M+.- Hiliana Aguilar quería comprar un aire acondicionado. Se atrevió a hacer lo que ve hacer a todo mundo hoy en día: en lugar de recorrer tiendas o llamar al fabricante, le pidió ayuda a la Inteligencia Artificial (IA). Y le pareció confiable. ChatGPT le recomendó una página de internet donde encontró los aparatos que buscaba. Compró dos ‘minisplits’ marca York y pagó 8 mil pesos, incluidos los gastos de envío. Pero pasaron los días y la entrega no llegó. ¿Me habían estafado?, Hiliana se alarmó.
Volvió con la IA que la había llevado hasta ahí. La pregunta era sencilla: “¿esa página era realmente confiable?”. La respuesta no fue una alerta, más bien una invitación a esperar y a confiar: “No daría todavía por hecho que te estafaron”, le respondió. “Había elementos que coincidían: el pedido, el importe, el beneficiario y la tienda”, insistió. Pero pronto reconoció que el distribuidor York en Saltillo, Coahuila, no identificaba la página yorkoficial.mx, actualmente ya no disponible.
GPT le recomendó verificar antes de concluir que era una estafa. Así que Hiliana esperó. Al día siguiente nadie respondió cuando escribió para reclamar. Entonces decidió investigar por su cuenta. Se metió al código fuente de la página. El sitio aseguraba existir desde 2014. Sin embargo, los códigos cuentan otra historia: la tienda fue creada este mismo 2026, mediante Ecwid, una plataforma de comercio electrónico que permite montar tiendas virtuales sin necesidad de saber programar.
Hiliana volvió a preguntarle a la IA. Y ChatGPT volvió a decirle que confiara. “Hiliana, sí, quiero que revisemos esto antes de que te preocupes”, le respondió. “La página oficial sigue activa”. Mostraba los mismos ‘minisplits’ de una tonelada que ella había visto, incluido un modelo Inverter de una tonelada en 3 mil 999 pesos. También exhibía un domicilio en Ciudad Juárez, un correo electrónico y un número telefónico.
Todo parecía estar ahí. Excepto el producto que Hiliana había pagado. Fue entonces cuando buscó a la marca por otras vías. Y finalmente llegó la confirmación: sí había sido una estafa. La IA que la llevó hasta la tienda falsa no supo detectar que estaba ante una trampa. Y durante horas, incluso después de que aparecieron las primeras señales de alerta, siguió intentando convencerla de que esperara.
El problema no es solamente que una página falsa pueda parecer verdadera. El problema es que hoy los estafadores tienen un escenario infinitamente más grande para hacerlo: el internet.
La tranza se mudó al internet
Los fraudes no nacieron con internet. Óscar Rosado Jiménez, titular de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef), lo explica en entrevista con MILENIO de una manera mucho más sencilla: no hay nada nuevo bajo el sol. Cambió el escenario.
Hasta hace unas décadas, el fraude ocurría frente a nuestros ojos. Había una tarjetita repartida afuera del Metro. Una oficina. Una persona que prometía conseguirte un crédito aunque estuvieras en Buró. “Sí, le vamos a dar los 10 mil pesos que necesita”, te decían. Después venía el primer pago para “investigar” tu crédito. Luego otro. Te aseguraban que todo iba muy bien, que incluso podrían darte más dinero. Y mientras entregabas cuatro o cinco mil pesos, el crédito nunca llegaba.
Era ingeniería social. La diferencia es que entonces había que montar una oficina, imprimir tarjetas y sentarse frente a la víctima. Ahora basta con una página ‘web’ bonita. Una cuenta en redes sociales. Un anuncio. Un mensaje de WhatsApp. Un SMS. Un teléfono enmascarado. O incluso herramientas de IA.
“Lo que era presencial ahora pasó a ser digital”, explica Rosado Jiménez. El mecanismo, sin embargo, permanece intacto: detectar una necesidad, despertar una emoción y aprovecharla para conseguir dinero o información.
La emoción es parte de la trampa. Los estafadores no necesitan que seas ingenuo. Necesitan que estés preocupado. O angustiado. O desesperado. O demasiado emocionado. Llevar al límite a sus víctimas y sacarlos de su centro y su razón. La ingeniería social funciona precisamente porque provoca una reacción antes de que tengas tiempo de pensar. “Tu cuenta será bloqueada”. “Tienes una multa”. “Tienes un problema con el SAT”. “Detectamos una compra inusual”. “Tu crédito fue aprobado”. “Esta inversión se acaba mañana”. “Duplicaré tu inversión en un mes”.
El mensaje puede llegar disfrazado de banco, gobierno, plataforma de comercio electrónico o cualquier institución conocida. Antes llamaban para engañarte. Ahora también pueden inundarte de mensajes hasta conseguir que seas tú quien dé el ‘click’. El mecanismo se invirtió. Ya no siempre tienen que llamarte. Basta con conseguir que tú los llames.
Del “no abras la puerta” al “no le des click”
Durante generaciones aprendimos códigos básicos de supervivencia. No abras la puerta a desconocidos. Pregunta quién llama. No vayas solo al cajero de noche. Cuida tu cartera y celular en el transporte público. No le digas a cualquiera que te vas de vacaciones y dejas sola tu casa. No presumas cuánto dinero tienes. Eran reglas básicas que aprendíamos en casa, en la escuela y a fuerza de malas experiencias. Pero a internet llegamos prácticamente de golpe. Y entramos sin manual.
“En el mundo digital llegamos todos de golpe y porrazo”, dice Óscar Rosado Jiménez. “No hay cultura preventiva digital prácticamente”. Ahí está una de las grandes vulnerabilidades. Hace 30 años, explica el titular de la Condusef, nadie habría dejado un aviso en la puerta de su casa diciendo: “Me fui a Acapulco, regreso pasado mañana”. Hoy hacemos algo parecido en las redes sociales. Publicamos dónde estamos. Con quién. Qué compramos. Cuánto costó. Las fotografías de nuestra familia. Qué coche tenemos. A dónde viajamos. Dónde trabajan nuestros hijos. Y lo hacemos ante una audiencia que muchas veces ni siquiera conocemos. “Los datos son el oro del siglo XXI”, advierte Rosado Jiménez.
Si antes el mantra era “no abras la puerta a extraños”, ahora necesitamos construir otros. Rosado Jiménez propone algunos:
- Si te piden dinero para prestarte dinero, desconfía.
- Si te ofrecen en un mes lo que Certificados de la Tesorería de la Federación te da en un año, desconfía.
- Si te dicen que tienes que decidir inmediatamente, detente. Porque la urgencia tampoco es casual.
La trampa necesita que reacciones antes de investigar. Y también hay que desconfiar de las inversiones extraordinarias promovidas por figuras públicas. Una cara conocida en televisión no convierte una inversión en segura. La recomendación es sencilla: verificar directamente con la institución correspondiente y no hacerlo desde el enlace que llegó por mensaje, anuncio o red social.
La tranza no descansa
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2026 del Inegi, el fraude ya aparece por encima de otros delitos en la percepción ciudadana. Y una parte importante de esos casos permanece fuera de las estadísticas oficiales.
Cuando alguien te asalta en la calle, eres claramente la víctima. Pero en el fraude, en cambio, aparece una pregunta incómoda: “¿Cómo pude caer?”. Y con ella llega la culpa. Después, la vergüenza. Esa vergüenza ayuda a explicar por qué tantas víctimas no denuncian. Pero el fraude no deja de existir porque no se denuncie. Al contrario. Se vuelve más invisible.
Ahora bien, los delincuentes también cambiaron. Y mientras una persona pasa el día trabajando, pagando cuentas, cuidando a sus hijos o llevando una vida cotidiana, hay quienes dedican su tiempo a pensar cómo obtener dinero o datos de los demás. “La tranza no descansa”, dice Rosado Jiménez. Por eso insiste en algo que parece paradójico: el objetivo no siempre es tu dinero. A veces son tus datos. Tu teléfono. Tu correo. Tu domicilio. Tu información familiar.
Cada dato puede servir para construir una historia más convincente la próxima vez. Y mientras más información entregamos, más fácil resulta que alguien pueda disfrazarse de alguien que conocemos.
La primera vacuna es hablar, recomienda el especialista
Construir una cultura preventiva digital requiere, primero, reconocer que el problema existe. Después, ponerle nombre. Y finalmente, demostrarlo con datos.
Porque lo que no se habla, no existe. También hay que denunciar. Y aprender a verificar. Condusef, por ejemplo, ha impulsado el “Consulta y reporta” para revisar números sospechosos y reportarlos cuando no aparecen registrados.
Pero ninguna herramienta sustituye el criterio. La tecnología puede ayudarnos a comprar, invertir, comunicarnos y resolver problemas. También puede ayudar a quienes quieren engañarnos. La respuesta no es abandonar el mundo digital. Es aprender a habitarlo. Como dice Rosado Jiménez, tenemos que construir una especie de vacuna: así como aprendimos a protegernos en el mundo físico del covid-19, necesitamos aprender a protegernos en el digital. Porque internet llegó para quedarse. Y los estafadores también.
Hiliana lo descubrió después de pagar 8 mil pesos. La página parecía real. La recomendación parecía confiable. La Inteligencia Artificial parecía tener la respuesta. Pero había una pregunta que ninguna pantalla podía contestar por ella: ¿quién estaba realmente detrás de la página? Hoy, antes de dar ‘click’ quizá esa sea la pregunta que todos deberíamos aprender a hacernos.
GSC / CHZ