• Mi ‘crush’ político: la belleza se instaló en la política y nadie quiere admitirlo

No sólo es estrategia: hay un electorado que mira y decide con el ojo. De modo que la apariencia se vuelve capital político provocando debates, hilos y ‘reels’ en la aldea digital.

Ciudad de México /

DOMINGA.– México es un país que se precia de su humor y sobre todo de utilizarlo para reírse de –y casi nunca con– los políticos que lo gobiernan. Sin embargo, lo que pasa con el secretario de Seguridad es algo nuevo: un hombre de poder que despierta el deseo entre el electorado y su imagen se vuelve viral.

El impacto no se queda en el imaginario ni en los corazones de quienes miran a Omar García Harfuch con sed carnal, sino que adopta las formas de las chácharas que un tianguis habilita: toallas, cobijas, muñecos y demás artículos del hogar que muestran al sonriente secretario, intervenido con IA, luciendo su pecho desnudo y un six pack tan depilado como los galanes de televisión.

Según comerciantes, la venta de cobijas con la imagen de García Harfuch aumentaron tras la captura de "El Mencho" | CAMILA AYALA BENABIB / CUARTOSCURO.COM


Tras el operativo en el que el gobierno mexicano abatió a Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, la prensa internacional puso los ojos sobre el gobierno de Claudia Sheinbaum y la persona detrás del combate a los cárteles en el país. Ese escrutinio se encontró con toda la parafernalia de Harfuch y el periodismo extranjero se llenó la vista de novedad hasta declarar que el secretario era el new Mexican daddy, según publicó Reuters o el “nuevo fenómeno pop”, como lo bautizó la cadena de televisión española Antena 3 Noticias en un video de TikTok.

Ahora bien, hay que decir que la novedad de unos es la nota revolcada de otros. En México el “babeo” por Harfuch tiene tiempo, incluso cuando fue Secretario de Seguridad de la Ciudad de México se ganó el mote del Batman chilango y hasta hubo puestos de fayuca que vendían su figura de acción. Recuerdo que el año pasado, por el 10 de mayo, una de mis vecinas repartió unas canastas con buñuelos y una cobija que lo mostraba –ahora sí vestido– abrazando a su perro negro. “México mágico”, dirán algunos, pero la cobija se volvió un tesoro de mi casa porque el kitsch político aparece en la comunicación política con menos frecuencia.

Además, sería equivocado decir que Harfuch es el primer y único político que levanta pasiones. Los hay de norte a sur, en realidad.

Samuel García, gobernador de Nuevo León, también arrebata suspiros y ha provocado que otros políticos en su estado opten por ir muchas horas diarias al gimnasio para que se noten sus brazos torneados en cuanto se arremangan la camisa, como es el caso del priista Adrián de la Garza o el panista Patricio Lozano. El regidor de Los Mochis, Héctor Álvarez, agarra la función pública como clase de crossfit y hasta se lució tapando él mismo los baches de la ciudad. “El mejor ejercicio es el de participar” es un eslogan que no usó pero que me hubiera encantado leer.

Muchos políticos han intentado imitar la imagen de Samuel García yendo al gimnasio o adoptando la vida "fitness" | Jesús Quintanar/ Milenio Diario


En el sur del país, Esteban Hinojosa, titular de Bienestar y Desarrollo Social de Campeche, se ganó el mote de sexysecreatrio y en los días de Semana Santa hizo honor a su apodo dando entrevistas sin camisa y en la playa.

Pero esta forma de hacer política no es un fenómeno que habite sólo en la mal llamada provincia. En la Ciudad de México vimos un mar de fotos de Miguel Torruco Garza vistiendo jeans ajustados durante la campaña para gobernar la alcaldía Miguel Hidalgo en 2024; también está el caso de Sandra Cuevas y Alessandra Rojo de la Vega en la Cuauhtémoc, que aprovechan la belleza como una herramienta de acceso a la conversación pública y de adquisición de followers y likes.

Miguel Torruco Garza en campaña política para la alcaldía Miguel Hidalgo | Octavio Hoyos/Grupo Milenio.


Lo que nos dice esto es que la belleza es una variable que entró a la discusión pública. Seguramente alguien piense que es banal permitirlo, pero me atrevo a decir que separar la imagen de la política es imposible cuando todos los votantes de este país tenemos en la palma de la mano un espejo, una cámara y un álbum de fotos ajenas.

En este contexto, las redes sociales no perdonan. No importa si las figuras públicas quieren o no resaltar sus atributos físicos: la belleza de la regiomontana Mariana Rodríguez Cantú o de la chilanga Luisa María Alcalde provocan conversaciones y generan videos para mantenerlas presentes en la aldea digital. En la nueva democracia, casi todos tenemos un crush político.

La pregunta relevante es qué hacer ante el nuevo protagonismo que tiene la imagen en la arena política. Entender si basta ser guapo para ganar una elección. Preguntarnos, como ciudadanía, hasta qué punto ciertos cuerpos nos hacen aceptar o tolerar a ciertos personajes. Finalmente, habrá que reflexionar si cuando miramos a ciertos políticos en realidad nuestro deseo es el de parecernos un poco a ellos.

Alessandra Rojo de la Vega y Sandra Cuevas | Ariel Ojeda / Milenio Diario

Quien no enseña no vende

Hay un dicho en publicidad que ha trascendido el paso del tiempo en forma de dogma: el sexo vende. Sin embargo, cuesta creer que detrás de las cobijas, las fotos y los músculos esté solamente la estrategia de convencer al electorado de que si viera al político en Tinder le daría a la derecha para hacer un match.

No es que el sexo venda. Es el deseo. En publicidad se trata de hacer los productos atractivos, que aspiremos a tenerlos”, me dice la publicista y escritora Ana María Olabuenaga. A veces el deseo viene en forma de papel de baño en oferta en Amazon, otras en forma de helado de fresa y en ocasiones como político sin playera o alcaldesa de escote pronunciado.

Ahora bien, este auge de los políticos sexys, ¿quiere decir que estamos en un momento inédito del deseo? Olabuenaga me responde que en publicidad sólo cambia el celofán porque, sea que vayamos a elegir un candidato o un auto nuevo, “queremos siempre las mismas cosas: ser importantes, ser queridos, un buen futuro para nuestros hijos, etc. Los grandes deseos permanecen, pero lo que cambia es cómo mostramos a esos objetos de deseo”, explica Olabuenaga y señala que por ello los discursos políticos se parecen entre los distintos partidos y es más bien la apariencia de los candidatos donde se buscan diferenciadores.

También agrega que hay en la publicidad actual una desesperación por captar la atención que raya en lo abrumador. Me pone de ejemplo los comerciales del Superbowl en los que convergen todos los trucos de agencia al mismo tiempo y en todas partes: la música dramática, los animalitos tiernos, la historia emocional, la presencia de tres o cuatro celebridades.

“Todos estos son esfuerzos por quedarse pegados a la cabeza de la gente porque el gran problema que enfrenta la publicidad es el scrolleo. Los pocos segundos de atención que estamos dispuestos a dar”, agrega Olabuenaga.
En campañas, los partidos políticos suelen conservar el discurso pero cambian al personaje que lo pronuncia | Octavio Hoyos/Grupo Milenio.


De acuerdo con los estudios elaborados por la doctora Gloria Mark –y que forman parte del libro Attention Span: A Groundbreaking Way to Restore Balance, Happiness, and Productivity– nuestra capacidad de enfocarnos en algo sin distraernos se ha reducido dramáticamente en las últimas dos décadas, pasando de los dos minutos y medio en 2004, a 75 segundos en 2012 y 47 segundos en 2020.

Mark es cuidadosa en señalar que estos son promedios y se ven afectados por la actividad realizada y el entorno de la misma. Sin embargo es consistente en decir que, en efecto, cada vez nos cuesta más prestar atención y ello tiene consecuencias en cómo se construyen los productos que quieren que los miremos.

Hace un año, por ejemplo, se filtró una política interna de Netflix en la que solicitaban que los guiones repitieran una y otra vez el plot de la película porque el espectador ya está haciendo otra cosa a la vez en su celular. En el caso de la política, el juego con la imagen busca lo mismo: hacer que en medio de ese scroll infinito alguien se detenga a mirar a un candidato y eso no se logra sólo con poca ropa.

“Si te excedes en el uso de ciertos elementos de promoción, la gente nota que es exagerado a propósito y lo rechaza. A Sandra Cuevas un poco le pasó eso y la gente lo que busca es autenticidad en la emoción que está sintiendo, aunque sea breve, pero auténtica”, concluye Olabuenaga.

En ese sentido los casos de García Harfuch y Rojo de la Vega funcionan porque se construye en torno a ellos una contradicción que provoca curiosidad. En el primero, tenemos el arquetipo batmanesco, fornido y protector, pero al mismo tiempo una suerte de timidez y modestia. En la segunda, se hace evidente su apariencia principesca con su elección de accesorios y maquillaje –incluso subiendo fotos en bikini–, pero al mismo tiempo se pone las botas y la gorra de policía y asiste a operativos donde se muestra combativa y hasta para algunos, valiente. En el fondo, el que no se ciñan por completo a la caricatura es lo que atrapa la atención.

Sin embargo, tampoco es suficiente con crear una narrativa que jale la vista para hacer una venta y en ello insiste Olabuenaga: “el producto tiene que funcionar. No somos pura carne y tiene que haber una actuación correcta para que se mantenga el atractivo”. Nadie compra las ollas mágicas dos veces si la primera vez fueron una basura y nadie cree en un político que no cumple lo que promete.

El deseo tiene una limitante inamovible: queremos lo que nunca hemos tenido o lo que sabemos que nos hizo feliz en el pasado.

Omar García Harfuch refleja una timidez y modestia que no van acorde a la imagen "fortachona" que conquistó varios corazones | Ariana Pérez/Milenio

Caras vemos, filtros no sabemos

Sería mentir el decir que sólo los políticos guapos o jóvenes ganan las elecciones. En la clase gobernante hay hombres y mujeres con distintos aspectos, edades y complexiones. “Es importante no confundir visibilidad con viabilidad. Si tu basas una campaña sólo en la imagen, sin una narrativa y sin características de liderazgo todo se cae. El reto es alcanzar la credibilidad”, dice Juan José Echeverría, quien tiene 14 años trabajando en campañas políticas, principalmente del PRI y cuya primera experiencia en este ámbito fue la elección presidencial de Enrique Peña Nieto.

Peña Nieto es quizás un ejemplo de libro de cómo la imagen no es suficiente, incluso cuando viene acompañado de un relato como el de Saving Mexico que le ganó una portada en la revista Time gracias a las reformas del Pacto por México, o cuando se construye un cuento de hadas que incluye estar casado con una famosa actriz de telenovelas como Angélica Rivera, La Gaviota. Tras el caso de Ayotzinapa el gobierno de Peña nunca pudo reconstruir el relato transformador porque había perdido toda credibilidad al concluir su gobierno vinculado a un crimen que revivía todos los fantasmas del PRI más autoritario.

“Por eso es fundamental construir un personaje que no se aleje de quién es el candidato. En tres meses que dura una campaña un simple desliz puede destruir en segundos la construcción de imagen”, repite Echeverría e insiste en que el reto es ver qué características físicas tiene el candidato que puedan ser trasladadas, gracias a la cultura del electorado, a cualidades atractivas para los votantes. Ejemplos de cómo esa consistencia juega en contra hay por montones, después de todo la primera mentira que dicen muchos candidatos está en las fotos de sus espectaculares, cuando el uso de filtros es tal que los políticos se vuelven irreconocibles cuando los ves en la calle.

Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera contrajeron matrimonio en 2010 | Nelly Salas/Milenio


En suma, hay que señalar que en el caso de las mujeres en la política el cuerpo es un asunto que genera mucho mayor escrutinio por parte de los medios y los votantes. “En las mujeres candidatas, el cuerpo juega en dos vías. La positiva es que te refuerza credibilidad, cercanía y profesionalismo si la gente hace match con la imagen y lo que proyecta. También juega en contra, cuando esa imagen es percibida como frívola o lejana”, agrega Echeverría.

Un buen ejemplo de lo que señala Echeverría es Rosario Robles. Después de dejar el PRD y buscar relanzar su carrera política como Secretaria de Desarrollo Social de Enrique Peña Nieto, acompañó esta nueva etapa de su vida con un cambio radical de aspecto. Dejó atrás su prominente fleco y anteojos gruesos, para dar lugar a un aspecto más “nuevo PRI” con un corte asimétrico, lentes de contacto y ropa de diseñador, preferentemente roja. El cambio sirvió para marcar un parteaguas en su trayectoria, pero no para ganar confianza en el electorado. Aunque hay que admitir que en esto último tuvo mucho más peso el desvío de miles de millones de pesos de recursos públicos en la Estafa Maestra.

Incluso en la actualidad el aspecto de las mujeres en la política sigue siendo materia de obsesión social. Hace unos días se hicieron virales imágenes hechas con IA donde se especulaba “cómo se verían” algunas mujeres políticas si fueran parte de uno u otro partido. Las panistas eran rubias, las priísitas lucían el cabello teñido de rojo y ropa Gucci, en las del Partido de Trabajo y Morena llevaban el cabello negro y su tez más morena. ¿Hay un tufo raciclasista en ello? Sí, pero también una expresión de cómo se asocia la imagen con los valores –y vicios– de cada partido.


Ahora que el aspecto de los candidatos puede ser un meme, ¿por qué insisten los políticos en seguir el arquetipo? Por qué peinarse de x o y forma, comprar ropa de diseñador, hacer de la ropa con bordados de los pueblos originarios una suerte de token de inclusión o insistir en el uso desmesurado de cirugía estética.

Para Echeverría hay dos motivos. El primero tiene que ver con seguir a los candidatos que han ganado las elecciones. Incluso recuerda que después de 2012 se hablaba de una fórmula Peña Nieto en la que los candidatos usaban el pelo engominado y buscaban relacionarse con mujeres de la farándula para repetir el arquetipo.

“Por otro lado, influye mucho el tema del ego de cada candidato”, dice Juan José Echeverría y ese espacio para la agencia personal no es anecdótico. Usualmente pensamos, sobre todo a raíz de la elección de 2012, en que existe una maquinaria dispuesta a “vender” unos candidatos sobre otros, pero en tiempos donde prácticamente todas las personas con acceso a redes sociales se comparan constantemente con otros cuerpos y otros rostros, ¿por qué descartar que estos políticos sean también víctimas de nuestro tiempo?

En la política, el cuerpo de las mujeres es un asunto que genera mucho mayor escrutinio | Araceli López/ Milenio Diario

¿Este cuerpo no es mío?

Hace unos años tuve la oportunidad de hacer un perfil a Tere García Madero, una mujer que pertenece a esa primera generación de políticas que buscaron contender por puestos de poder en Nuevo León desde los años ochenta, que se publicó en la revista Contextual. En mi búsqueda por entender el contexto al que se enfrentaban estas mujeres, me topé con un artículo de 1997 en la prensa local titulado “Cuando el matrimonio se divorcia de la política”.

El reportaje mostraba varias candidatas que estaban divorciadas y perfilaba la política como una de las causas del fracaso de su matrimonio. Por otro lado, tomaba unos cuantos perfiles de mujeres casadas en la política –como García Madero– e insistía en lo complicado de tener tiempo para limpiar su casa, cuidar a los niños, hacer comida y estar en campaña al mismo tiempo. Ese análisis de costos personales y familiares jamás era aplicado a los hombres que buscaban puestos de poder.

“Yo creo que todavía existe esa exigencia en las mujeres. Ahorita ya le ponemos nombre –violencia política de género–, pero sigue sin trasladarse ese mismo mandato a los hombres”, dice Paulina Millán, investigadora del Tecnológico de Monterrey, especializada en estudios de género.

Respecto a la nueva generación de mujeres en la política dice que se quedaron “un poco atoradas” en el fenómeno de la Girl Boss. Son mujeres que “empoderadas” por la lucha feminista buscan demostrar que pueden hacer todo lo que su rol de género mandata y todo aquello que “se dice” es función exclusiva de los hombres. Sin embargo, la crítica que se hace a esa postura –“si yo puedo, todas pueden”– es que se ignora los privilegios que vienen desde la clase social y el color de piel, por ejemplo.

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Ahora bien, hay una palabra que Millán repite y forma parte ya del argot del internet y es lo “hegemónico”, particularmente para describir ciertos cuerpos. ¿Cómo es el cuerpo hegemónico que se viraliza? Cuerpos atléticos, delgados, principalmente blancos, de preferencia rubios y rostros que se asemejan a los que vemos en el cine y las series de streaming.

“La novedad que veo es que ahora también hay una exigencia estética para los hombres y más si son una figura pública”, dice Millán y añade que para ella el fenómeno de los políticos hombres que buscan proyectar ese cuerpo hegemónico pasa más por un aspecto generacional que de si son de izquierda o derecha. Es decir, los políticos más jóvenes, que han pasado más tiempo en redes sociales, buscan verse más de esa manera que los políticos más viejos que hicieron su carrera en un contexto donde usar una camisa rosa podía vulnerar su proyección de masculinidad.

“Políticos como Trump o Milei frente a la exigencia estética de la masculinidad optan por demostrar con sus acciones y dichos el poder que su físico no tiene”, concluye Millán. Paradójicamente, muchos de los seguidores de movimientos políticos de la Alt-right –una vertiente de la derecha que promueve valores conservadores rígidos, se gesta principalmente en redes sociales y reniega de los derechos humanos– tampoco logran encajar en el mandato del cuerpo hegemónico. 

De ahí que, por ejemplo, se haya encontrado conexiones entre los grupos incel y movimientos como MAGA o el auge libertario en América Latina.

“Estos jóvenes sufren de las inseguridades que les causa el patriarcado en un contexto sumamente visual, pero culpan de ello al feminismo y la agenda woke y se cobijan en esa derecha que promueve el regreso de roles de género rígidos”, dice Millán haciendo énfasis en que es una paradoja porque esa actitud, lejos de ayudarlos, los lleva a formar parte de fenómenos donde su vulnerabilidad es usada para manipularlos y pone como ejemplo la tendencia del looksmaxxing.

En los últimos años ha habido una exigencia estética, y mucho más notoria, para los hombres en la política | Especial


El looksmaxxing es una tendencia que surgió de foros incel
donde los jóvenes buscan resaltar ciertas características de un cuerpo hegemónico como músculos grandes o tener una quijada definida porque están convencidos que la sociedad sólo te va a juzgar por cómo te ves y el aspecto es fundamental para el éxito. Al punto de que influencers, como Clavicular, viralizan “técnicas” como la de golpearse la quijada con un martillo para que se haga más grande.

Se crea así un círculo vicioso y lleva a los personajes públicos y las celebridades a invertir dinero en verse de esa manera, y desde esas posiciones de fama y poder se empiezan a ver sólo cierto tipo de cuerpos que refuerza la inseguridad y vulnerabilidad de quien no puede seguir ese mandato estético. Pero se puede romper ese ciclo nocivo.

Durante los noventa e inicios de los dosmiles hubo una alerta por el aumento de trastornos alimenticios en las mujeres que era detonado por la promoción de la delgadez extrema, bajo la etiqueta de heroin chic en actrices, cantantes y modelos. “Después de esa época de exigencias imposibles en el cuerpo de las mujeres vino un periodo de desilusión en el que se cuestionó ‘bueno, ¿todo esto para qué?’ y algo similar tendrá que pasar con los hombres”, piensa Millán y matiza que ese periodo de desilusión y cuestionamiento no necesariamente llegará rápido, pero confía en que los avances de los feminismos sirvan para cuando llegue.

Por eso el nuevo despliegue de los cuerpos políticos va más allá de lo simpático o lo ridículo. El cuerpo puede ser escaparate para el deseo publicitario, vehículo para la estrategia de campaña, pero también una restricción moral que nos lleva a pensar que lo bueno sólo se ve de forma específica. Se trata de un síntoma de una sociedad en la que las personas no terminamos de sentirnos agusto con nuestra propia imagen porque nuestra realidad física ya no empata con casi nada: ni la tele ni el cine ni los periódicos ni las redes sociales. El resultado es una frustración que nos vulnera y que puede ir germinando una idea peligrosa: aquel que sí tiene el cuerpo que yo anhelo y no tengo quizás sepa más que yo, sea mejor que yo y valga más que yo.

GSC/ASG

  • Luis Mendoza Ovando
  • Periodista de investigación en la productora Detective y columnista en el periódico El Norte. Cuenta con una maestría en Periodismo de Investigación en Políticas Públicas por el CIDE.

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