Cuando Margarita Zavala decidió buscar la candidatura presidencial del Partido Acción Nacional (PAN) rumbo a la elección de 2018, descubrió que el mayor obstáculo no era ganar una elección, sino conseguir que la dejaran competir.
La respuesta que recibió fue breve y contundente: “No, te toca atrás y punto… como la buena dama que eres”.
Ese año, recuerda, ninguno de los nueve partidos políticos permitió que una mujer disputara la candidatura presidencial. Lo escuchó incluso de personas cercanas, cuyos nombres prefiere no revelar. “Las quiero mucho”, dice.
Los obstáculos de Margarita Zavala
Antes de convertirse en la primera mujer candidata presidencial independiente en la historia de México, Margarita Zavala intentó dirigir el PAN. Tampoco pudo. Ese espacio ya estaba ocupado por Ricardo Anaya. Entonces decidió apuntar mucho más alto, a la Presidencia de la República.
“Si eres de las personas que puede decir que quiere ser presidenta de México y no se cae de risa todo el país, debes pensártelo seriamente. A lo mejor ese es el camino, independientemente del resultado”, dice en el podcast Pioneras de MILENIO, conducido por las periodistas Claudia Solera, Janet Mérida y Cinthya Sánchez.
En medio de aquella frustración compartió una pregunta con Fausto Barajas Cummings, quien poco después se convertiría en su coordinador de campaña: ”¿Por qué es tan fácil pasar sobre las mujeres?”.
La respuesta fue inmediata: “Porque se puede”.
Aquella frase terminó convirtiéndose en una explicación brutal de cómo funcionaba la política mexicana. Y también en un desafío. Si los partidos no abrieran la puerta, ella intentaría abrir otra. Así nació su candidatura independiente.
El millón de firmas… y una competencia imposible
Reunió más de un millón de firmas ciudadanas. Parecía una hazaña democrática. Lo que aún no alcanzaba a dimensionar era la enorme desigualdad con la que tendría que competir.
“Si hubiera sabido la diferencia tan grande entre una candidatura independiente y una de partido, no sé si me hubiera animado”, reconoce.
La desventaja era prácticamente invisible para la mayoría de los ciudadanos, pero para ella, abismal.
Mientras Andrés Manuel López Obrador aparecía en televisión con alrededor de 227 anuncios diarios; Ricardo Anaya con 230; y José Antonio Meade con cerca de 220, ella apenas alcanzaba una fracción.
“Yo tenía 0.26 anuncios al día. Le preguntaba a la gente: ‘¿Han visto un anuncio mío?’ Y me respondían: ‘No’. Yo les decía: ‘Pues yo tampoco’, porque no había manera de verlo. No existían”.
No competía únicamente contra otros candidatos. Competía contra un sistema diseñado para que una candidatura independiente casi no existiera. Un mes y medio antes de la elección tomó una de las decisiones más difíciles de su vida política. Renunció.
“Retiro la candidatura de la contienda por un principio de congruencia y de honestidad política”, escribió en sus redes sociales. Fue el reconocimiento de una competencia profundamente desigual.
“No soy la esposa de…” La sombra de Calderón
Durante años cargó con una etiqueta que nunca aceptó por completo: la de ser únicamente “la esposa del presidente (Felipe) Calderón”. Por eso hubo un gesto que siempre defendió. Nunca dejó de llamarse Margarita Zavala.
Cuando conoció a Hillary Clinton y a Michelle Obama, ambas le hicieron exactamente la misma pregunta: ”¿Cómo le hiciste para conservar tu apellido?”.
Ella sonríe al recordarlo. “Desde que me casé dije: ‘Zavala está bien’”.
Un detalle aparentemente pequeño que terminó convirtiéndose en una declaración de identidad.
Antes de Los Pinos aprendió que la política era servir
Mucho antes de vivir en Los Pinos o aspirar a la Presidencia, Margarita Zavala había aprendido otra definición de la política. Era servicio. Fue la quinta de siete hermanos en una familia de clase media. Creció viajando en camiones y peceros para ir a la escuela, compartiendo todo y viendo el esfuerzo cotidiano de sus padres para sacar adelante a siete hijos.
“En mi casa servir a México era como respirar”, afirma.
Su padre, abogado, despertó en ella el amor por la palabra. Después de ganar un concurso de oratoria, la llevó a la biblioteca familiar y le leyó un pasaje del Evangelio de San Juan: “La palabra se hizo carne”.
Desde entonces, dice, comprendió que las palabras tienen la capacidad de transformar la realidad. Su madre también marcó profundamente su vida. Era abogada cuando todavía eran muy pocas las mujeres que ejercían la profesión y salía sola al Zócalo cuando consideraba que una causa era justa. “Para mí fue un ejemplo de valentía”.
De ella heredó otra de sus señas de identidad: los rebozos. Esa prenda no comenzó a vestirla ni en Los Pinos ni mucho menos por moda. Los usaba mucho antes.
Incluso, ya como primera dama, debía pedirle a su equipo que los incluyera en la maleta. “A veces me hacían la maleta sin rebozos… y yo me los llevaba”.
La política también discrimina
Hay formas de discriminación que, dice, solo se comprenden con el paso de los años. Recuerda un mitin cuando era diputada federal. Llevaba en brazos a Juan, su primer hijo, de apenas un año, y ella se sentía la más orgullosa presumiéndolo con cabellito rizado.
Un compañero legislador se acercó y le dijo: “A esa edad necesitan mucho a su mamá” y ella respondió: “Por eso está aquí, conmigo. Y también lo cuida su papá (Felipe Calderón)”.
Entonces llegó la pregunta que tantas mujeres conocen: "¿Y quién lo cuida?", demeritando su propio cuidado como mamá trabajadora. Nunca escuchó que esa misma pregunta se la hicieran a un hombre.
Aquella experiencia reforzó una convicción que ya comenzaba a construir. En 1995 representó al PAN en la histórica Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing, donde comenzaron a impulsarse las cuotas de género. Ahí entendió que la igualdad no llegaría sola.
“Si esperas que ocurra de manera natural, llegará… pero en 2080”. Por eso impulsó la creación del Instituto Nacional de las Mujeres y defendió durante años las acciones afirmativas para aumentar la representación política femenina. Fue una de las mujeres que ayudó a consolidar las instituciones dedicadas a garantizar los derechos de las mexicanas.
Aquí puedes escuchar el podcast con Margarita Zavala
La profesora que nunca abandonó el aula
Aunque fue primera dama, diputada y candidata presidencial, hay un espacio que jamás quiso dejar. El salón de clases. Ha enseñado desde preparatoria hasta la Escuela Libre de Derecho.
“Siempre preparo mis clases lo mejor posible. Creo que es lo que más me gusta hacer”. Está convencida de que México también se transforma desde un aula. Escuchando. Debatiendo. Formando nuevas generaciones. Y todavía hay un momento que logra emocionarla mucho. Cuando un antiguo alumno se acerca y le dice: “Yo estudié Derecho por usted”.
Entonces sonríe. Porque, después de tantos años en la política y hoy como diputada federal, quizá sea una de las victorias que más celebra y es inspirar a las generaciones más jóvenes para creer y luchar por un país de leyes, de instituciones y democrático.
RM