve a conectar las dos partes de Chapula divididas por el afluente. Apenas tres días antes de la visita había sido reconstruido, luego de que otra lluvia arrastrara el paso utilizado por estudiantes de secundaria.
Para Zenón Cruz Sánchez, de 67 años y habitante de la comunidad desde que nació, ese esfuerzo representa también la capacidad de los pobladores para seguir adelante.
“Sí, antes de que esto hubiera pasado, el pueblo estaba bonito porque tenía amplitud. Por ejemplo, aquí donde está la máquina, ahí estaba la escuela y por ahí estaba otra casa. Se destruyó todo eso y entró el agua hasta allá abajo y se metió a las casas”, recuerda.
También reconoce la ayuda recibida durante los primeros trabajos de limpieza.
“Vinieron los federales, vinieron gente de afuera a ayudarnos para descombrar las casas, para sacar el lodo”.
Las máquinas trabajan de manera constante mientras los habitantes esperan que el retiro del material permita comenzar la construcción de barreras de protección.
Zenón explica que la intención es levantar bardas alrededor de los puntos más expuestos de la comunidad, una obra que los pobladores consideran indispensable para disminuir el riesgo ante futuras lluvias.
“Este material que están sacando, lo están sacando para allá abajo a la orilla del río, hasta allá, porque todo esto tiene que hacerse una limpieza para poder hacer las bardas”, señala.
Los trabajos, sin embargo, también generan dudas.
Algunos vecinos reclaman mayor información sobre el destino del material retirado y advierten que depositarlo en determinados puntos podría incrementar nuevamente el riesgo.
C. S., de 62 años, y su esposa, G. E., ambos originarios de Chapula y quienes piden a MILENIO reservar su identidad, consideran que el material no puede permanecer en medio de la comunidad ni alterar el cauce del río.
Aunque reconocen los trabajos realizados, cuestionan que no exista suficiente información sobre el destino de los residuos y advierten que un nuevo desprendimiento de tierra podría provocar una situación todavía más peligrosa.
“Ya lo que viene es con el cerro, nomás el cerro se desgaja cuando el agua trae fuerza, por eso no es viable que se quede ese material ahí”, coinciden.
Esperan respuestas sobre la reubicación
La reconstrucción también está marcada por una de las principales dudas de los pobladores: qué ocurrirá con las familias que perdieron sus viviendas.
Desde octubre, Protección Civil determinó que Chapula y Tlacolula eran comunidades inhabitables y se planteó la reubicación de sus habitantes, pero para quienes permanecen en la zona, el proceso no ha tenido la claridad ni los resultados que esperaban.
“Estuvo espantoso, tuvimos que salirnos porque hace un tiempo se refugiaron en una casita viejita que tenemos, porque ahí no se alcanzaba el río, pero pasó; sí, la casa se destruyó”, relata una de las habitantes.
Según su testimonio, inicialmente se les informó que habría terrenos y viviendas nuevas, pero hasta ahora esa expectativa no se ha concretado.
Zenón Cruz señala directamente al presidente municipal de Tianguistengo, Febronio Rodríguez Villegas, al reclamar una mayor participación de las autoridades locales en la atención de la comunidad.
Afirma que los vecinos incluso intentaron organizar un viaje a la Ciudad de México para solicitar apoyo directamente a la presidenta Claudia Sheinbaum, pero asegura que la salida no se concretó.
“Tuvimos una reunión aquí en la cancha, tuvimos una reunión de las delegadas, con los vecinos, de los que vivimos aquí, los que están en Zacualtipán, estuvimos todos reunidos”, recuerda.
Para los habitantes, la atención de sus necesidades debe mantenerse al margen de cualquier interés político.
“Esto no es política, es una necesidad del pueblo”.
El miedo persiste… y no sólo a las lluvias
Las comunidades han recuperado parte de su actividad cotidiana, pero la tranquilidad todavía no vuelve por completo.
Cuando las nubes cubren los cerros y la neblina comienza a descender, el recuerdo de octubre reaparece entre quienes vieron cómo el agua se llevó viviendas, caminos y vidas.
El temor es mayor entre quienes permanecen cerca del cauce. Al mismo tiempo, existe una decisión firme de no abandonar sus comunidades.
La combinación de riesgo, arraigo y necesidad explica por qué algunas familias prefieren permanecer mientras esperan obras que disminuyan la posibilidad de una nueva tragedia.
Pero no sólo existe miedo a las lluvias.
Algunos habitantes también expresaron temor a hablar públicamente sobre sus problemas.
La pareja de adultos mayores decidió reservar su identidad porque, según relata, durante una reunión con autoridades les quitaron celulares y credenciales y posteriormente impidieron que algunas personas tomaran la palabra.
“Nosotros no queríamos decir nada, ya hablamos, ya les dimos nuestros nombres; pero, luego, después llega la voz allá y no queremos que nos vayan a quemar, que digan que no servimos”, señalaron.
“No nos vamos”
Alejandrino López Cruz, uno de los dos delegados de Tlacolula, ofrece una visión distinta sobre el proceso de recuperación y reconoce los apoyos de los gobiernos federal y estatal.
“Porque realmente los recursos los ha invertido en los lugares más necesitados”, afirma.
Entre los avances menciona la ampliación del puente, la construcción de escuelas y la rehabilitación de la carretera de acceso y otras vías de comunicación.
El reconocimiento, sin embargo, convive con reclamos pendientes.
Uno surgió durante el censo para la reconstrucción de viviendas, pues asegura que algunas familias cuyas casas fueron arrastradas por el río no fueron incluidas inicialmente.
“En el barrio de arriba donde yo gobierno, se fueron, se llevó el río 60 viviendas, 60 casas; viene una maestra Laura de Sedatu, y según muy recta, muy honesta, muy transparente, pero a quien se le olvidó censar a algunas personas que se llevaron sus casas”, relata.
Ante esa situación, alrededor de 70 vecinos de Chapula y Tlacolula tuvieron que trasladarse con sus propios recursos hasta las oficinas de Sedatu en la Ciudad de México para solicitar que esas familias fueran incorporadas.
Las autoridades aceptaron la petición, aunque los pobladores todavía esperan que el proceso se concrete en la localidad.
La permanencia de las familias también está relacionada con el arraigo.
López Cruz reconoce que las autoridades les han pedido abandonar sus viviendas ante el riesgo de una nueva inundación, pero los pobladores se resisten a dejar el lugar donde nacieron y construyeron sus vidas.
“Sí, estamos conscientes de que nos pidieron salirnos, la gente se niega totalmente, la gente dice que aquí nació y aquí se va a quedar”, explica.
La decisión, reconoce, implica asumir un riesgo que cada familia valora de manera individual.
Los servicios públicos representan otro pendiente, particularmente el drenaje. Una parte continúa sin funcionar y existen puntos donde se desborda.
Los pobladores consideran necesario atender esta situación y mantener vigilancia médica en una zona que todavía enfrenta las consecuencias de la emergencia.
La principal petición de Tlacolula continúa siendo la construcción de una barrera de contención junto al río.
El delegado asegura que solicitaron la obra a la Conagua mediante un oficio, pero hasta ahora no han recibido respuesta del organismo.
Aun con esas demandas, López Cruz reconoce los recorridos realizados por autoridades estatales y mantiene la expectativa de que las obras pendientes puedan concretarse.
Sobre la atención política, también reclama que algunos acercamientos parecen responder más a los tiempos electorales que a las necesidades cotidianas de la población.
“Nomás te vienen a palmear y a saludar y a decirte que eres su hermano cuando les invitan el voto, pero cuando tú los necesitas, no”, cuestiona.
Lo cierto es que los habitantes mantienen su decisión de permanecer.
Confían en que se construya el muro de contención y, aun si la obra no llega en los tiempos esperados, aseguran que buscarán la manera de protegerse.
“Como dijo un borrachito, no corremos ni un paso. Nos vamos a ir a refugiar a la iglesia o las partes altas, pero no nos vamos, regresamos otra vez”.
Otras voces, las mismas quejas
Durante la segunda visita a ambas comunidades, los testimonios volvieron a mostrar una mezcla de dolor, enojo y esperanza.
Algunos habitantes todavía se conmueven al recordar lo ocurrido, las personas que murieron y las viviendas que desaparecieron, pero también hablan de las actividades que han conseguido recuperar.
Las denuncias contra autoridades municipales permanecen entre las principales inconformidades de los pobladores, quienes además aseguran haber recibido información contradictoria sobre la atención posterior a la emergencia.
Algunos prefirieron reservar su identidad por temor a posibles represalias.
“Él le dice a todo mundo que consiguió cosas para los damnificados y no es cierto. Los primeros en llegar fueron los soldados y pasaron días antes de que llegaran los del gobierno del estado”, afirma uno de los habitantes.
La educación también ha comenzado a recuperar su actividad, aunque con menos alumnos. Antes de la tragedia, la telesecundaria tenía 36 estudiantes inscritos en tres grupos. Actualmente permanecen 18, debido a que varias familias decidieron trasladarse después de las lluvias.
En las comunidades también hay personas trabajando en el río, cuidando ganado y realizando actividades agrícolas.
Son señales de una vida que, pese a la destrucción, intenta recuperar su ritmo y sostenerse con los recursos que todavía ofrece la tierra.
Ninguno de los habitantes que permanece está dispuesto a abandonar sus propiedades. Ahí siguen sus historias, sus recuerdos, sus familias y sus bienes.
La reconstrucción todavía tiene pendientes y las denuncias de los pobladores continúan vigentes, pero también permanece una decisión que atraviesa los testimonios de Chapula y Tlacolula casi un año después de la tragedia: no irse del lugar que consideran su hogar.