DOMINGA .– El lugar donde Alex hace prácticas de supervivencia parece, en sí mismo, un escenario apocalíptico. Estamos en el bosque de San Juan de Aragón. Tras caminar medio kilómetro, bajo un sol matutino abrasador, una vez que han desaparecido de nuestra vista un par de niños que juegan futbol, un perro que se acercó a exigirnos caricias y un corredor con el que casi tropiezo, aparece esa otra cara de este parque, una menos amable, ruinosa y descuidada.
A orillas de las vías del tren, me asalta una imagen triste: el lago tiene el nivel de agua tan bajo que patos, garzas y pelícanos nadan entre charcos de lodo. Cincuenta metros más adelante aparece un puente de cemento, descascarado y ruinoso, con las varillas expuestas como intestinos, que todavía está en pie. Pienso que ese puente podría ser la locación perfecta para un capítulo de The Last of Us.
Alex Campos Hernández tiene cuarenta años recién cumplidos. Es un hombre alto, espigado, con barba de candado. Es diseñador de profesión y, desde hace trece años, encabeza el proyecto Tribu Nómada, que promueve prácticas de supervivencia, defensa personal y movilidad natural para fortalecer la condición física, bajo la premisa de “ser fuerte para ser útil”. Él se define como un preparacionista.
Me explica que el preparacionismo es una disciplina física: “El objetivo no es entrenarte para lucir bien, por vanidad, sino para ser apto y ayudar a salvar vidas en situaciones de emergencia”.
Es un movimiento en el que se alistan para enfrentar terremotos, inundaciones, incendios forestales y huracanes, entre otros desastres naturales a gran escala, de acuerdo con la Escuela Española de Supervivencia y Bushcraft; pero también para enfrentar crisis causadas por guerras, migraciones, colapsos económicos, escasez de combustibles o pandemias –como un inesperado brote de ébola–. Sus integrantes prevén escenarios y se preparan con almacenamiento de recursos y acondicionamiento de refugios. Su lógica se apoya en la autosuficiencia: aprender técnicas de supervivencia, fabricar herramientas y proteger sus bienes ante una crisis.
De niño, Alex se aficionó a las películas de acción de los años ochenta que se repetían una y otra vez en la televisión. Eso lo llevó a iniciarse en artes marciales, ciclismo de montaña y parkour. Pero el terremoto de 2017 y la pandemia del covid-19 cambiaron de forma definitiva su visión del preparacionismo.
“El sismo fue mi primera experiencia real en la que tuve que poner a prueba, de verdad, todo eso que uno cree saber sobre supervivencia. Vivía en Tlatelolco, con mi esposa y dos perros”. Cuando se enteró, en los noticieros, del saldo de personas fallecidas y derrumbes en diversos puntos, salió a la calle y se ofreció como bicimensajero para llevar víveres de un punto a otro.
“Después de la pandemia empecé a mirar con más seriedad la fragilidad del sistema. Entendí que, en cualquier momento, todo podía colapsar y que teníamos que reaprender algo elemental: producir una parte de nuestros propios alimentos”.
Alex ahora cree que los escenarios de supervivencia pueden enfrentarse en colectivo. Y es más enfático todavía: “No hay otra forma de hacerlo”.
–¿Cuál es tu visión sobre el futuro de la humanidad?
–A veces me invade el pesimismo pero creo en las alternativas.
Esta conversación tendría un matiz más hipotético en otro momento. Hoy, en cambio, ocurre en el marco de una serie de hechos preocupantes: el cierre del estrecho de Ormuz, con su posible cadena de desabasto de combustibles; el regreso de El Niño, con sequías, lluvias extremas, incendios, pérdidas agrícolas y emergencias climáticas; o el fantasma de una crisis financiera global peor que la de 2008. En ese contexto, los preparacionistas dejan de parecer personajes excéntricos y nos obligan a preguntarnos: ¿qué tan solos, qué tan organizados y qué tan capaces somos, como sociedad, para enfrentar diversas catástrofes?
El preparacionismo surgió en tiempos de la Guerra Fría
Rodrigo Guajardo es claro: la idea del preparacionismo está cargada de un imaginario alimentado por el cine y la televisión que no corresponde con la realidad.
Vive en Matamoros, Tamaulipas. Tiene 52 años, es experto en seguridad privada y también instructor de defensa personal. Nos reunimos vía Zoom. Al otro lado de la pantalla aparece un hombre corpulento, de voz grave y trato amable, que no corresponde con la imagen de su perfil de Facebook: la típica foto de un aficionado a la caza, con un rifle al hombro. Rodrigo reitera, a lo largo de tres horas de conversación, que el preparacionismo no debe entenderse como acaparamiento de alimentos, insumos de emergencia y herramientas. Tampoco ansían escenarios de crisis por desastres naturales para poner en práctica sus aprendizajes y conocimientos.
“Hollywood te vende una idea errónea de la cultura ‘prepper’: en películas y series se resume en un personaje que, ante una catástrofe, se encierra en un búnker lleno de provisiones”. Lo que le interesa discutir es esto: que la “preparación” involucra necesariamente a comunidades capaces de organizarse. Por eso fundó Preppers México, una comunidad de más de 14 mil 800 miembros en Facebook.
Rodrigo explica los tres principios básicos: sobrevivir, defenderse y prosperar. Y agrega: “otro principio fundamental es la resiliencia, que pasa por la autosuficiencia. Significa estar preparado para un corte de agua: tener reservas almacenadas y contar con filtros o algún sistema para potabilizarla si la que sale del grifo llega en malas condiciones. Lo mismo ocurre con la comida”.
En el marco de la Guerra Fría, el gobierno de Estados Unidos promovió, entre la población civil, la construcción de refugios nucleares. “Mientras los soviéticos construían refugios colectivos, a los ciudadanos estadounidenses se les animaba a fabricar los suyos propios, privados: la destrucción era tarea del gobierno; la supervivencia, del ciudadano”, escribe Rebecca Solnit en el libro Un paraíso en el infierno: Las extraordinarias comunidades que surgen en el desastre.
Rodrigo practicaba el preparacionismo sin saberlo. Tenía un grupo de amigos con los que hacía cacería, pesca y tiro. Un día advirtieron que muchas de las cosas que hacían, al otro lado de la frontera, las llamaban prepper. Era 2015 y detectó que replicar esa práctica yanqui era un error: hacía falta información adaptada al contexto mexicano. Como abundaba la desinformación, decidió crear el grupo.
“Mucha información viene de Estados Unidos, donde hay otra facilidad para conseguir equipo y otro margen de libertad para comprarlo. En México, en cambio, muchas de esas herramientas son difíciles de conseguir y más caras”.
En agosto de 2012 “me mordió uno de mis perros de seguridad mientras lo entrenábamos. Fue un descuido mío. Me agarró el muslo y estaba sangrando [...]. Me puse una gasa hemostática para ayudar a coagular la herida. No hacía falta torniquete porque no era un sangrado tan profundo. Luego me hice un vendaje de compresión y me llevaron al hospital”. Al llegar a urgencias se encontró con un retén militar en Matamoros: eran los años de la guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón.
Mientras lo atendían, un militar se acercó a preguntarle si se trataba de una herida de bala. Él explicó que había sido una mordida de perro. Uno de ellos, más intrigado por el material que por la lesión, quiso saber dónde había conseguido lo que llevaba puesto. Era 2012: no era habitual que esos insumos los usaran los civiles. Rodrigo se formó en el manejo de hemorragias desde finales de 2011, cuando le pidió a un amigo médico que le enseñara. Después buscó a un médico de combate estadounidense para aprender técnicas empleadas en heridas de guerra. Años más tarde, en 2015, el programa Stop The Bleed empezó a difundir entre la población civil estadounidense el control de hemorragias masivas; Rodrigo se había adelantado.
En la actualidad, a Rodrigo le preocupan los riesgos inminentes que implica el cierre del estrecho de Ormuz, en el marco del conflicto entre Estados Unidos e Irán. De acuerdo con datos oficiales de Petróleos Mexicanos, México depende de las importaciones para cubrir alrededor del 36.22% de su demanda interna de gasolina. “Tengo, ahorita, 60 litros de gasolina en una bodega, para hacer frente a cualquier desabasto; no obstante, no soy catastrofista ni conspiranoico, así que trabajo los riesgos de acuerdo con su proximidad”, aclara.
En 2015 abrió el grupo Preppers México. Con el tiempo quiso replicar el mismo concepto a escala regional. “Hasta ahora hemos formado 32 grupos en todo México. Ahí intercambiamos información sobre preparacionismo: consejos, equipo y libros. Muchos de esos grupos tienen reuniones periódicas. Sirven para conocerse, hablar de los riesgos de su comunidad o de su región y capacitarse entre ellos”.
Es curioso: el preparacionismo estadounidense es congruente con la cultura de ese país, que desconfía del otro, promueve el individualismo y la sobrevivencia del más fuerte. En contraste, los preparacionistas mexicanos apelan a la solidaridad y a la creación de comunidades. No obstante, ¿eso es suficiente para enfrentar un desastre?
¿El preparacionismo colectivista opera bajo una lógica sectaria?
Para Jorge Enrique Linares Salgado, doctor en Filosofía por la UNAM, quien hace unos meses impartió la conferencia “El colapso de la civilización tecnológico-industrial”, el preparacionismo no es una solución viable frente a la posibilidad de un colapso. Dice que el preparacionismo colectivista, ese que aspira a formar comunidades, a su juicio, opera bajo una lógica sectaria.
Si bien la intención es noble, una comunidad que desarrolla estrategias para enfrentar mejor un desastre, Linares Salgado identifica un problema: “Para sostener ese modelo se necesita control, vigilancia, defensas y jerarquías cerradas. Y eso puede derivar con facilidad en autoritarismo, exclusión y nuevas formas de violencia”.
Por eso cree que el mensaje más útil tendría que ser otro. No la fantasía del individuo atrincherado ni la de la comunidad cerrada sobre sí misma, sino la preparación amplía de una sociedad entera. Ciudadanos, gobiernos, empresas, industrias y centros de investigación: todos tendrían que pensar cómo enfrentar el problema que viene, cómo imaginar escenarios de colapso y qué hacer ante ellos.
Mark Fisher, crítico cultural británico, fallecido en 2017, reflexionó con lucidez sobre el malestar de nuestro tiempo y escribió, en Realismo capitalista, que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Algunos gurús de la inteligencia artificial aseguran que en veinte años se resolverán las enfermedades y la crisis climática. Pero Linares Salgado piensa que es una apuesta riesgosa. “Primero, porque es improbable que lo logren. Segundo, porque el colapso podría alcanzarnos antes, por la falta de recursos, agua y energía disponibles. Incluso si esos sistemas se volvieran más eficientes, hoy dependen de una infraestructura demasiado pesada”.
Algunos de los líderes de las grandes tecnológicas, como Elon Musk, tratan de colonizar nuestro imaginario sobre el colapso, despolitizando a la sociedad y naturalizando la idea de que el futuro está en el espacio. Lo que contrasta con el pasado. “[Antes] una civilización caía y la población superviviente emigraba, encontraba otros territorios, otras fuentes de recursos y reconstruía la vida en otro sitio. La diferencia ahora es que ya no hay adónde ir. Pensar en otros planetas no es viable: ni técnica, ni material ni comercialmente”, dice.
En México no es necesario imaginar un colapso: la vulnerabilidad cotidiana
Gabriela Najar llevaba poco tiempo en Chile cuando un apagón, ocurrido en junio de 2024, dejó al país andino a oscuras. Vivía allí con su esposo y su hija, en un entorno todavía nuevo, cuando el corte eléctrico la obligó a poner en práctica todo lo que sabía sobre preparacionismo. Pasaron, como familia, ocho días sin luz eléctrica. Gracias a esas previsiones pudo enfrentar la crisis con tensa calma.
Para entonces había aprendido a guardar agua en un tambo de mil litros, a reunir costales de comida y a hacerse de un generador, casi como una rutina de sobrevivencia. Aun así, el corte de energía, en medio de un invierno crudo, la obligó a poner a prueba todo lo que sabía para resistir ocho horas sin luz y, después, intermitencias que se prolongaron durante ocho días.
Gabriela es mexicana, pero vive desde hace un tiempo en Chile. Tiene 49 años, una hija pequeña y muchos años de experiencia en la industria turística. Ha vivido en distintos países, así que ha aprendido a adaptarse a las circunstancias de cada región. Vivió su juventud en Estados Unidos. Ahí, por primera vez, conoció la figura del prepper.
“Estuve expuesta a esta imagen del hombre caucásico, que vive en las montañas de Montana, que tiene un rancho, perros entrenados, comida almacenada para dos años, pistola en mano y que está esperando a que el sistema colapse”.
Cuando volvió a México, entendió que el escenario era otro, se percató de que las ciudades estaban lejos de asemejarse a la dinámica social de un suburbio estadounidense. Aquí, explica, no se trata de imaginar un derrumbe del sistema, sino de asumir una vulnerabilidad cotidiana frente a los desastres: inundaciones, deslaves, incendios forestales, sismos y apagones.
Luego se convirtió en madre y, poco después, se separó del padre de su hija. Como madre soltera tuvo una revelación: “adelantarme a cualquier suceso para estar más o menos preparada”. La práctica preparacionista es otra forma de expresar el amor, la preocupación y el cuidado. Por eso insiste en dos frentes. El primero es el cuerpo: la salud preventiva, el cuidado físico, la resistencia. El segundo es la mente, para sostener un sistema nervioso regulado cuando llegue la catástrofe.
–¿Compartes la visión de que el preparacionismo es una forma de construir comunidades?
–Sí, pero también entiendo que muchas personas empiezan por una lógica defensiva: proteger a los suyos, cerrar el círculo, ver sólo por la familia.
También cree que esa visión cambia con el tiempo. Ahí introduce un matiz de género que le importa. Las mujeres, dice, tienen una relación más natural con el trabajo comunitario. “Hacer tribus para las mujeres es súper sencillo”.
Su experiencia puede resumirse así: primero tuvo una mochila de 72 horas, influencia directa del sismo. Luego, casi sin proponérselo, esa lógica se extendió a una semana. Ser madre la obligaba a pensar así: en la cajuela siempre llevaba una muda para la niña y una cobija, lo indispensable para salir de prisa. Su práctica preparacionista creció de forma orgánica, en la suma de hábitos que después se convirtieron en un sistema. Después armó una reserva de alimentos.
Al principio calculó siete días: congelados, enlatados, frescos y secos. No le encantaban las latas, aclara, pero las tenía. Con el tiempo, esa despensa dejó de medirse en una semana: pasó a tres semanas, luego a un mes y después a tres.
Más tarde adquirió un generador. Y se ocupó de almacenar agua en un tinaco extra, con una capacidad para almacenar mil litros. Entre la comida, los granos, el generador y el agua, sintió que la base ya estaba puesta. “Vamos bien”, se dijo.
Cuando se mudó a Chile, esa preparación tuvo que adaptarse a otra realidad: una primera semana a oscuras, en un invierno crudo. “A nosotros, que vivimos en una región más rural, el apagón nos duró ocho días. El frío acá es distinto: es húmedo y se te pega hasta los huesos. Me faltó tener ropa más abrigadora y, gracias a esa experiencia, aprendí que debía conocer otros métodos de cocción de alimentos”. Ahora tiene estufa de gas, estufa eléctrica, horno eléctrico y horno de barro, todo bajo el mismo techo. En el camino, además, se mudaron de la ciudad al campo.
–Ahora mismo, ante el panorama mundial, ¿tienes esperanza en el futuro?
–Todo empieza en la cabeza. Si decido volverme conspiranoica y enfocarme sólo en eso, voy a encontrar más de lo mismo, porque eso será lo que salga a buscar. Si me concentro en todos los conflictos de los distintos territorios, me vengo abajo. Tengo una hija que alimenta mi esperanza.
Sabe, además, que muchos preparacionistas viven instalados en esa inminencia, de estar al borde de una guerra mundial, debido a la guerra entre Rusia y Ucrania, el genocidio palestino perpetrado por Israel y la participación de Estados Unidos en distintos frentes de tensión geopolítica.
“Ahí están esas dos vertientes: la de quienes sólo ven el derrumbe y la de quienes, aun sabiendo que ciertas estructuras importantes van a colapsar, entienden que hay que empezar a construir lo que sigue. Yo sólo pido, independientemente de creencias religiosas, estar en el momento y el lugar adecuados cuando una catástrofe nos alcance”, concluye.
Con esas palabras, Gabriela me hace evocar las catástrofes que me han atravesado: a mis veinte años, un hombre me apuntó con un arma en la sien y, por fortuna, no disparó; sobreviví apenas al covid-19, y el sismo de 2017 me sorprendió en una avenida donde colapsaron dos edificios. Entonces me asalta una pregunta: ¿la próxima vez estaré preparado?
GSC