• "Tengo cáncer, pero el cáncer no me tiene a mí": identifica las señales de la enfermedad que miles de mexicanas descubren demasiado tarde

La historia de Jesica Urbina muestra cómo señales aparentemente comunes pueden retrasar el diagnóstico de cánceres ginecológicos en mujeres.

Cristina Gómez
Tampico /
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M+.- A las 5:30 de la mañana, Rosendo Urbina ya está despierto. Duerma bien o no, tenga ganas o no, padezca sus propios dolores o no, se levanta, se prepara y, a las 6:30, acompaña a su hija a las radiaciones.

Jesica Yaneth tiene 42 años y cáncer cervicouterino.

Cuando salen rumbo al hospital, el camino también duele. Su padre la mira de reojo y pregunta:

—¿Duele?

Ella responde que sí. No necesita decir mucho más.

Desde hace siete meses, la vida de Jesica transcurre entre hospitales, estudios, radiaciones, quimioterapias, medicamentos y dolor. Pero también entre las manos de su padre, sus hermanas, su pareja y una familia que se ha convertido en parte indispensable de su tratamiento.

El 26 de febrero todo comenzó con una hemorragia.

No fue una molestia menor. Fueron varias hemorragias durante el mismo día. Se sintió tan débil que su hermana y su pareja tuvieron que trasladarla a la clínica Lauro Villar, en Matamoros, en el norte de Tamaulipas. De ahí fue enviada al área de ginecología de un hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Jesica recuerda que nunca se había realizado un papanicolaou. Los primeros malestares los había atribuido a la menopausia.

Después vino una revisión que todavía recuerda por el dolor. Una doctora le realizó un tacto y encontró una lesión. Entonces vino la frase que le cambió la vida.

—Es cáncer —le dijo.

Jesica cuenta que solamente sonrió mientras las lágrimas comenzaban a caer.

Otra doctora le tomó una muestra para biopsia, pero le advirtió que el resultado podía tardar de tres semanas a un mes, o incluso más. Ante la espera, su familia buscó la manera de realizar el estudio por fuera.

El diagnóstico se confirmó el 3 de marzo. Ella quiso ser la primera en conocer el resultado. Su pareja, Luis, fue por los estudios. Jesica lo leyó antes que sus hermanas. Después, una de ellas la abrazó y lloró con ella.

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Cuando recibió el diagnóstico, los médicos le explicaron que, por el tamaño del tumor, no era posible operarla de inmediato. Existía el riesgo de lastimarla más.

El tratamiento todavía no comenzaba. En Matamoros no encontraba las condiciones ni los medicamentos necesarios para iniciar su atención. Decidió entonces trasladarse a Altamira, donde viven su padre y una de sus hermanas, para buscar tratamiento con el respaldo de su familia.

Jesica llevaba 11 años viviendo en Matamoros. Trabajaba repartiendo comida a través de Rappi. Cuando dejó de hacerlo, perdió la afiliación al Seguro Social. Su pareja también trabaja como repartidor, pero, al vivir en unión libre, ella no tenía otra cobertura propia.

La enfermedad demandó recursos económicos, aun cuando sus familiares lograron incorporarla como derechohabiente del IMSS. Ante el desabasto en la farmacia, uno de los medicamentos para controlar el dolor, la buprenorfina, tuvo que comprarlo por su cuenta. Una caja con cuatro parches le costó 2 mil 100 pesos; cada parche le duraba siete días.

Y aunque su papá y su hermana la apoyan económicamente, Jesica no quiso que todo el peso recayera sobre ellos. Pensó en lo que podía hacer desde casa y comenzó a vender tortillas de harina.

No pidió dinero. Ofreció su trabajo.

Diez tortillas por 30 pesos. Cada paquete vendido significaba una pequeña ayuda para comprar medicamentos y enfrentar los gastos que se acumulaban.


En una clínica subrogada por el IMSS, debido a que el Instituto no contaba con el equipo necesario, comenzaron las radiaciones. Después vinieron las quimioterapias. Y apareció otro rostro de la enfermedad.

Cansancio extremo, dolor, ardor al orinar, incontinencia, irritación, diarrea, fiebre y días en los que levantarse de la cama se convirtió, literalmente, en una batalla.

Su cuerpo llegó a un punto crítico.

En agosto fue hospitalizada. Su hemoglobina cayó a 6.8 y necesitó dos unidades de sangre. El hospital tuvo que solicitar donadores.

Jesica Urbina enfrentó hospitalizaciones y complicaciones durante su tratamiento oncológico. | Cortesía de Jesica Urbina

Después llegaron las infecciones, más dolor, problemas urinarios y la sospecha de una lesión o fístula en la zona pélvica.

El tratamiento tuvo que detenerse. Durante semanas, Jesica estuvo entre el hospital, los medicamentos, los estudios, las noches sin dormir y la incertidumbre.

Pero volvió. El 9 de septiembre retomó las radiaciones.

No sabe cuánto tiempo más durará el camino. Tampoco sabe qué dificultades vendrán. Lo que sí sabe es que no quiere rendirse.

Y, en medio de todo, hay una escena que se repite cada mañana: su padre levantándose antes del amanecer, preparándole algo para comer, llevándola al tratamiento, preguntándole si le duele y quedándose ahí.

Jesica alguna vez escribió que se sentía culpable por ocupar el tiempo de su padre, porque él también tiene sus propios dolores. Se preguntaba cómo podía agradecerle todo lo que hacía por ella.

Jesica Urbina prepara tortillas para ayudar con los gastos de su tratamiento. | Cortesía de Jesica Urbina

Quizá la respuesta esté en lo que ella misma ha escrito durante estos meses: "Quiero vivir".

Y eso es exactamente lo que está haciendo: vivir un día a la vez, una radiación a la vez, acompañada por quienes se niegan a soltarle la mano.

"Este proceso no me define, pero sí me está enseñando. Me está enseñando a valorar más, a escucharme, a ser más fuerte de lo que creía. Tengo cáncer, sí. Pero el cáncer no me tiene a mí. Quiero vivir. Y voy a hacer todo lo que esté en mis manos para lograrlo. Esto no es el final de mi historia… es solo una parte de ella. Y pienso seguir escribiéndola".

Jesica Urbina dice a MILENIO que también quiere aprovechar su experiencia para generar conciencia: "Muchas veces dejamos nuestra salud para después, pero los chequeos y estudios pueden salvar vidas. Cuidarnos no es un lujo, es una necesidad".

Así, alrededor de su diagnóstico comenzó a construirse otra historia: la de una paciente que no solo tuvo que enfrentar el cáncer cervicouterino, sino también resolver, con ayuda de su familia y recursos propios, parte de las necesidades que surgieron durante su atención.

Su caso refleja cuánto de lo que necesita una paciente con cáncer puede terminar dependiendo de su capacidad económica y de la red familiar que tenga detrás.

Un modelo médico muestra el aparato reproductor femenino y sus principales estructuras. | Cortesía MSD

Cánceres ginecológicos: tres enfermedades que siguen llegando tarde


El cáncer ginecológico tiene una paradoja: algunas de sus principales señales pueden estar frente a las mujeres durante meses, pero no siempre son reconocidas como una advertencia. Un sangrado que se atribuye al ciclo menstrual, una inflamación abdominal que parece gastritis o un sangrado después de la menopausia pueden ser señales de una enfermedad que, cuando finalmente se diagnostica, ya avanzó.

Así lo explica en entrevista con MILENIO la doctora Lucía Ghiraldo, quien agrega que, en México, los cánceres ginecológicos ocupan los primeros lugares entre los tumores que afectan a las mujeres. El cervicouterino es el más frecuente, seguido por el de endometrio y el de ovario.

El problema no es solamente cuántas mujeres enferman, sino en qué momento se descubre la enfermedad, advierte la directora del área médica de ginecología de MSD en México.

Cervicouterino: puede prevenirse y aun así llega tarde

La especialista subraya que el cáncer cervicouterino suele presentarse en mujeres más jóvenes, principalmente entre los 30 y 50 años. Su principal señal es el sangrado uterino anormal: sangrados que no respetan el ciclo, que son más abundantes o que aparecen con una frecuencia inusual. Puede acompañarse de dolor pélvico y pérdida de peso involuntaria y persistente.

El Papanicolaou permite detectar oportunamente alteraciones en el cuello uterino. | Yazmín Sánchez

La dimensión del problema aparece en un dato: 73 por ciento de las mujeres son diagnosticadas en etapas avanzadas o metastásicas, precisa.

"Y aquí aparece una de las contradicciones más fuertes de esta enfermedad: existe una vacuna contra el virus del papiloma humano, identificado como un factor asociado a 99 por ciento de los cánceres cervicouterinos, y existen además herramientas de tamizaje como el papanicolaou, la colposcopia y las pruebas para detectar el virus".

Es decir, no se trata de una enfermedad para la que no existan herramientas de prevención o detección. El desafío está también en que las mujeres reconozcan los signos, acudan a consulta y tengan acceso a los estudios necesarios.

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Endometrio: una señal que no debería normalizarse

El cáncer de endometrio aparece con mayor frecuencia después de la menopausia. Y tiene una señal que, en esa etapa de la vida, debería encender una alerta inmediata: el sangrado uterino después de la menopausia no es normal. También pueden aparecer dolor pélvico y cambios en el flujo vaginal.

Lucía Ghiraldo señala que el estudio inicial suele ser un ultrasonido para observar el endometrio.

"Si el médico encuentra un engrosamiento o características que generan sospecha, puede solicitar una biopsia para establecer el diagnóstico".

El llamado es particularmente relevante porque la mujer puede interpretar ese sangrado como algo pasajero y no acudir a revisión.

"La diferencia está en reconocer que, después de la menopausia, cualquier sangrado requiere investigar su causa".

Ovario: el cáncer que puede esconderse detrás de una “gastritis”

El cáncer de ovario presenta un problema diferente: sus síntomas pueden parecer demasiado comunes.

La médica lo describe como el tercer cáncer ginecológico más frecuente en México, con alrededor de 5 mil nuevos casos al año y entre 3 mil 500 y 4 mil muertes. Según sus cifras, dos de cada tres mujeres diagnosticadas fallecen. La edad promedio de presentación ronda los 63 años.

Además, alrededor del 80 por ciento de las pacientes son diagnosticadas en etapas avanzadas o metastásicas.

"No existe una prueba universal de tamizaje para toda la población femenina, y ahí radica parte de la dificultad. El cáncer puede comenzar con síntomas que parecen gastrointestinales: una distensión abdominal importante y persistente, saciedad temprana o intolerancia a los alimentos, dolor abdominal o pélvico difuso".

También pueden aparecer cambios en los hábitos urinarios y cansancio persistente.

​La distensión, explica la ginecóloga, no es una inflamación ocasional. Es progresiva, permanece durante el mes y puede llegar a dar la apariencia de un embarazo. La mujer comienza a comer menos porque se siente satisfecha rápidamente y puede presentar dolor abdominal difuso.

"El problema es que todos esos síntomas pueden confundirse con gastritis. Cuando ocurre, el tiempo juega en contra", señala.
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Ante estos signos, la especialista recomienda consultar a un médico para que determine si es necesario realizar un ultrasonido, particularmente transvaginal, acompañado de estudios como el marcador tumoral CA-125. Si existen hallazgos sospechosos, el diagnóstico definitivo requiere una biopsia.

El primer obstáculo: no reconocer la enfermedad

Para la experta, la primera barrera no necesariamente está en una prueba o en un tratamiento. Está antes: en no identificar que algo no es normal.

"Los sangrados pueden confundirse con el ciclo menstrual; el dolor y la distensión abdominal pueden atribuirse a una gastritis; otros síntomas pueden interpretarse como molestias cotidianas. Esa normalización hace que la mujer espere, y esa espera puede traducirse en un diagnóstico tardío".

Después aparece otra barrera: llegar al médico adecuado y tener acceso a los estudios necesarios. Lucía Ghiraldo destaca la importancia de acudir con un ginecólogo y de contar con hospitales o clínicas donde puedan realizarse estudios específicos.

El acceso oportuno a orientación médica puede reducir retrasos en el diagnóstico. | Cortesía DIF

En las zonas rurales o alejadas, agrega, las dificultades pueden ser mayores por el menor acceso a la información y la distancia respecto de los servicios de salud.

El mapa que todavía no está completo

La especialista añade que existe información de un estudio realizado en 2024 por el Instituto Nacional de Cancerología sobre mortalidad por cáncer cervicouterino, en el que se identificaron entidades como Jalisco, Chihuahua y Veracruz entre las de mayor registro. Sin embargo, esos datos no permiten determinar por sí mismos cuál es la situación específica de Tamaulipas.

La propia especialista plantea la necesidad de generar más información local, no solamente para Tamaulipas, sino para los distintos estados y ciudades del país. En América Latina, apunta, uno de los pendientes en oncología es precisamente contar con datos que permitan conocer cómo se comportan estas enfermedades en cada territorio.

Mujeres participan en una charla para reconocer señales de alerta. | Cortesía DIF

Tres cánceres, tres señales que no deberían pasar inadvertidas

La conclusión de la especialista es sencilla, pero detrás de ella están miles de diagnósticos: conocer las señales puede cambiar el momento en que una mujer llega al consultorio.

Para el cáncer cervicouterino: controles ginecológicos, vacunación contra el VPH y pruebas de tamizaje.

Para el cáncer de endometrio, una alerta que no debería normalizarse: sangrado después de la menopausia.

Para el cáncer de ovario: prestar atención a una distensión abdominal persistente y pronunciada, saciedad temprana, intolerancia a los alimentos y dolor abdominal o pélvico difuso.

"El cáncer ginecológico no siempre comienza con un síntoma espectacular. A veces comienza con algo que parece demasiado cotidiano para preocupar. Y precisamente ahí puede estar el problema", reitera.
Los cánceres ginecológicos pueden afectar distintas estructuras del aparato reproductor femenino. | Cortesía MSD

Diagnostican a más de 23 mil mujeres en un año

En 2024, más de 23 mil mujeres mexicanas fueron diagnosticadas con alguno de estos tumores, de acuerdo con datos del Observatorio Global de Cáncer, más conocido como Globocan.

De cáncer cervicouterino se registraron 11 mil 919 nuevos casos y 4 mil 067 fallecimientos durante ese año, según los datos disponibles en dicha plataforma.

Por tumor maligno de endometrio se contabilizaron 6 mil 042 nuevos diagnósticos y fue el cuarto cáncer más frecuente, indica la herramienta de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), organismo de la Organización Mundial de la Salud (OMS).


RCEH

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